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miles de años, tenía cegada l a entrada de la cueva, ocultando sus tesoros a l a investigación de los hombres; Un azar fortuito, l a audacia de cierto perrillo que se perdió, al penetrar persiguiendo a una alimaña por un resquicio entre dos piedras, obligó el año de 1868 a remover aquella ignorada escombrera, hasta que, abierto un ancho boquete, se descubrió l a existencia de lo que entonces debió de parecer un antro tenebroso. E n 1875, Sautuola la exploró trabajosamente, avanzando sobre los escombros del techo hundido, pero no vio entonces las pinturas que la decoraban, n i llegó tampoco más tarde a descubrirlas; una hija suya que le acompañaba en otra visita a aquel subterráneo natural fué quien hizo, cuatro años después, el importante descubrimiento que bien pronto había de conmover a todo el mundo científico. H o y un hundimiento, más importante como síntoma que como hecho, conmueve nuevamente a los hombres de ciencia ante el riesgo que corren aquellos tesoros tan fortuitamente descubiertos hace medio siglo. Mientras el guarda hablaba, avanzábamos alumbrados por la vacilante luz de las lámparas, descendiendo por un suave declive y pisando un suelo regular y uniforme. Dejamos a la izquierda un rodal de tierra removida por recientes excavaciones y llegamos r rtte una gruesa pared de cantería que parecía cerrarnos el paso. L a gruta, considerada como tal, no es grande, ni interesante, n i bonita. N o hay en ella estalactitas que semejen columnas, ni estalacmitas con apariencia de estatuas, ni altas bóvedas, n i salas inmensas, n i l a berintos intrincados, n i secretas profundidades. Techos bajos que muchas veces se alcanzan con la mano, paredes lisas y enormes bóvedas planas sostenidas en portentoso equilibrio y resquebrajadas por las conmociones que sufrieron cuando en la parte superior se tiraban barrenos para explotar una cantera es todo lo que se puede ver allí. L a pared, ante cuyo blanquecino lienzo nos encontrábamos, tiene el doble objeto de ofrecer un sostén a la techumbre agrietada y de servir de defensa a la denominada Sala de Pinturas, que también ha sido llamada con acierto Capilla Sixtina del arte, prehistórico. P o r una puertecilla situada más abajo, traspusimos la pared y entramos en aquella sala con el ánimo verdaderamente conmovido. L o s primeros progenitores de nuestra raza nos esperaban asomados a las superficies de aquellas negras paredes para hablarnos desde una antigüedad de cientos de siglos. A l principio rio vimos nada; un círculo AXTIU, ANA (SANTANDER) CASA DONDE ESTA LAS INSTALADO CUEVAS EL MUSEO PREHISTÓRICO, CERCANO A amarillento de apenas dos metros en nuestro derredor, mientras las paredes se perdían detrás de las sombras y el techo se adivinaba agobiante sobre nuestras cabezas; pero de improviso, el guía nos mandó permanecer inmóviles, levantó las lámparas que llevaba en sus manos, nos invitó a elevar la mirada, y la figura de un airoso bisonte, entregado a un descanso secular, apareció ante nuestra vista. L a masa de color es de un rojo obscuro apagado, fuerte y suave al mismo tiempo, sobre el que se destacan en color rojo claro las líneas del dibujo. Desde entonces empezó a deleitarse nuestro espíritu, aílgc perplejo y asombrado, en la contemplación sucesiva de bisontes, jabalíes, ciervos y caballos, echados o en pie, desperazándose o corriendo, de perfectos contornos, de armónicas proporciones, de gran delicadeza y elegancia de! í neas, en los que, tanto la laxitud del reposo como la flexibilidad del movimientoaparecen reproducidas con fidelidad maravillosa. Hasta treinta y cuatro figuras d i g nas de especial mención, aparte otras borradas ya y casi perdidas, llenan la techumbre, haciéndola semejarse a un mapa celeste cubierto de constelaciones dibujadas. Muchas ofrecen una gran plasticidad, porque sus autores supieron aprovechar hábilmente los suaves abombamientos de la roca para que resulten abultados los vientres o fes ancas, según las dimensiones y las formas de las redondeadas prominencias. E n algunas partes aparecen superpuestas las pinturas: este hecho, ¿era debido acaso a que el lienzo se acababa, mientras los artistas sé sucedían, o encerraba un símbo o de rencor, de superioridad, de vencimiento? E n otros s i tios es negro el color de las figuras y se destaca sombrío sobre el gris obscuro dé la r o c a en varios lugares están grabadas a punta de un rudimentario b u r i l aquí se ve un imperfecto diseño, nacido sin duda de un pincel incipiente: allí, una mano de hombre, único rasgo humano que en la cueva, se encuentra. ¿Cuántos artistas trabajaron en aquellas inspiradas concepciones? ¿Cuántas generaciones dejaron en aquellas pétreas superfcies la herencia de su intuición pictórica? Estas y otras preguntas quedan sin contestación en aquel misterioso museo; signos tectiformes y escaleriformes surgen inesperadamente de entre las sombras y nos hablan un lenguaje milenario de significación clesconorida; baio nuestros pies se ocultan cuchillos y flechas de pedernal o de sílex, conchas llenas de ocre, antecesoras de nuestros tubos de pintura; osamentas de b i sonte, que vienen a autentificar la antigüedad del yacimiento; todo mezclado y revuelto, constituyendo un sagrado depó- sito arrancado a la custodia de la tierra para producir en nuestro espíritu una enervante confusión, no exenta de emotiva enseñanza. Entre tantas sombras, únicamente el albor de la Humanidad ilumina desde un imperceptible horizonte el esplendoroso día de nuestros tiempos radiantes. EL MÜS. O PREHISTÓRICO BE ALTiMIRA. (FOTOS SAMOTJ Luis MARTÍNEZ KLEISER.