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A BC. MARTES 2 DE M A Y O D E 1933. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 23. dían las antorchas en el desfile de fuego, el himno nacionalsocialista y el himno alemán. Entonces comenzó un nuevo ciclo, anunciado, que dio calidades de alucinación a l a que se contemplaba; la pirotecnia monumental de los más grandes fuegos artificiales que se han podido presenciar; figuras fantásticas, combinaciones de fuegos y de colores que hacían pensar en un mundo de ensueño; por, fin, una cruz svástica inmensa se proyectó en el cielo como una aparicón obsesionante; se salía de la imaginación misma y se sen- tía júbilo y miedo, alivio y angustia a la vez, volviendo a ver, a la luz fosforecente de pe- sadilla, de la cruz chisporroteante y enorme, eí monstruo humano de más de un millón de cabezas; ¿qué- sugestión del mundo era, aquélla? ¡Confieso nuevamente que es complétame te imposible, al Miníenos para jmi, llevar al- ánimo del lector que lea estas lineasen; otro ambiente, en otro momento, y con la imaginación solicitada por otras atenciones, una impresión, n i siouiera aproximada. Se quería uno acordar de cosas muy grandes, y la imaginación confusa, barroca de algo que 110 se sabe exactamente qué era, desapa- j recia y s e esfumaba; entonces se pensaba; en muchas cosas pequeñas y mínimas, se notaba uno invadido por una especie de ternura agobiadora, con un cansancio físi- j eo sin límites y una ligereza en el alma, i que hacía aguantar allí, a pie firme, estru- j jado, magullado casi por la enorme masa en Ta que apenas s i el corazón de un hombre se atrevía a latir. Independiente por completo de toda. idea política, yo pensaba que debía ser muy hermoso y muy grande en una vida, ver a un país dominado por su propio afán, comohoy veía Hitler a l a esperanza de su pue- 1 blo puesta en el genio de un solo hombre, y pensaba que esto mismo era la agonía y la fiebre del amor que consume al hombre que quiere ser comprendido y adorado así, por unos solos ojos de mujer, nublados de alegría animal, ante su sola presencia; bajo esa sensación de amor y de fe por la p r o pia personalidad, esta versión en una nación, me parece un privilegio de felicidad de conciencia, que no se puede pagar con toda una vida dedicada a devolver a esa fe y a ese amor el sacrificio de la propia existencia. Todo lo miserable que resulta engañar a un pueblo y obstinadamente quererse mantener en un desamor, es grande verse empujado hacia arriba por Ig. firme decisión de que así sea y en l a confianza de que así lo quiere Dios. 1! 1 1 1 E n el extranjero ABCen Imponente Berlín Discurso de manifestación: Hitler Berlín 2, 2 madrugada, (Crónica telefónica de nuestro redactor. H e pensado seriamente en hablar de otra cosa o en no hablar de nada, como si no hubiera existido en Berlín este primero de mayo. Cuando los sucesos son de tal magnitud, uno se encuentra aplastado, asfixiado por ellos y luego, delante de las cuartillas, próximo a echarse a. llorar. ¿Por dónde se empieza? ¿Qué se puede decir? ¿Cómo se ordenan siquiera tunas ideas generales que den una impresión aproximada de lo que ha sido el primero de mayo en Berlín? Hubiera habido incidentes sangrientas, barricadas en las calles y la tarea informativa se vería clara y sencilla, pero, ¿cómo se dice, por ejemplo, la impresión que causa dominar con la vista un enorme panorama negro de gente, una movilización de masas, que uno no podía n i siquiera imaginar con la fantasía? Se calculan en un millón y medio de aliñas el público que ha asistido hoy a Tempelhof, es decir, la población con que cuenta Madrid y medio millón más. L a capacidad periodística está limitada a determinadas márgenes. Cuando en lo cuantitativo y no en lo cualitativo se desborda a estas propor- ciones, ya no hay lenguaje de expresión posible n i adjetivos que acudan a la pluma con justez. i. E s muy difícil con un suceso mínimo escribir no ya una información, sino un libro; en cambio, un terremoto que destruye ciudades enteras no suele dar pretexto más que para titular el telegrama que llega de la agencia y eso recurriendo a los adjetivos fáciles, estereotipados en el estilo de mesa de redacción. Desde las primeras horas de la mañana, ha comenzado en Berlín la marcha sobre Tempelhof de las Sociedades obreras, de las Asociaciones burocráticas, de las M i l i cias hitlerianas, de los Cascos de Acero, de los grupos escolares y universitarios, de las fracciones patrióticas, de las Milicias femeninas, de las compañías deportivas, de los gremios trabajadores, de los miles y miles de particulares, que seguían agitando banderas, mostrando estandartes e izando retratos monumentales de Hindenburg y de H i t l e r y carteles de exaltación alemana y proletaria. L a organización, perfecta, había distribuido a los manifestantes de Berlín y sus alrededores en diez grandes columnas, fijando de antemano los puntos de partida; de todas las calles salían patrullas civiles y batallones de nazis, que afluían a reunirse con su columna para en formación militar, enprender la marcha sobre Tempelhof. Casi todos llevaban su paquete de provisiones, dispuestos a pasar el día entero en el campo inmediato al aeródromo, donde se habían instalado las tribunas, en