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questa típica argentina, organizada en B a r celona, se e n t r e g a ban, con un marcado escepticismo, a evocar sus recuerdos del V o l ga. H a cenado en un restaurante de cocina bilbaína a base de un delicioso bacalao forestal y heterogéneo, puesto que creyó averiguar que procedía a la vez del pino americano y del álamo canadiense; y, después de felicitar al ebanista, ha pasado l a noche en un t e a t r o centelleante y alegre, donde se ha sentido muy triste. ¡A h Madrid, M a drid, M a d r i d! Se ha r e c o n o c i d o satisfecho de esta frase trascendental, al llegar al cuarto del hotel y probablemente se ha dormido bajo el terrible peso de sus, hondas preocupaciones estéticas. J. MIQUELARENA Vendedores de polo norte al menudeo. Estos de ahora empujan al helado como a un niño en su coche. Los que van vestidos de blanco son los que soñaron, de muchachos, con ser legendarios de la Marina de guerra; los que van vestidos de color tango son los que quisieron ser soinbrillones de playa. E l viajero los ve pasar con su aire farmacéutico por entre los ejemplares desvencijados del viejo nomadismo rodante; por entre el catafalco de las aceitunas en b a r r e ñ o s por entre los carros de las verduras desmayadas, del fruto amarillo que produce Canarias en cuarto menguante, y de los primeros fascistas de Aranjtíez. E s una nota exótica- -el- viajero se acuerda de la Habana o de Atlantic City- -en ese clásico comercio ambulante, que es un pedazo de zoco sobre el más rudimentario sistema de traslación. H a subido la cuesta de Alcalá y un camcraman le ha cinematografiado, recogiendo en tres o cuatro giros de manivela el prestigio transeúnte del viajero. E l viajero se ha emocionado un poco porque irá por primera vez al. virofijador sorprendido en movimiento, como los personajes ilustres. Guarda el ticket que se le ha dado para que recoja la prueba, y piensa que cuando lleguen los suyos él será retratado así, muchas veces, a la salida de, cualquier acto oficial; -y no por interés d i rectamente comercial del hombre de la máquina, sino por interés público. Luego sospecha con cierta tristeza que los suyos no llegarán nunca, porque él no sabe, en realidad, quiénes son los suyos Se consuela a continuación pensando que la mayoría de los españo- les tampoco lo saben. De todas suertes, ¡qué gran progreso el de la fotografía ambulante! i Aquel hombre del guardapolvo, visitador de jardines y de terrazas de café, que no tardaba sino media hora en entregar sus famosas fotografías al minuto... N o se podía hacer, sin embargo, nada mejor con un cajón y una manga de satén, a través de la cual el experto brazo del tocólogo de la imagen se entregaba, como cualquier otro tocólóco. a una prestidigitación misteriosa. E l llegaba a los bancos públicos inmediatamente después del barquillero. I Q u é gran progreso el de la fotografía ambulante! H a comprado un décimo de lotería y se ha hecho limpiar las botas por uno de esos exnertos en manchar calcetines. H a tomado el tm en una sala rusa, donde algunos rezagados de l a última ór- Lit muchacha que estudia en el (Fotos Zearí. Retiro.