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FOUCHÉ NOVELA HISTÓRICA DE STEFAN ZWEIG T r a d u c i d a p o r Máximo José K a h n y M i g u e l Pérez F e r r e r o (CONTINUACIÓN) Se puede suponer, sin temor a errar, que no fué el amor lo que ligó a la aristócrata bellísima, de- veintiséis años, con este viudo de cincuenta y seis, de rostro pálido y flaco como el de un muerto. Pero, este pretendiente poco atractivo era en 1815 el segundo capitalista de F r a n c i a multimillonario, excelencia, duque y ministro respetado de su Cristianísima Majestad, y todo esto ofrecía a la condesa de la provincia, venida a menos, la esperanza de poder brillar como una de las mujeres más distinguidas de Francia en todas las fiestas de la Corte y en el faubonrg Saint- Germain. E f e c tivamente, los- primeros indicios parecían cumplir sus deseos: Su Majestad se dignó firmar en, persona su acta de desposorio; la XTorte y la nobleza se apresuraron a felicitarla; un palacio magnífico en París, dos fincas y un castillo en l a Provenza, se disputaron el honor de albergar como dueña a la duquesa de Otranto. P o r tales lujos y honores y por veinte millones es capaz una mujer ambiciosa de soportar un esposo frío, calvo, amarillo como el pergamino, de cincuenta y seis años. Pero la condesa vendió precipitadamente su alegre juventud por el oro del diablo, pues apenas pasada la luna de miel se encuentra con que no es l a esposa de un respetable ministro del Estado, sino la mujer del hombre más despreciado y odiado de Francia, del expulsado, del desterrado, de un Sr. Fouché desdeñado por todo el mundo. E l duque, con todas sus riquezas, se ha eclipsado... y queda un anciano gastado, amargado y bilioso. A s í no sorprende en Praga que se inicie, entre esta mujer de veintiséis años y el joven Thibaudeau, hijo de un republicano igualmente desterrado, una amüié amoureiise, de la que no se sabe con certeza hasta qué punto fué amitié y hasta qué punto amoureuse. Pero con este motivo se desarrollan escenas muy tormentosas. Fouché prohibe al joven Thibaudeau la entrada en su casa, y desgraciadamente no queda en secreto esta discordia matrimonial. L o s periódicos realistas, que acechan toda ocasión de hostigar al hombre ante quien temblaron tantos años, publican noticias mordaces sobre sus desengaños familiares y propagan, para regocijo de los lectores, la mentira burda de que la joven duquesa de Otranto había abandonado al viejo cornudo, huyendo de Praga con su amante. Pronto advierte el duque de Otranto, cuando va a alguna reunión en Praga, que las señoras reprimen a duras penas una leve sonrisa y que comparan, con miradas irónicas, Ja prestancia y l a esbelta juventud de su mujer con su propia figura, tan poco seductora. A h o r a siente el viejo murmurador, el eterno cazador de rumores y escándalos, en la propia carne, qué poco agradable es ser víctima de una calumnia maligna, y ve que sólo es posible luchar- contra tales injurias huyendo de ellas. E n la desgracia ve toda la profundidad de su caída, y su destierro en Praga se convierte en un infierno. De nuevo se dirige al príncipe Metternich para que le sea concedido el permiso de dejar la ciudad insoportable y poder elegir otra dentro de Austria. Se le hace esperar. Por fin le permite Metternich, magnánimo, -trasladarse a L i n z donde se retira, entre el odio y la burla de las gentes que antaño tenía a sus pies, desilusionado, cansado, humillado. L i n z E n Austria siempre se sonríe al pronunciar este nombre, pues se, piensa instintivamente en su consonancia con provins (provincia) Provincianos de la pequeña burguesía y de origen campesino, barqueros, artesanos, casi siempre gente pobre, y sólo unas cuantas casas de rancia nobleza austríaca. N o encuentra allí una tradición grande y gloriosa como en Praga. N o hay Opera, ni biblioteca, n i teatro, ni brillantes bailes aristocráticos, ni fiestas... U n a verdadera y auténtica ciudad provinciana, somnolienta, un asilo de veteranos. Allí se instala el anciano con las dos mujeres