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TIERRAS DE GRAN C A N A R I A verde los canarios ribereños. Olvidarnos, casi desconocemos, el verde macizo, duro, pesado, de nuestras matas de plátanos. O el otro verde mate, más claro y alegre, más cantarín, de nuestros centenares de miles de tomateros. O los demás verdes europeos del interior campesino. Pero el azul, el azul de nuestro mar, es el color de nuestra esperanza. Que es una esperanza vuelta al revés. Mostrando los forros interiores. Que es una esperanza existente apenas como posibilidad metafísica. Plátanos, ¡plátanos, plátanos. Almacenes repletos de pifias verdes, dispuestas para el empaquetado. Camiones cargados de huacales. Camionetas. Carros. Rumbó, al puerto de la Luz. De todos los pueblos costeros de la isla. De ArUcas, de Galdar, de Guía, de Telde. ¿Y en el puerto? E l muelle de Santa Catalina entero lleno de camiones y camionetas cargadas del dulce y estirado fruto. Y i qué algarabía 1 Gritos, rugidos, ruidos, golpetazos, bocinazos, chirridos. S i renas de barcos que entran y salen. De remolcadores, que van de un lado para otro. Atracados al muelle por ambos lados, cuatro barcos. Dos a cada lado. E l muelle, que parece construido materialmente de huacales de bananas y atados de tomates, y no de piedra. Huacales al hombro de hombres. Huacales paseándose por el muelle en carretillas. Huacales que bajan. Que suben. Que vuelan. Que se esconden. Que desaparecen para siempre en los metálicos vientres insaciables. E l huacal es aquí la divinidad únka, omnipresente en todas partes. Todo este inundo agitado gira en su torno. Filosofando un poco piensa uno: Cada huacal es, con sus dos racimos, un círculo cerrado. Con su pasado, con su historia. Que terminará dentro de ocho días en Londres, en Liverpool, en París, en Berlín, en Barcelona. El huacal dará a luz sus dos racimos, muriendo a un tiempo mismo como los zánganos inútiles. Los racimos se des- SU MAJESTAD EL PLÁTANO. Y FLOR PLANTA, RACIMO secas, seeas, secas. Calcinadas, tostadas, requemadas de soles perennes. Brisas suaves, suaves, suaves: del Atlántico, rico en espumas. Del Atlántico, rico en peces. Nubes blancas, b ancas, blancas, a la deriva sobre un cielo azul, azul, azul. Sosiego cristalizado. Aire transparente, límpido, puro. ¿Que la vida es algo lamentable casi siempre? L o sabemos; lo sabemos demasiado. Pero cuando uno se levanta y ve este cielo, y este sol, y este aire, y este mar, y este ambiente, piensa uno que aquí es imposible llorar y que todo esto es hecho para gozar y vivir. Vivir, vivir, vivir a pulmones plenos. Que la vida es algo inacabable. Esta transparencia de todas las cosas es la transparencia ideal, soñada. Soñada mientras se duerme. Dormida mientras se sueña... Azul. Es el color canario. Azul del cielo. Pero, sobre todo, azul del mar. ¡Ah, el mar! L a serenidad tendida, suprema, inaccesible de nuestro mar canario. ¿Por qué se habrá dicho que es el verde el color de la esperanza? No, no. Para nosotros, los canarios, al menos. Apenas si sabemos nada del IERRAS T LOS GUANCHES HABITARON EN CUEVAS. DE LA DOS CANARIAS DE HOY CHARLAN TRANQUILAMENTE DELANTE SUYA, ENGALANADA CON FLORES
 // Cambio Nodo4-Sevilla