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FOUCH NOVELA HISTÓRICA DE STEFAN ZWEIG T r a d u c i d a p o r Máximo José K a h n y M i g u e l Pérez P e r r e r o (CONTINUACIÓN) sido quitadas cuidadosamente todas las cruces y efigies religiosas) y pronuncia sermones ateístas, en los que niega la inmortalidad y l a existencia de Dios. L a s ceremonias de entierro cristianas son suprimidas, y como único consuelo se graba en los cementerios la inscripción: L a muerte es un sueño eterno E l nuevo Papa i n troduce en Nevers- -dando a su hija el nombre de Nievre, jegún la denominación del departamento- por primera vez en el país, el bautismo c i v i l H a c e salir a l a guardia nacional con tambores y música, y en l a plaza pública, Sin intervención eclesiástica, bautiza a la niña y le da nombre. E n Moulins, precediendo a caballo a un pelotón por toda la capital, con un martillo en la mano, v a destruyendo cruces y crucifijos, imágenes de santos, símbolos vergonzosos del fanatismo. C o n las m i t r a s y los paños de altar robados forman una hoguera, y. mientras arden en pompa, danza la plebe en torno de este auto de fe ateístico. Pero ensañarse únicamente en objetos muertos, contra figuras de piedra indefensas y contra cruces frágiles, hubiera sido para Fouché un triunfo a medias. E l verdadero triunfo l o consigue cuando logra, con su elocuencia, que el cardenal iFrancpis Laurent arroje los hábitos y se ponga el gorro frigio, y le siguen, entusiasmados con este ejemplo, treinta sacerdotes, alc anzando u n éxito que se propaga como un reguero de pólvora por todo el país. A s í puede vanagloriarse con orgullo ante sus colegas ateístas de haber acabado con el fanatismo y de haber aniquilado tanto el cristianismo como la riqueza en el territorio a él confiado. ¡Se diría que se trata de los hechos de un loco, del fanatismo desatentado de u n ente, fantástico! Pero José Fouché sigue siendo el frío calculador de siempre, el realista impasible, tras estos fingidos apasionamientos. Sabe que debe cuentas a l a Convención, sabe que las frases patrióticas y las cartas han bajado de valor y que para suscitar admiración hay que hablar con el lenguaje positivo de las monedas sonantes. Y envía, mientras los regimientos levantados marchan hacia l a frontera, todo el producto del saqueo de las iglesias a. París. Cajones y cajones son, llevados a la Convención llenos de custodias de oro, de velones de plata rotos y fundidos, crucifijos y joyas de metales preciosos y pedrerías. Sabe que la República necesita, ante todo, dinero, riquezas, y él es el primero, el único que envía desde la provincia botín tan elocuente a los diputados, que al principio se asombra de esta nueva energía, aplaudiéndole luego frenéticamente. Desde, este momento se conoce en la Convención el nombre de Fouché como el de un hombre férreo, como el más intrépido, el más violento republicano de la República. Cuando vuelve José Fouché He sus misiones a la Convención ya no es él pequeño y desconocido diputado de 1792. A un hombre que levantó diez m i l reclutas, que saca de las provincias cien mil marcos de oro, m i l doscientas libras en metálico, m i l barras de plata, sin utilizar n i una sola vez el rasoir, national, l a guillotina, no le puede negar la Convención verdadera admiración pour sa vigilance, por s u celo E l ultrajacobino Chaumette publica un himno a sus hazañas. E l ciudadano Fouché- -escribe- -ha realizado los milagros que acabo de contar. H a honrado a la vejez, ha ayudado a los débiles, respetado la desgracia, destruido el fanatismo y aniquilado él federalismo. H a vuelto a poner en marcha l a fabricación del hierro, ha arrestado a los sospechosos ha castigado ejemplarmente los crímenes, ha perseguido y encarcelado a los explotadores. U n año después de haberse sentado, cauteloso y titubeante, -en los bancos de los moderados, pasa ya Fouché por el más radical de los radicales. Y ahora, cuando l a sublevación de L y o n requiere el hombre sin miramientos n i escrúpulos, el hombre capaz de llevar a cabo el edicto más terrible que inventó jamás una revolución, ¿quién más indicado que F o u- ché? L o s servicios que has prestado hasta ahora a! a revolu- ción decreta la Convención en su lenguaje más pomposo, son garantía de los que has de prestar aún. E n ti está el volver á encender en la ¡Ville Affranchie (Lyon) el fuego agonizante del espíritu ciudadano. ¡Concluye la revolución, termina la guerra de los aristócratas y que caigan sobre ellos y les aniquilen las ruinas que pretende levantar aquel Poder destruido! Y bajo esta figura de vengador y asolador, como el Mitrailleur, de Lyon, entra José Fouché- -el que ha de ser más tarde multimillonario y duque de Gtranto- -por primera vez en l a Historia. CAPITULO EL MITRAILLETJR II DE LYON 1793 E n los anales de la revolución francesa rara vez se abre una página tan sangrienta como la de la sublevación de Lyon, y, sin embargo, en ninguna capital, ni aun en París, se ha destacado el contraste social tan claramente como en esta patria de la fabricación de la seda, primera capital de industria de la entonces aún burguesa y agraria Francia. Allí forman los obreros, en medio de la revolucin de 1792, por primera vez, una masa proletaria vi- sible, rígidamente separada de los fabricantes, realistas y capitalistas. N o es un milagro que tomen los conflictos, precisamente sobre este suelo ardiente, las formas más sangrientas y fanáticas, tanto en la reacción como en la revolución. Los partidarios de los jacobinos, las masas de los obreros y de los sin trabajo se agrupan alrededor de uno de esos hombres singulares que surgen a la superficie en todas las transformaciones mundiales, uno de esos seres puros, idealistas y creyentes, que suelen causar con su fe más mal y derramar más sangre con su, idealismo, que los más brutales políticos y los más feroces t i r a nos. Siempre será precisamente el hombre puro, religioso, extático, el reformador, quien, con la intención más noble, dará motivo a asesinatos y desgracias que él mismo detesta. E n Lyoti se llamó Chalier un sacerdote escapado y antiguo comerciante, para el que la revolución significó otra vez el cristianismo auténtico y verdadero, entregándose a ella con amor desinteresado y supersticioso. L a elevación de la Humanidad a un nivel de razón e igualdad significó para este lector apasionado de Juan Jacobo Rousseau l a realización en l a tierra del reino milenario. Su filantropía ardiente y fanática ve en la conflagración general la aurora de una Humanidad nueva y eterna. E s un idealista conmovedor; cuando cae la Bastilla coge en sus manos una piedra del baluarte y, cargado con ella seis días y seis noches, la lleva de París ai Lyon, donde la utiliza de ara para un altar. Venera como a un dios a Marat, a este libelista de sangre ardiente, férvido, en el que ve a una nueva Pythisa. Aprende sus discursos escritos de memoria y arrebata con sus sermones, místicos e infantiles, a los obreros de L y o n Instintivamente ve el pueblo en él una caridad ardiente y compasiva. P o r otra parte, los reaccionarios de L y o n comprenden que es mucho más peligroso un hombre tan puramente poseído por el espíritu visionario, rayando en las fronteras de la locura, rebosante de amor al prójimo, que los más estrepitosos y rebeldes jacobinos. E n él se concentra todo el amor y contra él va todo el odio, Y al primer motín encierran en la cárcel, como presunto caudillo de los revoltosos, a este idealista neurasténico y un poco ridículo. Se logra achacarle una carta falsificada que le compromete, para fundamentar una denuncia en virtud de 1 (Continuar T