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recortándose las finas siluetas en un rectángulo iluminado, surgieron unas juveniles pasajeras, y en medio de ellas y admirada con alegre estrépito iba una ilusión romántica, pues no parecía criatura real l a mujercita que con su traje de mestiza tenía encantadas a sus amigas. Fué que el presentimiento del archipiélago, en que ella había nacido, y a donde regresaba tras un dilatado destierro en O c cidente, inspiró a esa mujercita el juego de vestirse en el tradicional estilo de los suyos, como queriendo anticipar l a llegada a las nativas playas. Así he contemplado yo por primera vez ese famoso traje de mestiza. Mejor que el cuerpo, envolvía un alma. ¿Y existe acaso otro ropaje como ese para aureolar una sensibilidad delicada y ardiente? L a saya de seda de la China, con su cola nada enfática, sino por el contrario, adormecida en su docilidad, y que se lleva recogida al brazo; el tapis, corta sobrefalda de tul, en que se hordaron flores de fantasía, enfundan l a figura hasta el talle, convirtiéndola en plinto y aun altar del busto, que a su vez se inmaterializa en el vaporosísimo corpino de tejido de pina, y con esas mangas diríase que de niebla. Para encontrar en Occidente algo que se asemeje a este vestido hay que ir a las tiendas en que los floristas envuelven las orquídeas en papel transparente. U n a curiosa y acaso humorística tradición quiere que el traje de mestiza sea u n traslado del hábito frailesco al atavío femenil. Se dice que al llegar nuestros misioneros y encontrarse desnuditas a las tagalas, les obligaron a vestirse con las penitenciales estameñas. E l clima tropical y l a gracia de ellas acabaron por convertir el hábito del monje en esa fantasía de sedas y tules. N o falta ni l a alusión a la cogulla, hallándose en una pañoleta, que se abomba en la espalda con unos magníficos pliegues. Junto al excesivo desparpajo yanqui, con sus melenas y sus maillots, el traje nacional filipino equivale a normas de ética y de es. tética, pues ninguna hay que imponga como éste el recato y la compostura. Otro privilegio del singularísimo atavio consiste en la elegancia que presta a l a mujer al habituarla a i r sin sombrero n i adorno alguno en el pelo. Nace de ahí una dulce arrogancia, cuyo modelo sólo encontraríamos en las esculturas clásicas, que tampoco llevan, cubierta la cabeza. Y si acaso adornan sus cabellos, lo hacen las beldades filipinas de un modo delicioso y peregrino: de noche abandonan en su crencha unos minúsculos insectos luminosos como luciérnagas. L a s graciosas constelaciones microscópicas suelen flotar en la atmósfera fragante de los collares de sawpac iiitas, flores del m á s insinuante perfume, y con los que es costumbre adornarse, hasta hiperbólicamente. Desde primera hora me declaré partidario del vestido tradicional, cuyo elogio hice en unos párrafos que se tradujeron al inglés y al tagalo, difundiéndose por todas las High Schools, el campo y los talleres. E l éxito fué indiscutible. Y las principales damas y muchachas filipinas asistían a las charlas unánimemente vestidas con el tapis y la manteleta. Los auditorios semejaban cajas de mariposas disecadas. Y todo aquello representaba una fortuna; porque no hay límite en l a riqueza del traje- de mestiza, que si es lujoso, resulta mucho m á s caro que un modelo de Lelcng o de W o r t h Agradecidas, por último, las mujeres filipinas a m i entusiasmo, regaláronme para la m í a uno de esos vestidos, y tan admirable, que era el que fué enviado y premiado en una Exposición del archipiélago en San Francisco de California. Recuerdo haber aconsejado muchas veces a mis amigas filipinas que no se limitasen a llevar por fuera el traje clásico suyo, porgue esto lo convertiría en un disfraz, sino óise k i llevasen también por dentro, en el Típico paisaje filipino: L n ocal a orillas del agua. tv j rttifal tf Pll (t t ¡Í- alma, y ya se comprende de sobra lo que esto quiere decir. P r ó x i m a l a Independencia, organizándose la administración del nuevo Estado, séame lícito saludarlo con el tributo a sus mujeres, vestales del patriotismo, y el elogio de su traje, por su nombre y su aspecto alusivo a España, también allí venerada como la Madre. Fí. srsicp GARCÍA S A N C H I Z A é
 // Cambio Nodo4-Sevilla