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NOVELA HISTÓRICA DE STEFAN ZWEIG T r a d u c i d a p o r Máximo José K a h n y M i g u e l Pérez P e r r e r o (CONTINUACIÓN) las resoluciones espirituales, procede su talento especial para los juegos de palabra más brillantes, para el aforismo. N o escribe extensos relatos: con una so a palabra cortante define una situación, una persona. Fouché, en cambio, carece en absoluto de esta virtud de la visión universal rápida. T r a j i n a como una hormiga, teje pacientemente su malla laboriosa con puntos incontables, en un constante ir y venir a través de m i l y m i l observaciones, que, sumadas y combinadas luego, dan resultados concienzudos, irrebatibles. S u método es analítico; el de Talleyrand, visionario. S u talento, el trabajo; el de Talleyrand, la agilidad mental. Ningún artista pudiera inventar una pareja más contraria y perfecta que la personificada por la H i s t o r i a en estas dos figuras, en el vago y genial Talleyrand y en Fouché, avizor despierto de m i l ojos vigilantes para situarlos junto a Napoleón, el genio perfecto que reúne en sí las facultades de los dos: la mirada para el conjunto y para el detalle, la pasión y la laboriosidad, el saber y la visión universales. Pero en ninguna parte surgen más crueles odios que entre las especies distintas de la misma casta. Por eso se detestan, desde lo más hondo de su intimidad, instintivamente, con conciencia exacta, biológica, Talleyrand y Fouché. Desde el primer día le es antipático a l granel seigneur el celoso y pedante acumulador de mensajes, el moscardón, el frío espía que. es Fouché; y Fouché, por su parte, se enfurece ante la frivolidad, e! despilfarro y la negligencia aristocrática y despectiva, indolente y afeminada de Talleyrand. P o r eso se expresan, el uno del otro, con palabras que son flechazos envenenados. Talleyrand dice, sonriente: Fouché desprecia tanto a la Humanidad porque se conoce demasiado bien a sí mismo Fouché, en cambio, dice sarcásticamente cuando es nombrado Talleyrand vicecanciller: II ne lid manquait que ce vice- lá Procuran mutuamente, con la mayor complacencia, molestarse todo lo posible, y no pierden, obstinados, la menor ocasión de hacerse daño. E l que ambos, el ágil y el laborioso, se completen así en sus facultades, les hace útiles a N a poleón como ministros, y el que se. odien con tanto ahinco le conviene igualmente, pues gracias a ese odio se vigilan mutuamente mejor que cien espías. Fouché se apresura a comunicar las corrupciones, las bacanales, las negligencias de Talleyrand; en cambio, de cada nueva maquinación, de cada nueva martingala de Fouché da cuenta presuroso Talleyrand. Así se siente Napoleón a la vez servido y guardado por esta singular pareja. Como psicólogo estupendo, utiliza Napoleón la rivalidad de sus ministros de la manera más acertada para estimularles y al mismo tiempo para tenerles a raya. Con esta enemistad contumaz de los dos rivales, Fouché y Talleyrand, se deleita, durante años, todo París. Como en una escena de Moliere pueden contemplarse las variaciones constantes de esta comedia, representada en los escalones del Trono, y regocijarse viendo cómo siempre de nuevo se pinchan y se persiguen con bromas mordaces los dos servidores del Soberano, mientras su amo observa con superioridad olímpica esta riña para él tan ventajosa. Pero cuando éste- -y todos- -esperan que continúe entre ellos el alegre juego del. perro y el gato, cambian repentinamente los dos refinados actores los papeles e inician un juego serio. P o r vez primera puede más el disgusto común contra su señor que su rivalidad. E n 1808 Napoleón empieza una nueva guerra, la más inútil y absurda de sus guerras: la campaña contra España. E n 1805 venció a Austria y R u s i a en 1807 aniquiló a Prusia y sometió los Estados alemanes e italianos; y no existe el menor motivo de enemistad contra España. Pero José, el hermano ingenuo (algunos años después confesará el mismo Napoleón que se había sacrificado para tontos quiere también una Corona; y como no hay ninguna vacante, se acuerda