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FOUCHÉ NOVELA HISTÓRICA DE STEFAN ZWEIQ T r a d u c i d a p o r Máximo José K a h n y M i g u e l Pérez F e r r e r o (CONTINUACIÓN H i s t o r i a mientras condena a Fouché, no podrá negarle audacia en su actitud durante el período de los cien días, altura política en su táctica con los partidos y grandeza en la intriga. Todo esto le colocaría al lado de los grandes estadistas del siglo si existieran verdaderos hombres de Estado sin virtud y sin dignidad de carácter. Con tal clarividencia juzga Lamartine, el poeta, el hombre de Estado, al contemporáneo entre la resonancia del ambiente inmediato. L a leyenda napoleónica, que comienza cincuenta años más tarde, cuando y a se han podrido los diez millones de muertos, cuando están ya enterrados todos los inválidos y aliviada Europa de las devastaciones, juzga, naturalmente, con más severidad e injusticia a Fouché. L a s leyendas históricas son siempre una especie de hinterland espiritual de la Historia, y exigen, como todo hinterlamd, gratuitamente las virtudes que no tiene que compartir ella m i s m a sacrificios ilimitados de vidas humanas, consagración absoluta a la locura heroica, a la muerte heroica por causa extraña a la que ha de tributar una fidelidad absurda. L a leyenda napoleónica, con su sistema de contraste violento, sólo conoce leales y traidores a su héroe; no distingue entre el primer Napoleón, el cónsul que devolvió a su país la paz y el orden, por la inteligencia y l a energía, y el Napoleón de la locura cesárea, el monomaniaco de l a guerra, que empujaba al mundo constantemente, sin miramientos, a aventaras asesinas sólo por su voluntad, por el deleite del Poder, y que dijo a Metternich aquellas palabras dignas de Tamerlán: A un hombre como yo le tiene sin cuidado la vida de un millón de seres A todo francés prudente que quiso oponerse con ideas moderadas a esta ambición frenética del genio demoníaco que corría tras su propia perdición, a todo el que no quiso encadenarse a vida o muerte como un perro o un esclavo a su carro de triunfo, a Talleyrand, a Bourrienne, a Murat, a todos los arroja la leyenda a su infierno con furor dantesco. Y sobre todo, Fouché es para ellos el traidor de los traidores, el architraidor, el advocahts diaboli. Según su punto de vista, entró Fouché en 1815 en el ministerio únicamente para estar cerca del Emperador y poder asestarle en el momento oportuno l a puñalada, vendido de antemano a Luis X V I I I y a Europa. Se pretende que ya el 20 de marzo mandó a decir a los monárquicos: Salven ustedes al Rey, yo me comprometo a salvar la Monarquía Igualmente se pretende que el día que recibió la cartera dijo confidencialmente a su Sancho P a n z a M i primera obligación es obstruir todos los proyectos del Emperador; dentro de tres meses seré más fuerte que él, y si hasta entonces no me ha mandado fusilar, tendrá que arrodillarse ante mí E s demasiado exacta en los datos esta profecía para no haber sido i n ventada a posteriari. Pero pretender que Fouché entrara en el Ministerio de Napoleón pagado de antemano como espía de L u i s X V I I I es despreciarle m i serablemente, y, sobre todo, supone un absoluto desconocimiento de su magnífica complicación psicológica, de lo misterioso y demoníaco de su carácter. N o es que Fouché, amoralista y maquiavélico perfecto, hubiera sido incapaz, en un momento dado, de esta traición (como de cualquier otra) pero semejante bajeza era demasiado simple, demasiado poco atractiva para su genio de jugador audaz. Engañar burdamente a un hombre, aunque sea un Napoleón, no va bien con su estilo. Su único placer es engañar a todo el mundo, no dar seguridad a nadie y atraerlos a todos, jugar con todos y contra todos a la vez, no obrar nunca de acuerdo con premeditados proyectos, sino siguiendo el impulso de sus nervios, ser un Proteo, dios de la metamorfosis, no un F r a n z M o o r un R i cardo, I I I un intrigante consecuente; sólo el papel brillante, lleno de sorpresas, entusiasma a su