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NOVELA HISTÓRICA DE STEFAN ZWESG T r a d u c i d a por Máximo José K a h n y Miguel Pérez Perrero. (CONTINUACIÓN) pues hasta aquel día había reclamado para sí l a Revolución todos los derechos, había tomado sobre sí tranquilamente toda responsabilidad... A partir de este día, en cambio, confiesa temerosa haber cometido también equivocaciones. Sus caudillos empiezan a negarla. Pero todo credo espiritual, toda concepción vital queda rota en sus más íntimas potencias t a n pronto como se niega su derecho absoluto, su infalibilidad. Y al ultrajar los tristes vencedores Tallien y Barras los cuerpos sin vida de sus grandes antecesores, Danton y Robespierre, como cadáveres de asesinos, y al sentarse miedosamente en los bancos de las derechas, de los moderados, con los enemigos secretos de la República, no traicionan solamente la Historia y el espíritu de la Revolución, sino a sí mismos. Todos esperan ver al lado de éstos a Fouché, el conjurado principal, el enemigo más cruel de Robespierre, el más amenazado, el chef de la conspiration, pues bien había ganado el derecho a una substanciosa parte del botín. Pero, cosa extraña, Fouché no se sienta con los otros en los bancos de las derechas, sino en su antiguo sitio, en l a montaña con los radicales. Y se envuelve en silencio. P o r primera vez, es sorprendente, no va con l a mayoría. ¿Por qué obra Fouché con semejante obstinación? se preguntaron muchos entonces, y se han preguntado más tarde algunos. L a contestación es sencilla: porque piensa más razonable y perspicazmente que los demás; porque su inteligencia superior de político prevé más profundamente l a situación que la frágil mentalidad de un Tallien o un Barras, a los que únicamente da el peligro una energía momentánea. E l antiguo profesor de Física conoce la ley kinética, según l a cual una onda no puede detenerse rígida en el aire. Tiene- -lo sabe muy bien- -que seguir un movimiento de flujo o de reflujo. S i ahora comienza, pues, el reflujo, es que se inicia una reacción y ésta no podrá detener su impulso, como no pudo detenerlo antes la revolución; irá, lo mismo que aquélla, hasta lo último, hasta el extremo, hasta la violencia. Pero entonces se romperá inevitablemente este pacto anudado a toda prisa; si vence, pues, l a reacción, están perdidos todos los paladines de la revolución. Con las ideas nuevas cambia también peligrosamente l a medida del juicio para los hechos de ayer. L o que ayer era deber y atributo de virtud republicana- -por ejemplo, matar a tiros a m i l seiscientos hombres y saquear las iglesias- será entonces necesariamente considerado como un crimen; los acusadores de ayer serán los acusados de mañana. Fouché, que tiene bastante sobre su conciencia, no quiere compartir el enorme error de los demás thremidoristas (así se llaman los aniquiladores de Robespierre) que se agarran temerosamente a la rueda de la reacción... Sabe que de nada ha de servirles; si la reacción se pone en movimiento nuevamente, los arrastrará a todos consigo. U n i c a jnente por prudencia y perspicacia permanece Fouché fiel a las izquierdas, a los radicales. V e muy claramente que pronto estará amenazada l a cerviz de los más audaces precisamente. Y Fouché tiene razón. P a r a hacerse populares, para afirmar una humanidad que no existió nunca, sacrifican los thermidoristas a los más enérgicos de los procónsules; hacen ejecutar a Carrier, que ahogó seis m i l personas en el L o i r e a José Lebon, el tribuno de A r r a s y a Fouquier- Tinville. Hacen volver- -para agradar a las derechas- -a los setenta y tres miembros expulsados de l a G i ronde, y se dan cuenta demasiado tarde de que con este refuerzo de la reacción quedan ellos mismos aprisionados por ella. Tienen que acusar ahora obedientemente a sus pronios coadjutores contra Robespierre, a Billáud- Varenne y a Collot d Herbois, el colega de Fouché en Lyon. Cada vez se cierne más amenazadora la sombra de l a reacción sobre Fouché. P