Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EL TEATRO INTERNACIONAL Un drama pacifista E l día en que se dijo que todos los hombres somos hermanos se abrió en el mundo el más caudaloso manantial de ilusiones. Aquella divina frase, que l a Humanidad no acaba de disolver en el torrente circulatorio de sus sentimientos, ha producido los efectos m á s diversos y contradictorios. H a afirmado la idea del bien, que la moral laica hubiera conseguido arraigar en los espíritus muy lentamente; ha llenado los conventos y los hospitales de seres selectos, ávidos de hacer méritos a los ojos de Dios y de sacrificarse por el p r ó j i m o ha autorizado al perezoso a extender la mano en la calle, explotando nuestra caridad, y ha contribuído a que e! socialismo diese a la rivalidad de clases su actual acento belicoso. E s t á escrito, pues, que hasta los principios m á s nobles y generosos contengan un germen menos puro, como esas plantas que tienen el perfume en los estambres y el veneno en la corola. Hermanos los hombres? ¿S e r á posible? ¿H a y en l a experiencia de cada uno, de nosotros un solo episodio que dé alas a esa ilusión? Que cada uno revise sus recuerdos y veremos si luego se presta a entonar un himno a l a fraternidad humana. N o hermanos no seremos j a m á s Digo, a menos que el Creador se decida- -El que todo lo puede- -a sacar del hombre que conocemos un ejemplar menos ruin. Pero lo propio de toda ilusión es l a inmortalidad. Se marchita y parece como que ha muerto; pero, tarde o temprano, renace. L a idea de la guerra parecía ya cruel y absurda en la antigüedad. Los griegos l a aborrecían, pero, como eran demasiado dignos para insistir en su maldición y no querían exponerse a pasar por cobardes, desacreditaban el heroísmo con ironías m i l veces m á s corrosivas que las grandes tiradas declamatorias. N o sé de n i n g ú n otro autor fuera de Aristófanes v de alguna que otra velada ilusión de Eurípides a l a paz, que haya combatido l a guerra en escena. E s a omisión en el comentario no me sorprende. E l pueblo griego sentía l a vocación del heroísmo, y no del heroísmo civil que hace ostensibles sus méritos en una callada i n molación cotidiana de l a vida a un deber, sino del otro, del que afronta peligros con las armas en la mano por un ideal. Y se comprende. L a pasión de las armas no ha nacido porque sí. E s un reflejo del amor a l a independencia del país en que se ha nacido. S i cada nación fuese invulnerable por sus murallas, no habría ejércitos. M i e n tras eso no ocurra y los pueblos conserven, con la dignidad histórica que los enorgullece de sus grandezas pasadas, el instinto de persistir en sus fronteras, los naturales de cada país estarán dispuestos a jugarse la vida por defenderlo. Toda l a retórica vertida en los mítines, en los teatros, en los libros y en los periódicos no podrá bastardear ni desarraigar lo que han creado. los siglos. ¿A qué perder, pues, el tiempo etí escarceos verbales? ¿De qué ha servido todo el derroche oratorio de la Sociedad de las Naciones, frente a la voluntad agresiva del Japón, resucito a sentarle la mano a los chinos? L a exhortación de Tito L i v i o sigue vigente si deseas la paz, disponte para la guerra. El milagro de Verdún, drama pacifista de Chemberg, representado en París, podrá haber conmovido a millares de espectadores; pero, si la guerra está en camino, esa admirable pieza literaria no r e t r a s a r á un solo día la ruptura de las hostilidades. E l asunto es patético y terrible. Los soldados muertos en la batalla de la Argona se levantan una noche de sus tumbas y se dirigen, por distintas rutas, a sus países. E n escenas sucesivas vemos cómo el primer ministro i n glés, el canciller alemán y el presidente del Jacinto Benavente, que ha estrenado en los pasados días El rival de su mujer que se representa en el teatro Beatriz. (Caricatura de Sirio. Consejo de ministros de Francia, que están durmiendo tranquilamente, son avisados de aquella novedad. L a respuesta de los tres estadistas es idéntica. -Que nos dejen reposar... Los negocios serios se resuelven de día... L a llegada de los muertos a sus hogares es todavía m á s imponente. Como lo normal es que en las familias los que sobreviven arreglen su vida según las normas más cómodas, la presencia de aquellos hombres con los cuales ya no cuenta nadie produce estupor y contrariedad. Pero el momento más trágico de la obra no tiene apenas conexión con lo anterior. E s mucho m á s amargo por su sentido filosófico. L o s muertos, es decir, los resucitados, se presentan en el salón de las Horas, del ministerio de Negocios Extranjeros de P a r í s donde están reunidos muchos generales, diplomáticos, obispos y sacerdotes de todas las religiones, delegados