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El castillo de la Mota, visto desde un avión. tamiento, volverían a la vida en su sitio m á s propio, y de su adecuación se formarían dos rincones puros del estilo admirable. Y sí, ¡cuántas habitaciones, y patios, y trozos! N o sólo los grandes Museos ni los monumentos imponentes, lo i n t e r n a c i o n a l -Prado, Alhambre, Catedrales- merecen atención y cuidado. H a y un tipo m á s recogido, más íntimo, de lugares de arte que SOIÍ exquisitos, precisamente porque no abruman con su fama ni con su bulto. E x tasía e! palacete de la duquesa de Alba, en M a d r i d es gratísima la Casa de Cervantes, vallisoletana; maravilloso el convento de y usté. Se podría hacer una abundante lista. L a política de crear én donde haya motivo un lugar de recoleto placer espiritual, de dedicar a lo que le es peculiar el edificio apropiado; de ir, en las rutas que terminan en lo prosopopéyico, marcando hitos dé gustosos y bien puestos rincones, es una gran política. Así se salvarán muchísimos y encantadores parajes, tuinas importantes, casas, castillos, jardines plazas, puentes, templos... ¿N o es de lo m á s preciado de Sevilla el barrio de Santa Cruz? ¿N o es el barrio viejo de Cáceres superior a muchos aspectos de Toledo? E l genio del país se sintetiza en la monumentalúlnd de sus fábricas m á s importantes, pero la v i sión minuciosa se forma niezá a pieza y l a emoción difusa de todo ello es la que constituye lo inaprehensible. el rura. el alma que resulta de esta suma: paisaje, obra, hombre, pafabra, pasado, color, estilo... Quien haya estudiado l a catedral de Zamora poseerá el tema de uno de los templos soberbios, grandiosos, de E s p a ñ a quien haya salido al área cuero arrugado de los t e r r u ñ e r o s que pisan con abarcas, y los ojos redondos, de negro encendido azabache, y las bocas de cereza rubí de las muchachas; quién haya entrado en esas iglesitas torcidas de los primeros alarifes que conocieron la bóveda y el arco, donde el C i d se a r m ó caballero, ése se emp a p a r á de lo sutil, de lo racial, de io entrañable, de lo que permanece vivo en el somero y épico pueblo castellano. E l otro conocerá, no lo que está en l a atmósfera que rodea las cosas, sino l a dimensión erudita y catedralicia de columnas, retablos, cruceros, tallas, ornamentos... Urge salvar lo menudo, decorar con encuentros las sendas; que toda E s p a ñ a sea un gran Museo d i n á mico, no: muerto; que se multipliquen los lugarcitos, los puntos de mira, las piedras de peregrinación, los relicarios y las silenciosas estancias donde saborear el buen estilo de un viejo libro en el lugar donde se meditó. D o n Fernando de los Ríos, ilustre, no por su posición en el Estado, sino porque su posición le permite favorecer lo que é s grato al hombre de talento sensible, estará de acuerdo en ese criterio de salvación de las cosas bellas, creando en cada lugar lo que complete o rodee mejor a cada una. H l castillo de la Mota, resucitado según las normas de Antonio Prast, puede ser el comienzo, la anunciación dé una esplendí- da serie de pequeños Museos, casas de artistas, jardines, barrios, paisajes, restos floridos salvados a la incuria oficial, a la p i ratería de los mercaderes y al salvajismo de los extremistas- -extremismo de extremidades. J. O de La. Latina Foto castillo Zegri. Aplicada a de la Mota, de la Iprovíncia, entre él rumor gruñón del Duero sintiendo el frío fino, a contemplar las iglesitas románicas, en tierra llana color de corteza de pan, viendo los rostros de 1 JOMAS B O R R A S