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FOUC NOVELA HISTÓRICA (CONTINUACIÓN) DE STEFAN ZWEIG Ferrero. T r a d u c i d a p o r Máximo José Káhn y M i g u e! Pérez cendida proclama: Los representantes del pueblo proseguirán fríamente la misión a ellos encomendada. E l pueblo ha puesto en sus manos el rayo de su venganza y no han de abandonarlo hasta que hayan perecido todos ios enemigos de la Libertad. No les importará pasar sobre hileras interminables de tumbas de conspiradores para llegar, a través de ruinas, a la felicidad de la nación jy a la renovación del mundo Aun el mismo día se confirma, criminalmente, este triste valor por los cañones de Brotteaux, y en un rebaño humano aún más numeroso. Esta vez son doscientas diez las víctimas conducidas, con las manos atadas a la espalda, y tendidas a los pocos minutos por el plomo de la metralla y por las descargas de la Infantería. L a operación es la misma que la primera vez, sólo que se facilita la incómoda tarea a los verdugos no obligándoles, tras la penosa matanza, a ser además los sepultureros de sus víctimas. ¿A qué abrir tumbas para estos malvados? Se les quitan los zapatos ensangrentados de los pies rígidos y se arrojan sencillamente los cadáveres desnudos, palpitantes algunos, a las aguas movidas del Ródano, que les sirve de tumba. Pero aún pretende Fouché velar este horror, cuyo vaho repugnante se extiende por todo el país, con la capa apaciguadora de palabras de himno. Que, el Ródano se envenene con estos cadáveres desnudos le parece un acto político digno de alabanza, porque llegarán flotando a Tolón, prestando allí testimonio palpable! de la venganza republicana, inflexible y tremenda. Es necesario- -escribe -que los cadáveres ensangrentados que hemos arrojado al Ródano naveguen a lo largo de sus orillas y lleguen a su desembocadura en el infame Tolón, para que intensifiquen ante los ojos de los cobardes y crueles ingleses la impresión de horror y la sensación del poder del pueblo En Lyon, claro es, ya no es necesaria una intensificación tal, pues las ejecuciones y las matanzas se siguen sin interrupción. Para celebrar la conquista de Tolón, que acoge Fouché con lágrimas de alegría arrastra doscientos rebeldes ante los cañones Inútiles son todos los llamamientos a la clemencia. Dos mujeres, que habían implorado compasión excesiva por la libertad dé sus maridos ante el Tribunal de sangre, son atadas al lado de la guillotina. Nadie puede llegar ni a las cercanías de la casa de los ¿elegados para pedir moderación. Pero tanto como las detonaciones de los fusiles truenan las palabras de los procónsules: Sí, nos atrevemos a decirlo, hemos vertido mucha sangre impura; pero únicamente por humanidad y por deber... No dejaremos el rayo que habéis puesto en nuestras manos hasta que no lo manifestéis por vuestra voluntad. Hasta entonces seguiremos, sin interrupción, la lucha contra nuestros enemigos de la manera más radical, terrible y rápida, hasta aniquilarlos a derribar casas, lleva a cabo el Comité des substances una implacable requisa de víveres, telas y objetos de arte. Se hacen los registros casa por casa, desde el sótano hasta el tejado, en busca de personas escondidas y de joyas; nada se libra del terror de Fouché y Collot, los dos hombres que, invisibles e infranqueables, protegidos por centinelas, viven ocultos en una casa inaccesible. Se han demolido los palacios más bellos; están medio vacías las cárceles- -aunque vuelvan a llenarse constantemente- saqueados los comercios, regados con la sangre de mil personas los prados de Brotteaux. Es entonces cuando deciden, al fin, algunos ciudadanos arriesgados (aunque su decisión pueda costarles la cabeza) acudir a París y presentar a la Convención una solicitud para pedir que la ciudad no quede totalmente arrasada. Naturalmente, el texto de la súplica es muy cauto. No falta el tono marcial en él ni la inclinación cobarde ante el decreto destructor, que parece dictado por el genio del Senado romano pero luego