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NOVEL- A HISTÓRICA DE STEFAN ZWEIG T r a d u c i d a p o r Máximo José K a h n y M i g u e l Pérez F e r r e r o (CONTINUACIÓN) Y Fouché domina sus nervios. Apenas ha salido Bonaparte a la cabeza de su Caballería para Saint- Cloud, apenas le han seguido en carrozas los grandes conjurados Talleyrand, Sieyés y un par de docenas más, cuando se cierran de pronto, por orden del ministro de Policía, las barreras en l a periferia de París. Nadie puede alejarse de la capital y nadie puede entrar en ella, excepto los mensajeros del ministro de Policía. Nadie de las ochocientas m i l personas podrá saber, pues, si el golpe tendrá éxito o fracasará; únicamente este hombre decidido. Cada media hora le trae noticias sobre el desarrollo del golpe de Estado un mensajero. Pero tarda en decidirse. S i Bonaparte logra vencer, entonces será Fouché, naturalmente, esta noche su ministro y fiel servidor; si fracasa, permanecerá fiel servidor del Directorio; estará dispuesto, con ademán frío y complaciente, a detener al rebelde L a s noticias que recibe son bastante contradictorias. Mientras Fouché domina maravillosamente sus nervios, Bonaparte, el más fuerte de los dos, pierde los suyos por completo; este 18 de Brumario, que brinda a Bonaparte el dominio de toda Europa, es, por extraña ironía quizá, el día más débil en la vida personal de este gran hombre. Decidido ante los cañones, se desconcierta Bonaparte siempre que ha de ganar a la gente con palabras. Acostumbrado durante años enteros a mandar, ha olvidado el arte de solicitar. Puede agarrar una bandera y montar a la cabeza de sus granaderos; puede aniquilar Ejércitos; pero amedrentar desde l a tribuna a un par de abogados republicanos, eso no lo consigue este soldado férreo. M u chas veces ha sido descrita la escena de cómo el invencible general, nervioso por las interrupciones de los diputados, balbucía frases estúpidas y vanas, como E l dios de las batallas está conmigo... y se equivocaba de tal manera al hablar, que sus amigos tienen que bajarlo apresuradamente de la tribuna. Únicamente las bayonetas de sus soldados salvan al héroe de Arcóle y Rívoli de una derrota vergonzosa ante un par de abogadetes estrepitosos. Pero cuando vuelve a- montar en su caballo, señor y dictador, y manda a sus soldados desalojar por asalto el salón, fluye desde la empuñadura del sable otra vez la fuerza a sus sentidos aturdidos. A las siete Je la tarde está todo decidido: Bonaparte es cónsul y autócrata de Francia. S i hubiera sido vencido o desbordado en el acto, hubiera mandado pegar Fouché en todos los muros de París una proclama patética: U n a conspiración infame ha sido descubierta etc. Pero como venció Bonaparte, se apropia de prisa la victoria. Y no es Bonaparte, sino el señor ministro de Policía, Fouché, quien entera a l día siguiente a París del final efectivo de la República y del comienzo de la Dictadura napoleónica. E l m i nistro de Policía comunica a sus conciudadanos- -dice el relato falaz- -que el Consejo estuvo reunido en Saint- Cloud para resolver sobre los intereses de la República, cuando el general Bonaparte, que se había presentado en el Consejo de los Quinientos para descubrir las maquinaciones revolucionarias, estuvo a punto de ser víctima de un asesino. Pero el genio de la República salvó al general. Todos los republicanos pueden tranquilizarse... pues sus deseos se cumplirán ahora... Los débiles pueden estar tranquilos; están con los fuertes... y únicamente tienen que temer los que provocan disturbios, introducen la confusión en la opinión pública y preparan el desorden. Todas las medidas están tomadas para impedirlo. Una vez más ha desplegado Fouché l a vela a favor del viento. Y tan osadamente, tan sin reserva, tan en pleno día tiene lugar la deserción al campo del vencedor, que ya se empieza, poco a poco, en los Círculos más distanciados, a conocer a