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NOVELA HISTÓRICA U CH DE STEFAN (CONTINUACIÓN) ZWEIG T r a d u c i d a p o r Máximo José K a h n v M i g u e l Pérez F o r r e r o pentido y había traicionado perfectamente a Napoleón. E l Rey, por fin, se confiesa para descargar su conciencia. ¡P o b r e hermano, si pudieras verme! dicen que exclamó. Y declaró estar dispuesto a recibir secretamente a Fouché en Neuilly. Secretamente, pues en P a r í s no debe sospechar nadie que un caudillo elegido por el pueblo vende por un puesto de ministro a su país, y que un pretendiente a la Corona v nde su honor por un aro de oro... E n la obscuridad, secretamente, se lleva a cabo (el ex obispo como único testigo) este negocio, el m á s desvergonzado de la Historia del siglo pasado, entre el antiguo jacobino y el futuro Rey. Ahí, en Neuilly, tiene lugar aquella escena lúgubre y fantástica, al mismo tiempo digna de Shakespeare y de A r e t i n o el Rey Luis X V I I I el descendiente de San Luis, recibe al cómplice del asesinato de su hermano, al siete veces perjuro Fouché, al mi- nistro de la Convención, del Emperador y de l a República, para tornarle juramento, el octavo juramento de fidelidad... Y Talleyrand, que fué obispo, luego republicano, luego servidor del Emperador, introduce a su compañero cerca del Rey. E l cojo pone su brazo sobre el hombro de F o u c h é para poder andar mejor- el vicio apoyado en la traición según observa irónicamente Chateaubriand- y así se acercan fraternalmente al heredero de San L u i s los dos ateos y oportunistas. ¡Primero, una profunda inclinación! Luego, cumple Talleyrand con el deber espinoso de proponer al Rey como ministro al asesino de su hermano. M á s pálido que de costumbre está el hombre enjuto cuando dobla la rodilla ante el tirano ante el déspota para prestar juramento, y cuando besa l a mano, por la que corre l a misma sangre que ayudó a verter, y cuando jura en nombre del mismo Dios cuyas iglesias saqueó y profanó con sus hordas en L y o n S i n duda, un acto un poco fuerte hasta para un Fouché. tal vez un poco torpe. ¿A dónde he de ir ahora, traidor? le grita a la cara, con desprecio, al nuevo ministro realista de Policía. Pero con el mismo desprecio le contesta F o u c h é A donde quieras, majadero Y con este diálogo característico y lacónico de los dos antiguos jacobinos, los últimos del 9 de Thermidor, termina el drama m á s asombroso de l a época moderna: la Revolución y l a fantasmagoría rutilante del paso de Napoleón por l a Historia. Se ha extinguido l a época de la heroica aventura, comienza la época de la burguesía, CAPITULO IX CAÍDA Y MUERTE 1815- 1820 E l 28 de julio de 1815- -han pasado los cien días del intermezzo. napoleónico- -vuelve a entrar L u i s X V I I I en su capital de P a r í s en una carroza magnífica tirada por caballos blancos. E l recibimiento es grandioso: Fouché ha trabajado bien. Masas jubilosas rodean el coche, en las casas ondean banderas blancas, y donde no las había, se lian amarrado en palos, a manera de astas, toallas y manteles y se han sacado por las ventanas. P o r l a noche brilla toda l a ciudad alumbrada por miles de luces, y en el éxtasis de alegría se baila hasta con los oficiales de las tropas inglesas y prusianas. N o se oye un solo grito hostil. L a gendarmería, colocada por precaución en todas partes, resulta innecesaria. E l nuevo m i nistro de Policía del cristianísimo Rey, José F o u c h é l o ha arreglado todo a las m i l maravillas para su nuevo Soberano. E n las Tullerías, en el mismo Palacio donde u n mes a t r á s se mostraba respetuoso ante su Emperador Napoleón como el m á s fiel vasallo, espera el duque de Otranto al Rey L u i s X V I I I hermano del t i rano a quien veintidós años antes condenó a muerte aquí en Por eso está a ú n muy pálido el duque de Otranto cuando sale esta misma casa. A h o r a se inclina profundamente, con gran resdel gabinete del