naturaleza apasionada de diplomática, A m a las dificultades precisamente por las dificultades mismas, y las aumenta artificialmente a un grado doble, cuádruple; no es el simple traidor: es múltiple, universal, es el traidor nato. Y así pudo decir de él, quien más a fondo le conocía, Napoleón, en Santa Elena, con palabra profunda: ¡Sólo un traidor verdadero, perfecto, he conocido: Fouché! Traidor acabado, no ocasional; un verdadero genio de la traición, eso era él, pues la traición está menos en su intención, en su táctica, que en su naturaleza íntima. Se comprenderá quizá mejor su. carácter por analogía con los dobles espías, tan conocidos en la guerra, que llevan secretos a potencias extranjeras para poder atisbar, de paso, otros secretos más valiosos, y que con tanto traer y llevar, al cabo, no saben ya, en realidad, a qué potencia sirven. Pagados por unos y por otros, sin ser fieles a nadie, están entregados en verdad sólo a un juego, al doble juego de traer y llevar, de introducirse en los secretos: un placer, por otra parte, inmaterial c a s i una voluptuosidad mortal y diabólica. Sólo cuando la balanza se inclina definitivamente de un lado entra otra vez en el razonamiento acción, dejando la pasión del juego para cobrar la ganancia: cuando la victoria se ha decidido, entonces se decide Fouché... Así hizo en la Convención, bajo el Directorio, bajo el Consulado y bajo el Imperio. Mientras dura la lucha no está con nadie, para estar siempre al final con el vencedor. S i Grouchy hubiera llegado a tiempo, hubiera sido Fouché (al menos por una temporada) ministro convencido de Napoleón. Como éste pierde la batalla, le abandona. S i n pretender defenderse, ha dicho él mismo, con su cinismo acostumbrado, las palabras definidoras de su actitud durante los cien días: N o he sido yo quien ha traicionado a Napoleón, ha sido Waterloo Pero es, no obstante, muy comprensible que enfurezca a Napoleón este doble juego de su ministro. Pues ahora le va la cabeza en el juego. Todas las mañanas entra en su aposento, como hace un decenio, este hombre enjuto, delgado, pálido y sin sangre en la cara, con su levita bordada, y le da cuenta de la situación con palabras pulcras, claras e irreprochables. Nadie abarca mejor los acontecimientos, nadie sabe presentar más claramente la situación de los países; todo lo penetra y todo lo ve. Así lo comprende N a poleón con la superioridad del genio, y, sin embargo, nota, al mismo tiempo, que Fouché no le dice todo lo que sabe. Tiene conocimiento de. que el duque de Otranto recibe mensajeros de las potencias extranjeras; sabe que por la mañana, por la tarde, por la noche, recibe su propio ministro de Gabinete agentes realistas- sospechosos; que a puerta cerrada tiene conferencias con ellos; que sostiene relaciones sobre las que no le da una sola referencia a él, a su E m perador. ¿Pero sucede esto verdaderamente, como Fouché le quiere hacer creer, sólo para obtener informaciones, o se urden allí intrigas secretas? ¡Horrible incertidumbre para un acosado, cercado por cien enemigos! Es en vano que le pregunte con amabilidad, que le amoneste, que le agobie de sospechas graves: los labios delgados permanecen cerrados, inalterables; los ojos, insensibles como el cristal. N o se le puede penetrar a Fouché, no se le puede arrancar su secreto. Napoleón medita cómo cogerle. ¿Cómo saber, por fin, si el hombre a quien deja mirar todas sus cartas le traiciona o traiciona a sus enemigos? ¿Cómo asir al inasible, cómo penetrar al impenetrable? L a casualidad parece brindar, por fin, una solución, por lo menos una huella, un vestigio, casi una prueba. E n abril descubre l a P o licía secreta- -esa Policía que sostiene el Emperador expresamente para vigilar a su ministro de Policía- -la llegada a París de un supuesto empleado de una Casa de Banca de Viena, que inmediatamente se dirigió en busca del duque de Otranto. Siguen al mensajero, le detienen y- -naturalmente, sin que lo sepa el ministro de (Continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla