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NOVELA HISTÓRICA D E STEFAN ZWEIG T r a d u c i d a p o r Máximo José K a h n y M i g u e l Pérez F e r r e r o (CONTINUACIÓN) en absoluto O le aconsejó mantenerse dentro del margen de su campo de acción y no mezclarse en asuntos ajenos Napoleón le agravia- -es cosa sabida- sin compasión, ante testigos, ante sus ayudantes y ante el Consejo de ministros, y cuando la ira le contrae los labios, no vacila en recordarle Lyon y su época terrorista, en llamarle regicida y traidor. Pero Fouché, el observador frío como el cristal, que al cabo de diez años conoce perfectamente el teclado de estas explosiones de ira, que si a veces son hijas, como un producto de la sangre, del carácter violento de este hombre incapaz de dominarse, otras son administradas por él sabia y teatralmente, buscando todos los efectos y con clara consciencia de su histrionismo, y no se deja intimidar ni por las tormentas auténticas ni por las teatrales, y permanece igualmente impasible ante la ira íalsa que ante el verdadero enfado del Emperador. Con su cara blancuzca, incolora, de careta, aguarda tranquilamente sin pestaíñear, sin demostrar con un nervio emoción alguna bajo el diluvio de palabras chisporreantes. Sólo cuando sale del gabinete asoma quizá a sus labios delgados una sonrisa irónica o maligna. N i siiquiera tiembla cuando grita el Emperador: Es usted un traidor; debía mandar fusilarle sino que contesta, sin balbuceos en la voz: No soy de esa opinión, Sire Cien veces se deja despedir, amenazar con el destierro y la substitución en el cargo, y, sin embargo, sale tranquilo del aposento, completamente seguro de que el Emperador le llamará al día siguiente. Y ¡siempre tiene razón. Pues a pesar de su desconfianza, de su ira y de su odio secreto, no se puede Napoleón desembarazar del todo de Fouché, durante un decenio, hasta última hora. Este poder de Fouché sobre Napoleón, que es un enigma para todos los contemporáneos, no tiene nada de mágico o de hipnótico. Es un poder adquirido por laboriosidad, habilidad y observación sistemáticas, un poder calculado. Fouché sabe mucho, sabe demasiado. Conoce, gracias a las comunicaciones del Emperador, y aun en contra de la imperial voluntad, todos los secretos imperia 3 es, y tiene así en jaque, por estar informado de manera perfecta, casi mágica, al Imperio entero y también a su señor. Por la propia esposa del Emperador, por Josefina, conoce los detalles más íntimos del tálamo imperial; por Barras, cada paso dado en la escalera- de caracol de su ascensión. Vigila, gracias a sus propias relaciones, con hombres de dinero, la situación económica particular del Emperador. No pasa inadvertido para él ni uno de los cien asuntos sucios de la familia Bonaparte: los asuntos de juego de sus hermanos, las aventuras escabrosas de Paulina. Tampoco se le ocultan los desvíos matrimoniales de su amo. Si Napoleón, ale a las once de la noche, envuelto en un abrigo extraño y completamente embozado, por una puerta secreta de las Tullerías para visitar a una amante, sabe Fouché, a la mañana siguiente, a dónde se dirigió el coche, cuánto tiempo permaneció el Empera dor en aquella casa y cuándo regresó; hasta puede avergonzar una vez al Soberano del mundo con la comunicación de que una favorita le engañaba a él, a Napoleón, con un corista cualquiera de teatro. De cada escrito importante del gabinete del Emperador recibe directamente una copia Fouché, gracias a un secretario sobornado, y varios lacayos, de alto y bajo rango, cobran un suplemento mensual de la caja secreta del ministro de Policía, como recompensa por el soplo de todos los chismorreos de Palacio. De día y de noche, en la mesa y en la cama, está Napoleón vigilado por su extremado servidor. Imposible ocultarle un secreto: así está el Emperador obligado a confiárselo todo, quiera o no. V i ese conocimiento de todo y de todos constituye el poder único de Fouché sobre los hombres, que jBalzac tanto admira. 