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Un reciente hundimiento en la cueva de Altamira conmueve a los amantes de las investigaciones prehistóricas DELEITAN A L V I S I T A N T E PASMOSAS CONCEPCIONES FANTÁSTICAS A M B I É N hay montes sin entrañas; pero son, al revés que los hombres así calificados, acogedores y compasivos; brindan el abrigo amoroso dé su seno a los desvalidos caminantes; abren el. refugio de su cálido corazón a cuantos carecen de techo y de hogar; ofrecen bienhechor amparo contra el frío y contra la lluvia, contra las ventiscas y contra las tormentas, contra los peligros de la tierra y contra las inclemencias del cielo; y hasta hoy a ¡gunas. como ¡a recientemente descubierta en A l t a m i r a que deleitan al visitante con pasmosas concepciones fantásticas forjadas en el maravilloso taller de la Naturaleza. L a Naturaleza fué siempre madre y se desvistió en todo tiempo de sus galas para vestirnos; derramó sus jugos para alimentar los nuestros; vertió por limpios manantiales la sangre de sus venas para refrescar la que corre por nuestro cuerpo y vació sus propias entrañas para darnos dentro de ellas el consuelo de su calor. L a Naturaleza ofreció al hombre primitivo voluntariamente cuanto el hombre civilizado la arranca en nuestros días, a pesar suyo. L a madre joven supo hacer de aquel hombre niño el objeto de sus más amorosos cuidados, y este hijo, adulto hoy tanto como ingrato v ambicioso, no se limita ya a tomar lo que le ofrecen de buen grado: arrebata lo que le niegan. L a madre de ayer es la esclava de hoy, y el hombre, insaciable, dispone de ella a su libérrimo antojo, siendo aquí el temible cirujano oue perfora los montes y tala los bosques; allí el exooliador míe se apodera de sus tesoros y esquilma sus tierras, y en todas partes el tirano que, con anhelante avaricia, corta, raja, cercena, hiere, consume v agota, puesta la codiciosa m i rada en el efímero presente y vuelta la espalda al porvenir. Para asomarse a los albores de la H u manidad en aquellas edades que llamamos 1 T de piedra porque de piedra eran sus principales instrumentos, desde estas otras edades que pudieran llamarse de piedra también, atendiendo a lo muy empedernidos que suelen estar los corazones; para sorprender la vida del hombre rudimentario de ayer desdé la cumbre civilizada del hombre de hoy, ningún lugar más a propósito que la Cueva de A l t a m i r a en la provinciade Santander, porque, en verdad, entre las sesenta cuevas descubiertas hasta el momento presente al Sur de F r a n c i a y al N o r te de España, enriquecidas con pinturas r u pestres, ninguna alcanza en el mundo prehistórico la importancia n i el renombre que ha logrado conquistar la de Altamira. S u entrada se encuentra como a dos kilómetros y medio de Santillana c el M a r Para llegar hasta ella cuando yo la visité se seguía primero la carretera que, desde esta villa, conduce a las de Puente de San M i guel y Torrelavega; se abandonaba ésta después allí donde u n poste indicador, situado en el encuentro de la carretera con un camino pedregoso, invitaba, con su inscripción A la cueva a recorrerle, pisando cuidadosamente entre las lastras redondas y las r o dadas profundas; se dejaba, más adelante, donde otro poste lo pedía, aquella cambera por un sendero, del mismo modo que antes se había dejado el camino real por la cambera; y se ascendía, por último, diagonalmente, entre agostadas praderas y peñas calvas, hasta que, transcurridos unos cuarenta minutos de camino, siempre orientado por sucesivos postes, se alcanzaba la cumbre de un montecillo, y en ella, el abrigo de una casa no muy grande y el homenaje que rinde perpetuamente un pequeño obelisco al primer investigador de la cueva. L a casa sirve de habitación al guarda y de Museo para coleccionar y exhibir ordenadamente los objetos hallados en el yacimiento milen a r i o el obelisco llena, por su parte, el fin espiritual y nobilísimo para el que fué erigido, con estas palabras: E l Ateneo de Santander a D Marcelino S. de Sautuola. A ñ o de 1921. A n t e el obelisco, el terreno se hunde, formando una pequeña depresión, a la que se desciende por unos escalones de sillería. P o r ellos descendimos nosotros, y en seguida nos encontramos bajo el dintel deuna puerta, cerrada por una verja de hierro, que, en un absurdo vue o de la fantasía, me llevó a imaginarme la prisión del glorioso cautivo de A r g e l Mientras tratábamos de atravesar con la mirada el piélago de tinieblas misteriosas que se condensan detrás de la verja, el guía se puso a nuestra disposición; nos entregó sendos billetes mediante el precio de dos pesetas por persona; preparó unas luces de carburo, porque la fábrica de luz eléctrica que ilumina la cueva, mediante una bien d i r i gida y costosa- instalación, no servía fluido- aquella mañana; hizo brotar de los mecheros, tras varias infructuosas tentativas, una llamita inquieta y prolongada: empujó la verja, que, al girar sobre sus goznes, se quejó con un chirrido metálico y enervante; dijimos adiós al espléndido día, y nos internamos entre las sombras de la cueva y, al mismo tiempo, entre las más impenetrables que rodean los primeros siglos de la Humanidad. E l guía, mientras avanzábamos, hablaba reposada v correctamente, con fácil y precisa expresión; explicaba con cu ta y solemne lentitud; respondía solícito y oportuno, y hasta parecía conducimos a través de las épocas glaciares y de los períodos prehistóricos, desde el Solutrcuse inferior al Mac daUnicnse antiguo, a los que pertenece la cueva, con la misma seguridad con que se orientaba al avanzar por las tenebrosas galerías. Su discreta peroración nos enteró de que un desprendimiento, ocurrido tal vez hace