ruegan perdón para el franco arrepentimiento, para la debilidad coaccionada perdón- -nos atrevemos a decirlo- -para los inocentes a quienes se ha desconocido Pero los cónsules han sido informados a tiempo de la denuncia sigilosa, y Collot d Herbois, por ser el más elocuente de los dos, vuela a París en posta acelerada para parar el golpe. A l día siguiente tiene la osadía, en la Convención y ante los jacobinos, de defender la matanza colectiva como una forma de humanidad Queríanlos- -dice- -librar al mundo del espectáculo tremendo de ejecuciones constantes, ininterrumpidas. Por eso acordaron los comisarios aniquilar en un mismo día y de una vez a todos los condenados y traidores, debiendo buscarse el origen de este propósito en una véritable sensibilité. Ante los jacobinos se entusiasma con mayor fervor aún por el nuevo sistema humanitario Sí, hemos tumbado doscientos condenados con una sola descarga, y esto es lo que se nos reprocha. ¡Pero esto es, en realidad, un acto de moderación! Si se arrastra a la guillotina a veinte condenados puede decirse que mueren los últimos veinte veces. Con nuestro sistema caen veinte traidores de una vez. Y efectivamente, estas frases gastadas, sacadas precipitadamente del tintero sangriento de la jerga revolucionaria, hacen su efecto: la Convención y los jacobinos aprueban las declaraciones de Collot y dan, con ello, a los procónsules plenos poderes para continuar las ejecuciones. E l mismo día celebra París la inhumación de Chalier en el Panteón- -un honor que hasta entonces sólo se había concedido a Juan Jacobo Rousseau y a Marat- y su concubina recibe, como la de Marat, una pensión. Oficialmente es declarado así el mártir santo nacional y con ello tácitamente aprobada, como justa M i l seiscientas ejecuciones en pocas semanas dan fe de que, venganza, toda violencia por parte de Fouché y de Collot. Sin embargo, cierta incertidumbre se apodera de éstos, pues por una vez, José Fouché dijo la verdad. Con la organización de estas carnicerías y las comunicaciones la situación empieza a ser peligrosa en la Convención, en la que se llenas de alabanza propia, no olvidan José Fouché y sus colegas vacila entre Danton y Robespierre, entre la moderación y el terror. Hay, pues, que obrar con cautela, y para ello deciden los dos otro triste encargo de la Convención; ya el primer día hicieron repartirse los papeles: Collot d Herbois se queda en París para llegar a París la queja de que la demolición ordenada se llevaba a cabo, bajo su antecesor, demasiado despacio Ahora- -escri- vigilar la opinión en los Comités y en la Convención, para rechaben- -las minas aligerarán las obra de destrucción. Y a han comen- zar de antemano un posible ataque con la vehemencia brutal de tado a trabajar los zapadores y dentro de- dos días volarán los su elocuencia, dejando confiada la prosecución de las matanzas a edificios de Bellecourt. Estas fachadas célebres, comenzadas bajo la energía de Fouché. No debemos olvidar que durante aquella Luis X I V obras de un discípulo de Marsand, por ser las más be- época fué José Fouché señor único y omnipotente, pues de manera hábil intentará luego cargar sobre su colega- -de espíritu más llas, fueron las primeras condenadas a la demolición. Con brutalidad son expulsados los moradores de esta fila de casas y se da abierto- -todas las violencias cometidas. Los hechos demuestran ocupación a centenares de. hombres y mujeres sin trabajo, que en que en la época en que Fouché manda solo no trabaja menos morunas semanas de insensato derribo destruyen las magníficas obras tíferamente la guadaña. Cincuenta y cuatro, sesenta, cien personas de arte. L a desdichada ciudad está llena de suspiros y quejas, -de por día caen durante la ausencia de Collot. Y se siguen derribancañonazos y de muros que se derrumban; mientras que el Comité do muros, saqueando las casas y vaciando las cárceles con las con ¿8! EÍ g se dedica a tumbar hombres y el Comité de démplUion (Continuar 4. y
 // Cambio Nodo4-Sevilla