jóvenes, de casi igual edad, una su esposa y la otra su hija. Alquila una casa magnífica, la manda decorar elegantemente, para mayor alegría de los comerciantes de L i n z que no estacan acostumbran a tener clientes millonarios. Algunas familias se apresuran a lacionarse con el extranjero interesante y distinguido gracias a dinero; pero la nobleza manifiesta ostensiblemente su preferer, por la nacida condesa Castellane, desdeñando al hijo del mercac burgués, a ese señor Fouché a quien Napoleón (también t aventurero a sus ojos) puso la capa de duque sobre los flacos hon bros. Los funcionarios tienen orden secreta de Viena de tratarse lo menos posible con él. Así vive quien antaño era tan apasionadamente activo, en completo aislamiento, casi rehusado por los demás. U n contemporáneo narra en sus Memorias muy plásticamente su situación en un baile: Llamaba la atención cómo festejaban a la duquesa y desatendían a Fouché. E r a él de estatura wediana, fuerte sin ser grueso y de rostro feo. E n los bailes se presentaba siempre ele frac azul con botones de oro, pantalón blanco y medias blancas. Llevaba la gran cruz austríaca de Leopoldo. Generalmente permanecía solo cerca de la chimenea, contemplando el baile. Observando a quien fué ministro omnipotente del Imperio francés, viendo lo triste y solo que estaba allí, advirtiendo cómo se alegraba si cualquier empleado iniciaba una conversación con él o le proponía una partida de ajedrez, tenía que pensar, instintivamente, en la veleidad de todo poder y de toda grandeza terrenales U n solo sentimiento sostiene, hasta el último instante, a este hombre espiritualmente apasionado: la esperanza de recobrarse y v ascender una última vez en la carrera política. Cansado, gastado, un poco torpe y hasta algo obeso, no se puede separar de la idea de que por fuerza tendrían que volver a llamarle a su cargo, en que tantos méritos h i z o que otra vez el Destino le sacaría de la obscuridad y le volvería a mezclar en el divino juego universal de la Historia y la política. S i n cesar se escribe secretamente con sus amigos en F r a n c i a la vieja araña sigue tejiendo sus redes ocultas; pero allí quedan, inútiles e ignoradas, en el rincón de L i n z Publica con nombre falso las Observaciones de un contemporáneo sobre el duque de Otranto, un himno anónimo, que pinta en colores vivos, casi líricos, sus talentos y su carácter. A l mismo tiempo divulga en sus cartas particulares, para amedrentar a sus enemigos, que el duque de Otranto trabaja en sus Memorias, y hasta que aparecerian pronto en la Casa Brockhaus y que las dedicaría al Rey Luis X V I I I Con esto quiere hacer recordar a los demasiado audaces que el antiguo ministro de Policía, Fouché, conservaba aún unas cuantas flechas en el carcaj, flechas envenenadas, mortíferas. Pero, cosa extraña, nadie le teme ya, nada le libra de L i n z nadie piensa en llamarle, nadie quiere su consejo, su ayuda. Y cuando se discute en la Cámara francesa, por otro motivo, la cuestión de la repatriación de los desterrados, le recuerdan sin odio y sin interés. Los tres años que han transcurrido desde que abandonó la escena mundial han bastado para hacer olvidar al gran actor que brillaba en todos los papeles. E l silencio se aboveda sobre él, como un catafalco de cristal. Y a no existe para el mundo un duque de Otranto, sólo existe un anciano que se pasea por las calles aburridas de L i n z cansado, irritado, solitario. De vez en cuando se quita el sombrero ante él, achacoso y doblegado, algún comerciante. P o r lo demás, ya no le conoce nadie en el mundo y nadie piensa en él. L a Historia, ese abogado de la Eternidad, ha tomado la venganza más cruel en el hombre que sólo pensó siempre en el momento presente y fugitivo: le ha enterrado en vida. Tan excepto el año porque olvidado está el duque de Otranto, que nadie se da cuenta, algunos policías austríacos, cuando por fin Metternich, en 1819, le permite trasladarse a Trieste, y esto únicamente sabe de fuente segura que esta pequeña merced se la con (Continmrá.