o r esta vez logra salvarse negando cobardemente toda complicidad en lo. de L y o n (aunque no jai había una hoja en que no fuera su firma junto a la de Collot) j j afirmando con igual falsedad el haber sido perseguido sólo por su excesiva benevolencia por el tirano Robespierre. Con esto engaña, efectivamente, el astuto a la Convención por algún tiempo. Puede permanecer en su sitio sin que le moleste nadie, mientras Collot, es mandado a la guillotina seca es decir, a las islas, contaminadas por la fiebre, de la India occidental, donde sucumbe a los pocos meses. Pero. Fouché es demasiado listo para sentirse seguro, tras este primer rechazo; conoce l a inflexibilidad de las pasiones políticas; sabe que una reacción, lo mismo que una revolución, no cesa de encarnizarse en los hombres hasta que se le rompen los dientes; que no parará en su deseo de venganza hasta que el último jacobino sea llevado ante el Tribunal y la República quede convertida en escombros. De esta manera sólo ve una salvación para la revolución, a la que está ligado indisolublemente con lazos sangrientos: reproducirla. Y sólo ve una salvación para él: la caída del Gobierno. Otra vez el más amenazado de todos, lo mismo que hace seis meses, inicia sólo contra fuerzas superiores la lucha desesperada por l a vida. Cuando hay que luchar por el Poder o por l a vida es cuando desarrolla Fouché fuerzas asombrosas. V e que por el camino leal no se puede impedir ya que la Convención persiga a los terroristas de antaño; no queda, pues, otro medio que el probado tantas veces durante la revolución: el terror. Y a una vez, cuando l a sentencia de los girondinos, cuando la sentencia del Rey, se intimidó a los diputados cobardes y vacilantes (entre ellos el entonces aún conservador José Fouché) movilizando las muchedumbres callejeras; contra el Parlamento, sacando de los suburbios los batallones de! trabajadores con su fuerza proletaria, con su ímpetu irresistible e, izando l a bandera roja de la rebelión en el Ayuntamiento. ¿Por, l qué no lanzar nuevamente contra l a Convención acobardada a esta vieja guardia de la revolución, a los conquistadores de l a Bastilla, a los hombres del 10 de agosto, para que destrocen con los puñosi su poder? Claro que para ir a los arrabales y pronunciar allí discursoSj fogosos, revolucionarios, o, como Marat, bajo peligro de muerte, arrojar folletos excitantes al pueblo, para eso es Fouché demasiado cauto. N o le gusta exponerse, prefiere evitar la responsabilidad; su maestría no es la del discurso ampuloso y arrebatador, sino la del susurrar y l a de esconderse detrás de otro. Y también esta vez encuentra al hombre propicio que, adelantándose audaz y decididamente, le cubre con su sombra. 1 P o r París vaga entonces, proscrito y humillado, un verdadero y, apasionado republicano: Francisco Baboeuf, que se llama asimismo Graco Baboeuf. Tiene un corazón desbordante y una inteligencia, mediocre. Proletario de las entrañas del pueblo, antiguo agrimen- j sor e impresor, tiene pocas y primitivas ideas; pero ésas las alimenta con pasión varonil y las enardece con el fuego de la verda- dera convicción republicana y social. Los republicanos burgueses, y hasta el mismo Robespierre, habían eludido con cautela las ideas socialistas y a veces comunistas de Marat sobre la nivela- 1 ción de la propiedad; les pareció preferible hablar muchísimo de libertad y de fraternidad... y poco de igualdad, en cuanto se refiere al dinero y a la propiedad. Baboeuf recoge las ideas de Marat, olvidadas y reprimidas, las aviva con su aliento y las lleva como antorcha por los barrios proletarios de París. Esta llama puede elevarse repentinamente, convertir en ceniza en un par de horas todo París y el país entero, pues poco a poco va comprendiendo el pueblo la traición que cometen los thermidoristas en su propia ventaja contra su revolución, contra la revolución proletaria. Detrás de Graco Baboeuf se oculta Fouché. N o se exhibe pública- 1 (Cpnlinnará. 1
 // Cambio Nodo4-Sevilla