las que sólo una pequeña parte de los asistentes podía entrar, acomodándose en localidades, muchas de las cuales costaban 20 marcos, y que desde luego estaban agotadas hacía ya muchos días. T o d a la mañana, las calles de Berlín, en las que apenas si se veía una casa sin la bandera nacional, ondeando junto a l a de l a svástica, eran un hervidero de gente, que caminaba militarmente formada y cantando canciones patrióticas. L a vida de l a ciudad, sólo en su aspecto comercial estaba parada; han funcionado normalmente los tranvías, el Metro, los autobuses y los taxis. Los cafés han permanecido I abiertos, y los cinemas y teatros, también. E n Tempelohf y primero en Lutsgarten, donde el ministro Goering pronunció, a las I diez de la mañana, un discurso dirigido a las juventudes hitlerianas, el programa, verdaderamente colosal y abrumador, se fué cumpliendo tal y como se había anunciado. E l Graf Zcppelin dio por l a mañana tres vueltas sobre el campo, tomando después la dirección de Hamburgo, y evolucionaron los aparatos que se desprendían del Aeródromo, haciendo audaces acrobacias en el aire. Potóla tarde, en la Cancillería, el mariscal Hindenburg- y el canciller recibieron a los representantes de todas las asociaciones obreras de Alemania que habían venido a Berlín, saliendo después el canciller en automóvil para Tempelhof. Desde las seis de la tarde, el público que llegaba no podía materialmente salir de la estación, y la Policía, para evitar una aglomeración mayor de la ya existente, tenía cerrado el paso a la gran explanada desde varias manzanas de casas antes, siendo i m posible franquear la Berlín Strasse. Después de los desfiles militares, de la Policía y de las milicias nacionalsocialistas y Cascos de Acero, y después de que las bandas de música hubieron interpretado el largo programa que les estaba encomendado, llegó la hora esperada del discurso de Hitler. Comenzó a hablar el canciller poco despues de las echo de la noche. Fué algo impresionante y único el silencio absoluto y difícil de comprender en un millón y medio de asistentes; se habían instalado diez micrófonos y todo Berlín era un altavoz y un inmenso oido impaciente. Cuantas veces pude escuchar a Hitler, lo que más me ha impresionado en el orador ha siao su acento; tiene un acento patético y magnífico, que resalta aún más los grandes párrafos de magistral contextura oratoria. Con todo, no me ha parecido este de hoy uno de sus discursos más felices. Habló del renacimiento de la nación alemana, tratando en líneas generales del programa que su partido desenvolvería el año actual. D i j o que así como el triunfo total de las doctrinas nacionales en Alemania y el cumplimiento absoluto de la revolución nacionalsocialista podía calcularse en diez años, el triunfa de esas ideas en el mundo habría de operarse en un tiempo largo, que se tenía eme contar por siglos. Aludió al programa de trabajo, que disminuye el paro obrero, haciendo notar que la solución está, más que en el Gobierno, en los trabajadores mismos, y en que los alemanes conozcan a los alemanes y el trabajador intelectual estreche la mano del trabajador manual, uniéndose en una mutua comprensión y en un amor recíproco, glorificando el hermoso lema de Honra al trabajo y al trabajador. Refiriéndose a la relación del mundo con Alemania, formuló duras acusaciones contra la incomprensión de algunos países extranjeros, que querían dar al país germano trato de nación de segunda categoría, diciendo que existía un Dios, al que él no llamaría señor, sino caballero Dios, o Dios caballero, que veía el enorme esfuerzo del pueblo alemán, y al que le pedía protección y justicia, porque los alemanes no eran ya un pueblo apático y débil en su conciencia nacional, sino un pueblo fuerte y grande que trabajaba en ef renacimiento de la segunda Alemania, de la Alemania de hoy, dándole grandeza, fuerza y valor de ejemplaridad. Escapa nuevamente a toda posibilidad descriptiva el entusiasmo de este inmenso pú- blico cuya cabeza está en el campo de Tempelhof y cuya cola, paciente y vigilante, llega lejos, más allá del campo sobre el que están, en. su mayoría, desde las diez de la mañana. U n coro de m i l voces, perfectamente ensayado, elevó sobre la noche, en la que ya ar 1 Podrá un día caer este hombre de donde, fué puesto por el entusiasmo de un pueblo herido, q. ue sueña con el renacimiento de su grandeza; caerá segurmente, pero su felicidad ha de ser como la de aquéllos que habiendo sido amados hasta la fiebre y l a agonía, soportan después una vida obscura de olvido y de ingratitudes, viviendo del recuerdo como de una; droga maravillosa que vuelva inmortal. N o he de decir más n i puedo. Aún a las doce hablaba Goering. N o me es posible oírle. También los nervios de un periodista tienen sus límites humanos, y yo, en pie, de nervios todo el día, a las doce de la noche apenas sé ante el teléfono lo que se puede dictar. -GÍSAR G O N Z Á L E Z RUANO. En Lisboa hace explosión una b o m b a sin o c u r r i r desgracias Lisboa 2, 1 madrugada. Según una nota! facilitada por el ministro del Interior, la tranquilidad ha sido absoluta en todo P o r tugal. Solamente en Lisboa hizo explosión una bomba, sin que hayan ocurrido desgracia- s. Se trabajó normalmente en todos los oficios,