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MOTIVOS DEL A Ñ O S A N T O V A A PÍA r e g r i n o s que l l e g á i s a Roma desde España, e n t r á i s en l a ciudad por el camino dé P i s a Y o como vosotros, he visto alzarse el alba sobre los prados monótonos que van a dar en el mar, y Civitavecchia sobre verdor amarillento de campos y encuadrada en claro azul marino, y, más cerca de Roma, las nuevas construcciones de Ostia sobre lo que antaño fueron tierras de malaria y de muerte y hoy son de vida por la voluntad de un hombre y el esfuerzo de todos... Pero es viaje que no tiene otra, emoción si no es la vaga emoción del paisaje entre las brumas del amanecer y la más viva de saberse a cada instante más cerca de Roma. Se nos entra bruscamente por las pupilas el nombre de T r a n s t é v e r e escrito sobre la estación última, y es como voz de mando que despierta otros nombres, y éstos se alzan en confusión brumosa, aún adormilados, sin acertar con su sitio justo en la sensación y en el recuerdoí Fuera mejor llegar a Roma al través de la emoción graduada por las ruinas que aún se alzan a lo largo de la Vía Apia. Disponer de tiempo para bordear el litoral Sur de la Península y entrar en la ciudad viniendo a ella por los mismos caminos que cruzaron las palabras del Justo y los hombres que las trajeron. Seguir, al ráenos con la intención ie esta hora, la órbita de la Verdad girando alrededor del mundo, y venir al centro de las almas en la tierra, de Este a Oeste, con rumbo igual al de todas las luces del cielo. Todo afán de descubrir el misterio de la F u e r z a Suprema tiene su orto en Oriente, y va siguiendo luego el camino de las estrellas. Los mitos nebulosos del N o r t e no intentan salir de sus montañas y se esfuman y desvanecen, nieblas heridas de sol, cuando suben del Sur palabras de luz y de fuego; pero aun en el misterio de los bosques sombríos, en las copas puntiagudas de los abetos, se enganchan jirones de bruma y queda prendido en ellas, durante años y siglos, un vago re- V OSOTROS, los pe- SEPULCRO D E CECILIA METELLA, E N L A VIA APIA cuerdo, entre tc neroso y dulce, de hadas y silfos. Pero también los viejos mitos de Oriente, que tuvieron orto, nombre y luz temblorosa de luceros, se apagan cuando aparece la luz única del Verbo, que es au- rora y día tras la noche. Díbiéramos entrar en Roma siguiendo la VILLA D E QUINTILI. P A L A C I O D E C 0 MOÜ 0 misma senda de Pedro y de Pablo, entre ruinas de los viejos días, que nos van poblando poco a poco el pensamiento de fantasma, y el pecho con ansias de perfección, y así, al llegar a la ciudad ya no se nos aparecerá ésta bruscamente, con sorpresa de los ojos y dolor de ideas que aún no se acomodaron pa- ra r e c i b i r la v i s i ó n súbita, sino que l á miraríamos como buena amiga de quien nos iba hablando el camino mismo que nos trajo hasta ella. V í a A p i a de recuerdos en m i r í a d a s luminosas como las de esa otra vía que parece continuación suya, de Sureste al Nordeste, y nos indica el camino dé nuestra Galicia. Aquí fué el templo de Júpiter, y más allá el palacio de Cómodo; pero ya es todo un arco en ruinas, una muralla derribada, o una masa sin forma, con socavones y grietas, huellas que dejaron las horas al clavar en ellas sus garras y su pico. E l circo de Majencio eleva aún la torrecilla desde donde se daba la señal de partida a los corredores, entre los que fueron límites de su pista y hoy son piedras r o j i z a s s i n trabazón entre ellas ni