Rey. A h o r a es más bien el cojo Talleyrand quien peto, ante el vastago de San Luis, y en sus cartas firma con revetiene que sostenerle a él. N o habla ni una palabra. N i siquiera las rencia de Vuestra Majestad, el m á s fiel y sumiso vasallo (lo que observaciones irónicas del depravado obispo cínico, que en sus puede leerse, textualmente, bajo una docena de comunicados, estiempos decía misa como si jugara a las cartas, le pueden sacar critos de su puño y letra) D e todos los saltos insensatos de este de su mutismo y de su turbación. Por la noche regresa a París, con carácter funambulesco sobre el alambre de l a política ha sido éste el decreto ministerial firmado en el bolsillo, para reunirse en las el m á s temerario, pero será también el último. Claro que por el Tullerías con sus colegas, que no sospechan nada, a los que echará momento parece marchar todo magníficamente. Mientras que el m a ñ a n a y proscribirá pasado mañana. Play que suponer que no se Rey se siente seguro en el Trono, no desdeña el agarrarse al señor encontraría muy holgado entre ellos. U n a vez había, por fin, loFouché. Y i además todavía necesita a este F í g a r o que sabe hacer grado ser el m á s desleal de los servidores. Pero- ¡maravillosa r é también de malabarista para las elecciones, pues la Corte desea una plica del Destino! -nunca pueden soportar l a libertad las almas mayoría segura en el Parlamento, y para esto es fmico el republisubalternas. Instintivamente huyen de ella siempre para refugiarse cano probado el hombre del pueblo, como organizador insupeen una nueva esclavitud. Y así vuelve a humillarse Fouché, ayer rable. Y también hay que arreglar a ú n algunos asuntos desagraaún fuerte y dominante, ante un nuevo señor, otra vez encadenadables y sangrientos, y ¿por qué no utilizar este guante usado? das sus manos libres en la galera del Poder. Pero pronto llegará Después se le puede tirar, para que no manche las manos reales. también la señal de l a galera, el estigma. U n asunto tan sucio hay que resolverlo cuanto antes, en los A l dia siguiente entran las tropas de los aliados. Según el primeros días. E l Rey prometió solemnemente conceder una amacuerdo secreto, ocupan las T u b e r í a s y cierran sencillamente las nistía y no perseguir a los que hubieran servido durante los cien puertas a los diputados. Esto da a Fouché, sorprendido en apariendías al usurpador. Pero post festum, cambia el viento. R a r a vez cia, un motivo propicio para proponer a sus colegas dimitir como se creen obligados los Reyes a cumplir lo que prometieron como protesta contra las bayonetas. Estos, engañados, caen en. la trampa pretendientes de una Corona. L o s realistas, rencorosos con la sodel gesto patético. A s í queda, como se había acordado, inusitaberbia de su propia fidelidad, exigen, ahora que el Rey está seguro damente disponible el sillón del Trono, pues durante un día no hay en el Trono, que sean castigados todos los que abandonaron duGobierno en París. Y Luis X V I I I sólo tendrá que acercarse a las rante los cien días la flor de lis. Asediado, pues, duramente por los puertas de la capital ante las manifestaciones de júbilo preparadas realistas- -que son siempre m á s realistas que el Rey- cede por fin con dinero por su nuevo ministro de Policía y será recibido con Luis X V I I I Y al ministro de Policía le toca llevar a cabo la labor entusiasmo, como salvador: ¡Francia, es otra vez Reino! desagradable de componer l a lista de proscripción. Sólo entonces se dan cuenta los colegas de F o u c h é de la manera A l duque de Otranto no le place este encargo. ¿Será necesario, tan refinada que lian sido burlados. Se enteran también por el Moverdaderamente, imponer castigos por semejante bagatela, por haben viteur a qué precio les ha vendido Fouché. Entonces se le sube l a i r a a la cabeza a Carnot, al hombre decente, leal, intachable, aunque (Coniinmrá.
 // Cambio Nodo4-Sevilla