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se representaba una zarzuela preciosa. E l tenor, sin embarg- o, no contaba bien, y he tenido que ponerme en pie sobre m i butaca para e n s e ñ a r l e a aquel desgraciado y al p ú blico c ó m o se ataca una nota potente. L o s espectadores me han aplaudido mucho y me han pedido que cante otras cosas; pero los guardias se han opuesto, a r r o j á n d o m e a l a calle. Y o comprendo que los guardias tienen r a z ó n a m i no me hace falta utilizar mi preciosa voz para ganar dinero. Y o soy muy rico. E n cambio, el tenor de aquel teatro no puede hacer otra cosa. Luego le escribiré al tenor una carta p i diéndole p e r d ó n y ofreciéndole un puesto de cameOfero en m i línea regular de las P i rámides. 29 de m a y o L o s establecimientos bancarios me indignan. Afortunadamente, a los empleados se les encierra en jaulas para que no sean peligrosos. Gracias a esto, ellos no despedazan con sus garras a los clientes. H o y he penetrado en el Banco de las Siete Grandes Naciones para retirar algunos fondos. M e he dirigido a l a jaula donde se revuelve el tigre de los Valores en Custodia. L e he d i c h o -Necesito treinta y cinco millones. Y me ha contestado: -Y o también. L e he rogado que hiciese lo necesario para proporcionarme esa suma lo antes poí J sible, prescindiendo de los comentarios que pudieran inspirarle sus necesidades, y él entonces se ha enfurecido y ha llamado al guardia que está encargado de que las personas no se acerquen demasiado a las fieras. M e he encontrado poco después en l a calle. lEs una infamia. H e gritado ante el edificio del Banco. Sé h a reunido la gente a mi alrededor y les he contado l o que me ocurre. Todas aque 31 as buenas personas se han mostrado amables conmigo y han oído mi triste historia con mucha atención. E n vista de lo cual les he cantado una romanza llena de dificultades de emisión para expresarles m i agradecimiento. 30. de m a y o H e sido secuestrado y me encuentro en una triste habitación. Quieren apoderarse de mi fortuna. Pero no lo conseguirán. A n tes la muerte. N o comprendo cómo el G o bierno tolera que estas bandas de malhechores organicen su negocio en gran escala. Porque somos muchas las víctimas de estos miserables. Casi todas las grandes personalidades del país estamos aquí a merced de unos asesinos vestidos con blusas blancas. Bismarck me ha dicho: ¡S e p u l c r o s blanqueados! A mí todavía no me han pegado; pero me ha comunicado en secreto el general P r i m que a él y a Pepete, el torero, les sacuden todos los días. ¡S i ellos tuvieran sus espadas gloriosas no les h a r í a n eso! Acaban de presentarme a Rotschild, con el que he discutido mucho sobre el porvenir de las fábricas de neumáticos de patata que ha montado en Alemania. Y o creo que este negocio puede ser malo, porque los obreros se llevarán a casa todas las cubiertas que puedan para guisarlas. Rotschild es muy amable conmigo y me trata como si fuera de su familia. Sospecho, sin embargo, que debe conocer l a i m portancia de m i fortuna. P o r mi parte, quiero tenerle siempre a una prudencial distancia. U n o no sabe nunca lo que se propone esta gente. L o que. m á s me indigna es que aqui hay un hombre que dice que es Gayarre. Y no es verdad ¡S i conoceré yo a G a y a r r e! L a voz de Gayarre es muy parecida a la m í a pero un poco m á s opaca y menos vibrante. E l impostor ha cantado La favorita esta tarde, y al final me ha d i c h o ¿Q u é le parece a usted? L e he contestado con un puñetazo en la boca y hemos luchado. Los secuestradores me han metido en esta h a b i t a c i ó n pero m a ñ a n a en el patio, mat a r é a ese hombre. Pienso estrangularle por mentiroso. Y o no tolero l a mentira. E s o no. E s a nunca. ¡S i conoceré yo a G a y a r r e! J. MIQUELARENA (Dibujos de Esplandíu. i