de sus países respectivos en la Sociedad de las Naciones. L o s recién aparecidos apostrofan duramente a aquellos señores, los cuales les contestan, como si estuviesen en l a Asamblea de Ginebra, con toda suerte de suaves e hipócritas exculpaciones. ¿Q u é pueden hacer ellos contra las corrientes colectivas, contra los pleamares de odio que precipitan a unos pueblos contra otros? ¿Cómo resistir a la codicia de los banqueros, la astucia de los industriales y de los comerciantes, y la ambición de los militares, que no pueden encontrar satisfacción más que en la guerra? ¿Y el salvajismo ancestral de las masas, que apenas en l i bertad sólo sueñan con el placer de la destrucción y del saqueo? E n el cuadro último asistimos al desfile de los muertos que regresan resignados a sus tumbas. Allí, a lo menos, estarán v. cubierto de las hediondas farsas humanas, de los simulacros de fraternidad y de la retórica pacifista del socialismo, este socialismo degenerado que en E s p a ñ a está derogando las leyes zoológicas, pues, demuestra, con pruebas, que un Cordero puede ser m á s voraz que un l e ó n Esa es l a obra, muy resumida, que acaba de poner en escena el teatro Internacional. Nadie podrá negar que es un fuerte alegato contra la guerra, y que el mismo siniestro humorismo que la anima intensifica l a emoción del espectador. Pero un alegato contra una costumbre, m á s que un reproche de clase a clase es un grito contra la Naturaleza, que nos ha amasado con lodos de todas las charcas. ¿Q u i é n nos redimirá de esa y de otras miserias en las que caemos, casi sin darnos cuenta, en todo tiempo, aun en el m á s apacible? Quién nos a r r a n c a r á los egoísmos glaciales que esconde nuestra cortesía en el trato social? Y o no quiero permitirme el lujo del optimismo, que es un sentimiento propio de los santos. Y o no espero que el mundo vaya de mal en mejor. Nada nos autoriza a esperarlo. Basta con mirar en torno nuestro para admitir que los movimientos sísmicos, como el que ha demolido una aldea japonesa, tío carecen de un fondo de justicia. P o d r á n achacarse a las inquietudes internas del planeta que no acaba de hallar una postura cómoda; pero, la verdad, parecen avisos del cielo... MANUEL B U E N O CINCUENTA AÑOS DE TEATRO Nacimiento de la Zarzuela N o viví l a época gloriosa de la Zarzuela, pero puedo darla por v i v i d a me saturé de ella cuando anduve, muy chiquillo aún, por el Conservatorio que dirigía entonces el maestro Arrieta, aquel don E m i l i o que se nos ponía como ejemplo de amor al género, pidiendo en un discurso para su losa sepulcral este sencillo epitafio: A g u í YACE A R S I E T A E L ZARZUELERO OPOSICIONES PARA A B O G A D O S 25 plazas con 12.000 ptas. de Inspectores del T i m b r No hay l í m i t e de edad. Instancias hasta el 2 de mayo. E x á m e n e s en septiembre. Para la p r e s e n t a c i ó n de instancias, obt e n c i ó n de documentos, p r e p a r a c i ó n- en las clases o por corroo (honorarios. 7 5 pesetas mensuales) y C O N T I C S T A C I O N E S (precio 5 0 ptas. d i r í i a n s o al I N S T I T U T O R 12 US Preciados, 23, y Puerta del So! 13, M a d r i d Profesorado: D. Manuel- del Valle, inspector t é c n i c o del Timbre, y D Pedro Moxteiro, funcionario de Hacienda, E l ambiente del Conservatorio era entonces completamente zarzuelístico. Allí estaban otros compositores de zarzuelas como Icenga, que era profesor de canto, y el fundador, del género, que enseñaba armonía, D. Rafael Hernando. Allí se hablaba constantemente de zarzuelas y de zarzueleros, y allí se glorificó muy justamente a Gaztambide en una velada en que tomaron parte profesores y discípulos, y, entre éstos, uno, Beltrami, que alternaba ya en los papeles de tenor con Berges, de moda entonces en l a Zarzuela. A r r i e t a era muy convincente: gran figu ra de noble caballero español con una cabeza hecha a lo cortesano de F e l i pe I V afable y cortés siempre, aunque era rencoroso y m u r i ó sin perdonar a Luis A r neclo una parodia del San franco de Sena que le hizo siendo discípulo suyo; tenía el ingenio vivo, había colaborado en un periódico satirico de fama: El Padre Cobos, y sus frases se citaban como las de Inza y Narciso Serra, y pasaban como modismos a la conversación. Ejemplo, aquella que dijo un día al ama de gobierno que les servía a él y su fraternal amigo A y a l a aquel, gran político que escribía sus magníficas comedias mientras presidía las sesiones del Congreso. L a buena señora había querido corregir, quemando azúcar, que era el desodorizanle de la época, un maloliente desafuero del gato de la casa, y D Emilio la dijo al percibir el nuevo aroma: -S e ñ o r a con azúcar está peor. ¡Educado en Italia en un ambiente aristo-
 // Cambio Nodo4-Sevilla