1 fuerza en ocultarle los suyos propios. Fouclié ho confía jamás, ini al Emperador ni a nadie, sus verdaderas intenciones y sus trabajos. De su enorme material de noticias sólo comunica lo que quiere. Todo lo demás queda encerrado en el cajón del escritorio del ministro de Policía: en este último reducto no deja Fouclié penetrar ninguna mirada. Pone su pasión, la única que le domina por completo, en el deleite magnífico de ser hermético, impenetrable, algo de que nadie puede alardear. Por eso es inútil que Napoleón haga que le pisen los talones un par de espías: Fouclié se burla de ellos y hasta los utiliza para reexpedir al engañado remitente relatos completamente falsos y absurdos. Con los años, hace este juego de espionaje y contraespionaje entre los dos, cada vez más odioso y taimado, su relación francamente insincera... N o verdaderamente no se respira un ambiente puro y transparente entre estos dos hombres, de los que el uno quiere ser demasiado amo y el otro demasiado poco servidor. Cuanto más fuerte se hace Napoleón, más molesto le va siendo Fouché. Cuanto más fuerte se, s. ñ Fouché, más odioso le es Napoleón. Detrás de esta enemistad particular de espíritus opuestos se i n troduce, poco a poco, la tensión, crecida hasta lo gigantesco, de la época. Pues de año en año se evidencian cada vez más claramente, dentro de Francia, dos voluntades encontradas: el país quiere, al fin, la paz, y Napoleón quiere siempre, y siempre de nuevo, la guerra. El Bonaparte de 1800, heredero y ordenador de la revolución, estaba aún completamente identificado con su país, con su pueblo y con sus ministros; el Napoleón de 1804, el Emperador del nuevo decenio, ya no piensa en su país ni en su pueblo; sólo piensa en Europa, en el mundo, en la inmortalidad. Después de haber cumplido magistralmente la misión a él confiada, se crea, por la opulencia misma de su fuerza, nuevos problemas cada vez más difíciles, y así, quien transformó el caos en orden, arrastra de nuevo violentamente al caos la obra propia, el orden propio. N o queremos decir con ello que su inteligencia, clara y aguda como un diamante, se hubiera turbado; nada de eso: el intelecto matemáticamente exacto de Napoleón permanece, a pesar de lo demoníaco, siempre grandiosamente despierto hasta el último momento, en que escribe moribundo, con mano temblorosa, su testamento, esa obra de sus obras. Pero este intelecto suyo llegó a perder la noción de la medida terrestre, ¡y cómo podría ser de otra manera tras el logró maldito de lo inverosímil! Napoleón está tan poco perturbado espiritualmente, hasta en sus aventuras más locas, como Alejandro, Carlos XII y Cortés. Perdió, como ellos, solamente por victorias excepcionalmente extraordinarias, la medida real de lo posible, y precisamente este furor, unido a su inteligencia clarísima, produjo el grandioso fenómeno del espíritu, magnifico como un mistral bajo el cielo limpio, esas hazañas qué son crímenes de un solo hombre en cientos de miles y que, sin embargo, enriquecen legendariamente a la Humanidad. L a marcha de Alejandro desde Grecia a la India- -aún hoy algo fantástica, si se la sigue en el mapa- la expedición cié Cortés, la ruta de Carlos X I I de Estocolmo a P o l tava, la caravana de seiscientos mil hombres que arrastra Napoleón desde España a Moscú. Estas hazañas del valor y de la temeridad son en nuestra Historia moderna lo que las luchas de Prometeo y de los titanes contra los dioses en el mito griego: hybris y heroísmo, en todo caso el máximum, temerario ya, de lo humanamente asequible. iYi hacia ése límite extremo tiende Napoleón, irresistiblemente, apenas siente ceñida su sien por l a Corona imperial. Con los éxitos crecen sus designios; con las victorias, su atrevimiento; con los triunfos sobre el Destino, el deseo de provocarle, cada vez con mayor audacia. Nada más natural, pues, que las personas que le rodean, cuando no estén aturdidas por la fanfarria de los boletines Pero con el mismo cuidado con que Fouché vigila todos los asuníol, proyectos, pensamientos palabras üel Jgmperádor. Se es-