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sa y salí al campo. E l paisaje me pareció el de una Suiza más adusta, embellecida, solemnizada por el prestigio de una tradición religiosa. Del fos, era, en la antigüedad, la sede religiosa a la que afluían todos los creyentes, o, mejor dicho, los supersticiosos de una mitología que situaba a los dioses entre la tierra y el cielo. Venerábase allí un santuario en el que un oráculo, hábilmente influenciado por los sacerdotes paganos, predecía el porvenir a las gentes y aconsejaba a los Poderes públicos sobre sus preocupaciones de gobierno. Los taumaturgos que administraban la credulidad griega, infantil como la fe colectiva de todos los pueblos, tenían siempre a su disposición media docena de histéricos que, sometidos a la acción de los vapores sulfurosos que se desprendían de una cueva, constituida en el subsuelo del santuario, prorrumpían en gritos y carcajadas delirantes que una interpretación interesada convertía en profecías. E n Delfos se daban cita, con ocasión de las fiestas de Apolo, millares de peregrinos, y su paso por aquellas alturas era un ingreso importante para el santuario, cuyo tesoro, naturalmente, estaba en manos de los sacerdotes. E r a por decirlo así, un lugar de romería en el que se podía simultanear el culto religioso con el placer de los sentidos, que es también una forma, quizá la más humana, de hacer llevadero el terror del más allá. E l hombre y la mujer ihan sido idénticos en todas las épocas y bajo todas las civilizaciones; un amasijo de egoísmos y de aprensiones que se calman; aquéllos, con la complicidad de la materia, y éstas, a expensas del espíritu. L a vida oscila entre el goce y la oración. Toíio pueblo poeta es forzosamente supersticioso, porque necesita gastar todo el caudal de imaginación que ha recibido de la Naturaleza. N o es posible ni digno el v i v i r exclusivamente de los sentidos, y como los placeres de la razón son abstractos y no llenan el alma, la multitud prefiere aquellos otros que le acercan a los dioses por medio de fábulas y alegorías de fondo lírico. E s un método de educar a las masas y de ennoblecerlas espiritualmente superior al que ha puesto en uso la democracia con su enjuta pedagogía, repleta de ambición científica. Para andar por aquellos caminos confinados por montañas y sierras y explicarse lo que era aproximadamente Delfos hay que remitirse a las páginas un tanto inexpresivas, por su sobriedad, de un Pausanias. Aquel benemérito precursor del periodismo actual era un repórter de escasa imaginación, más apto para ver que para comprender lo que tiene delante. Tienen sus páginas una enojosa puntualidad notorial, que nos parecería más tolerable si el narrador las salpimentase con alguna que otra reflexión filosófica, a la manera de Plutarco. Pero el tal Pausanias era seco como un redactor de l a Gaceta oficial. D e l templo de A p o l o sólo quedan y a los cimientos, pues ni siquiera se ha podido dar con el subterráneo en que funcionaba la profetisa de turno. E l encintado es de mármol y los lienzos de los muros, que yacen por tierra, eran enormes bloques de piedra, que las aguas llovedizas han acabado por pulir. Más arriba, escalando la montaña, se encuentran las ruinas del teatro, emplazado en la falda de una colina, desde la cual, se otea un horizonte sólo frecuentado por las águilas. P a r a conocer lo que se ha extraído de las excavaciones es indispensable visitar el museo de Delfos. L o que ha subsistido en buen estado es poco, pues casi todo ha sufrido las mutilaciones y deterioros consiguientes, a lo que nunca desde aquellas remotísimas épocas tuvo el amor e los hombres como guardián. L a estatua del A u r i g a es la mejor conservada. Aparece vestido con una túnica bronceada y en su rostro, fino y un poco arrogante, los ópalos de los ojos adquieren un sentido de maleficio. N o hay allí ninguna otra figura humana medio entera. Todo está fragmentado y despedazado más ampliamente que en esos sepulcros que ninguna mano piadosa cuida. Pululan las Cariátides, las esfinges, las bestias mitológicas desarticuladas de los sitios en que las puso el artista, desafiando la paciencia del arqueólogo que las reintegre. Vemos m u chas columnas desconchadas, capiteles rotos y a guna que otra métopa de borroso relieve. Pero en un museo nos espera siempre una sorpresa. Antes de abandonarlo hay que cerciorarse bien de que nada nos queda por ver. Cuando y o me disponía a salir, un poco decepcionado, uno de los ingleses me llamó la atención sobre la estatua de Hagias, el vencedor de los Juegos olímpicos de Corinto y Delfos, obra de autor desconocido, pero que se hace admirar por la gracia varonil de sus perfiles. E l buen estado en que se ha conservado inspira dudas sobre su autenticidad. E s más bien que un mármol original un rasgo bri Uante que atestigua la gloria de un estilo. Antes de volver al hotel quise acercarme a la famosa fuente Cartalia, sobre la cual han tejido los poetas toda una leyenda. E l manantial fluye entre dos rocas bruñidas por el sol y está protegido por un dosel de plátanos silvestres. U n zagal, que cuidaba de unas cabras, me ofreció un vaso paja beber aquel líquido que, según la tradición, inspira nobles pensamientos. L e gratifiqué con un franco porque no tenía a mano dinero menudo del país, y corrió a su choza a verificar la lev de l a moneda. A l rato volvió, y, después de darme las gracias, me obsequió con un ramo de flores alpestres, que, por la noche, me perfumaron mi alcoba en el hotel... Poco después me despedí de la tierra predilecta de Apolo, no sin haber dicho por escrito, en el álbum de la hospedería, lo que pienso de ciertos contrastes entre una cocina detestable y el precio que me obligaron a pagar por el alojamiento y la comida. S i el fondista ha tenido la curiosidad de aprender castellano para enterarse de mis impresiones debe guardar de mi paso por Delfos un recuerdo imborrable... MANUEL pipí BUENO 1 U V rS 1 V pifll Si P A S A J E POR E L C A N A L D E CORINTO