Fouché. Unas sananas más tarde se representa en un teatro de barrio de París una comedia graciosa: La vélela de Sainl- Cloud; en ella, entendida y aplaudida por todos, con nombres poco disimulados, se parodia lo más graciosamente su comportamiento voluble, y, sin embargo, cauto, Fouché hubiera podido, como censor, prohibir una parodia tal de su persona; pero poseía, afortunadamente, bastante ingenio para no hacerlo. N o oculta de ninguna manera su carácter, o, mejor: que no tiene carácter. Todo lo contrario: recalca incluso su veleidad e inconstancia, porque esto le crea una aureola especial. Que se rían de él, siempre que le obedezcan y le teman. Bonaparte es el héroe del día; Fouché, el colaborador secreto, el tránsfuga; la víctima efectiva, Barras, el amo del Directorio, que recibe este día una lección, ya histórica, sobre la ingratitud. Pues estos dos hombres que le derriban y le despachan con una propina de varios millones, como a un pordiosero molesto, fueron hace dos años sus criaturas, sus deudos, a quienes había sacado de la nada. Bonachón, ligero, un bon homme, que gusta disfrutar, que gusta dejarle a cada uno su parte, ha recogido literalmente de la calle a Bonaparte, a este oficial, pequeño y cetrino, expulsado y desterrado casi, y le ha prendido en la casaca militar, sin pagar aún y remendada, los galones de general; íe ha nombrado por encima de todos, de la noche a la mañana, comandante de París; le ha cedido su propia amante; le ha llenado los bolsillos de dinero; ha conseguido que le dieran el mando sobre el Ejército de Italia; le ha tendido, en fin, el puente de la inmortalidad. Igualmente ha sacado a Fouché de su buhardilla sucia del quinto piso, le ha salvado de la guillotina, ha sido el único que le ha ayudado en la época del hambre, cuando se apartaban todos de él y, por fin, le ha colocado en el sitial y ha llenado sus bolsillos de oro. Y los dos- -que le deben la vida- -se unen, clos años más tarde, y le echan en el mismo fango de donde él los sacó... Verdaderamente que la Historia, que no es precisamente un Código de moral, no conoce un ejemplo más claro de perfecta ingratitud que la actitud de N a poleón y Fouché frente a Barras el 18 de Brumario. Pero la ingratitud de Napoleón contra su protector tiene, a l menos, la justificación del genio. Su fuerza le da derecho especial, pues el camino del genio, de cara a las estrellas, puede pasar, si es necesario, sobre vidas humanas; puede servirse con heroísmo de los fenómenos efímeros, obediente sólo al sentido profundo, al imperativo invisible de la Historia. L a ingratitud de Fouché, en cambio, es tan sólo la ingratitud vulgar del amoral perfecto que con la mayor ingenuidad busca únicamente la propia ventaja. Fouché puede, si quiere, olvidar todo su pasado de manera esíunefaciente y vertiginosamente rápida, y de esta maestría singular dará pruebas asombrosas en su carrera futura. Quince días después manda a Barras, al hombre que le libró de la guillotina seca y que le salvó del destierro, la orden formal de expatriación y le hace quitar todos los papeles: probablemente estarían entre ellos sus propias cartas implorantes y sus mensajes de espía. Barras, mortalmente ofendido, aprieta los dientes, que hoy parecen todavía rechinar en sus Memorias cuando nombra a Bonaparte y a Fouché. Y únicamente le consuela que Bonaparte se lleve a Fouché, Proféticamente presiente que uno de ellos le vengará en el otro y que no serán amigos mucho tiempo. Por lo pronto, claro, en los primeros meses de su cooperación, se pone el ciudadano ministro de Policía devotamente al servicio del ciudadano cónsul, pues la palabra ciudadano se impone todavía en los documentos oficiales. Todavía le basta al amor propio de Napoleón con ser el primer ciudadano de una República. Frente a una misión ingente que superaría las fuerzas de todos los demás, demuestra en aquellos años la magnitud y multiplicidad de su ge (Continuará.