arrebatársela a la dinastía española, con violación del Derecho internacional, Nuevamente suenan los tambores, otra vez marchan los ba: tallones y. corre a raudales el dinero, reunido con tanto trabajo en las cajas, y otra vez se embriaga Napoleón con el placer peligroso de las victorias. Este indomable furor guerrero comienza, a l a larga, a fatigar a los más indiferentes. Tanto Fouché como Talleyrand desaprueban esta guerra inmotivada, en la que ha de desangrarse Francia durante siete años; y como el Emperador no escucha n i al uno n i al otro, tiene lugar una aproximación tácita entre ellos. Saben muy b k n que el Emperador no acepta sus consejos y tira, enfurecido, sus cartas a un rincón; hace tiempo ya que los hombres de Estado se sienten aplastados frente a mariscales, generales y espadones y, sobre todo, frente al clan corso, cuyos miembros están ansiosos de velar un pasado miserable con el manto de armiño. P o r eso intentan una protesta pública, y acuerdan, ya que se ven privados de hablar libremente, poner en escena una pantomima política, un verdadero y auténtico golpe teatral: aliarse ostentativamente. Quién dirige la escena con tan admirable dramaturgia, si es Talleyrand o Fouché, no se sabe. Se desenvuelve de esta manera: mientras lucha Napoleón en España, se divierte París en fiestas y banquetes continuos; está ya acostumbrado a la guerra anual, como a la nieve del invierno y a l a tormenta del verano... E n la rué Saint- Florentin, en l a mansión del gran canciller, oscilan m i l velas una noche de diciembre de 1808 y suena la música. (Mientras Napoleón escribe en cualquier sucio alojamiento de Valladolid la orden del día. Bellas mujeres, de las que tanto gusta Talleyrand; una sociedad deslumbradora de altos funcionarios del Estado, de embajadores extranjeros, charla animadamente; se baila y se goza. Repentinamente surge un susurro, un cuchicheo tenue en todos los rincones; el baile se interrumpe, los invitados se agrupan asombrados: acaba de entrar el hombre a quien jamás se hubiera esperado allí, Fouché, el Casio desmedrado, a quien, como sabe todo el mundo, odia y desprecia con encono Talleyrand y que jamás puso los pies en su casa. Pero lo inaudito es que, con cortesía afectada, acude, cojeando, el ministro de Negocios Extranjeros al encuentro del ministro de Policía, le saluda con cariño, como a un querido i n vitado y amigo, y le toma amistosamente del brazo. L e trata con afecto ostensible y penetran los dos en un gabinete contiguo, donde se sientan en un diván y conversan en voz baja... L a curiosidad que se despierta entre los presentes es enorme. A la mañana s i guiente sabe todo París la novedad sensacional. E n todas partes sólo se habla de esta reconciliación repentina, exhibida tan llamativamente, y todo el mundo comprende su sentido. S i el perro y el gato se unen con tanta pasión, no puede ser más que contra el cocinero: la amistad entre Fouché y Talleyrand equivale a la franca desaprobación de los ministros contra su señor, contra Napoleón. E n seguida se ponen en. movimiento todos los espías para averiguar lo que verdaderamente se intenta con este complot. E n todas las Embajadas rasguean las plumas sobre mensajes urgentes; Metternich manda un correo especial a V i e n a diciendo que esta unión interpreta los deseos de una nación demasiado cansada pero también los hermanos y hermanas de Napoleón se alarman y envían por su parte al mensajero más rápido al Emperador con la noticia inaudita. E n un correo especial y urgente llega rápida la noticia a E s paña; pero más ligero, si cabe, vuela Napoleón, como herido por un latigazo, camino de París. N i a sus confidentes llama a su presencia cuando recibe la carta. Se muerde los labios furiosamente y da órdenes inmediatas para el regreso. L a aproximación de Talleyrand y Fouché le afecta más que una batalla perdida. Casi vertiginoso es el tempo de su viaje: el 17 parte de Valladolid, el 18 está en B u r g o s el 10, en Bayona; en ningún sitio se hace alto; en todas partes se cambian rápidamente los caballos cansa-
 // Cambio Nodo4-Sevilla