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menzó diciendo el famoso n o v e l i s t a Richardson- -es impracticable. No hay tiempo material. Y o tengo un compromiso para entregar diez novelas este año, y no podré cumplirlo. Esta mañana he cambiada con mi editor unas cuantas palabras de mal gusto. E l famoso novelista Richardson, dentro de un smoking de corte antiguo- -un smoking de raza- fumaba un enorme cigarro, tendklo en su butaca die cuero. Otros escritores, mucho menos importantes en la vida del país, le escuchaban. Aquello era el Club de los Famosos Novelistas, reunidos, en Corporación, de la Quinta Avenida. Escribir diez, novelas- -añadió Richardson- -es fácil. No hace falta sino dos o tres horas al día y una mecanógrafa rubia. Pero és que esas novelas hay que vivirlas antes, y no hay tiempo. Además, á la edad en que a uno le piden libros los editores, va t o le pasan a uno cosas... Esto es lo terrible, ¡ya no le pasan a uno cosas! -Y sin embargo, querido Richardson- -se atrevió a decir uno de los que le escuchaban- queda la imaginación. E querido Richardson tenía sobre toda aquella gente el prestigio y la autoridad necesarias para que su risa insolente no fuera una descortesía. ¡Ja, ja, j a L a imaginación... L a imaginación. N o crea usted, mi viejo amigo, en la imaginación. L a imaginación no es más que- m u petulancia. Nadie es capaz de imaginar nada, A la hora de crear nuevos seres, por ejemplo, al hombre no se le ha ocurrido otra cosa que pegar un pedazo de ¡hombre a un pedazo de caballo o un pedazo de mujer a una cola de merluza. Y a es hora de que seamos un poco más modestos. Les digo a ustedes que nuestro oficio es impracticable. No hay tiempo. No no pasan cosas ya... Hubo una pausa, que aprovecharon sus oyentes para pensar tímidamente que si la i m a g i n a c i ó n es una petulancia, no. era precisamente el querido maestro el que podía quejarse de falta de i m a g i n a c i ó n y Richardson siguió hablando -Tengo que confesarles que antes de hablarles a ustedes cómo les hablo he intentado por todos los medios poder h a b l a r l e s de otro modo. M i fracaso ha sido absoluto. Cuando empezaron a faltarme cosas, llamé yo mismo al agente de la c o m p a ñ í a de Ideas Literarias y le recibí en mi casa. No me avergüenza nada que lo sepan ustedes: ¡le recibí en mi casa! Pues bien; no pude comprarle nada. Todo lo que me ofrecía era una v u l g a r i d a d E l tema más interesante y más o r i g i n a l que figurába en su lista era el de una mujer que había sido siempre fiel a su esposo. Dudé un poco; pero, al fin, lo rechacé también. Porque es indudable míe a las gen- N UESTRO o fi c i o- -co- POR QUE NO PUDO ESCRIBIR RICHARDSON MAS NOVELAS (CUENTO) tes les interesa leer cosas que pueden haber sucedido. E l famoso Richardson se rió de nuevo con cierto estrépito. Era una risa absolutamente innecesaria, porque a nadie le habían hecho gracia aquellas palabras. Y prosiguió: -U n día se me presentó un joven. Vengo- -me dijo- -a que me tome usted de personaje. Yo le aclaré que esto ya le había ocurrido a Pirandéllo, v él exclamó entonces: E s otra proposición la eme voy a hacerle. Usted no tiene tiempo para que te pasen cosas. Y usted me perdonará, no tiene usted edad tampoco. Yo, en cambio, no tengo dinero. E l acuerdo puede ser éste: a mí me pasan las cosas y usted las escribe. Y o me dedicaré exclusivamente a que me pasen cosas, y me comprometo a reservarle a usted, a usted solo, todos los derechos de publicación ¿Qué hubieran hecho ustedes en mi caso? ¿Qué hizo usted? -Le pregunté: ¿Cuánto? Y era barato. Dos mil dólares al mes. Aquel hombre estaba decidido a trabajar por los gastos nada más: un departamento de soltero, un roadster. la cuota de un Club... En fin, nada. E l no tenia pretensiones. ¿H a trabajado usted antes- -le pregunté- -en estos asuntos? ¿Puede usted presentarme algún certificado? Me contestó que no. E l no había trabajado nunca, en aquellos asuntos. Su posición económica había descendido muchísimo con 1 a crisis, y esto le había decidido a entregarse a una ocupación honorab e. E l famoso novelista Richardson hizo una pausa y duraiite ella se pasó el pañuelo por la frente, sin que nos sea posible precisar si lo hizo para secarse el sudor o para borrar un mal recuerdo. -i Y bien? -le interrogó uno de sus amigos. -Y bien- -prosiguió R i chardson- la cosa fué sencilla al principio. M i colaborador experimental me pidió un ¡plazo de dos meses para ir preparando asuntos. A l cabo de los dos meses irían madurando todos, o la mayor parte de ellos, por lo menos, y me aprovisionaría sin des canso de material palpitante. Mientras tanto, rae visitaba con alguna frecuencia y me parecía dócil y muy interesado en su trabajo. Y o tenía cierta impaciencia. U n día, por fin, me dijo: E l primer asunto va a tener su desenlace. Mañana vendré a contárselo. Es maravilloso Y no vino a contármelo. No era necesario, por otra parte, que viniera a contarme M i mujer me había dejado una carta, en la que se despedía de mí con cierta ternura, antes de marcharse para siempre: A él ya le conoces. E l es leal y, quería contártelo todo; pero yo le he rogado que nuestra nóvela sea para nosotros solos. Quiero que le perdones y que recuerdes siempre que yo te estirtio y te admiro como si no hubiese ocurrido nada Hay, un tratado francés de elegancia en el que se dan ciertas reglas de conducta para esos casos extraordinarios en la vida de un hombre que nó han previsto otros tratados más optimistas. No falta la regla que precisa las palabras- -escéptícas y hasta risueñas- -que deben pronunciarse ante un caballero que hace una confesión como la que acababa de hacer el famoso novelista Richardson. Pero los amigos de R i chardson no habjan leído el tratada, y uno de ellos, después de un angustioso bache de silencio, exclamó: ¡Qué horrible tragedia! -Usted exagera, probabl e mente- -di j o Richardson entonces- Nada de tragedias; Ño hay más tragedia que la que les he dicho al principio: a uno ya no íe pasan cosas... de cierto interés. Dos o tres meses después aparecían varias novelas con el mismo tema. No podemos precisar cuantas, porque no recordamos exactamente el número de oyentes que había tenido Richardson aquella noche en. el Club de los Famosos Novelistas Reunidos en Corporación, de la Q u i n t a A v e nida. Pero recordamos algunos títulos de Jas obras: La desvinculada, La mujer ecléctica. Bl ocaso de una gloria, Un día llegó el doncel y ...Pero a él sí le pasaban cosas. Y ahora ya sabe todo el mundo por qué no pudo escribir R i chardson más novelas, J. MIQUELARENA López (Dibujos d í Sánchez.