Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
L tiempo de entrar en casa, tintinea el timbre del teléfono. ¿Quién? 1 A h s i! Pérez. M i amigo Pérez, un perdulario a quien presté veinte duros hace varios años, sin que se le haya ocurrido devolvérmelos. ¿Tal vez ahora... No. No me habla de devolver nada, pero tiene una atención delicadísima, que yo estimo en lo mucho que merece. Pone a mi disposición un palco para ir al teatro esta noche. ¿Que si lo acepto? ¡Qué duda cabe, querido Pérez! Esto de ir gratis al teatro es un placer de dioses que nadie rechaza. ¿Que tengo que recoger el vale? ¡Por Dios, si eso no es molestia! Muy agradecido, Pérez, y a mandar. No me dice nada de los veinte duros, ni yo se lo recuerdo. ¡No faltaba otra cosa l Sería inoportuno, y hasta grosero. Son cerca de las diez, y el teatro empieza a las diez y media. Menos mal que la familia está en casa. Doy la fausta nueva, con el natural regocijo. M i señora se esponja al pensar que va a lucirse en un palco, y las niñas dan brincos de alegría. ¡Qué lástima, no habérselo dicho a Pocholo y a Polín para charlar con ellos en los entreactos! Por si aún es tiempo, les darán un telefonazo. M i señora aviva a Maritornes para que saque la cena, un tanto retrasada. La tranquilizo. -No te preocupe. Tengo que ir por el vale. Mientras, tenéis tiempo de todo. A ¿No tardarás? ¡Figúrate! Unos minutos. L o malo es que mi amigo Pérez vive lejos, al final del Pacífico, casi en el Puente de Vallecas. Podía tomar el Metro, pero prefiero ir en taxi: más rápido, y no es cosa de economizar. A l fin y al cabo se trata de un suceso poco frecuente. No todos los días le regalan a uno un palco. ¡A ver, chófer, haga el favor! Para estos vehículos no hay distancias. E n unos cuantos minutos... Claro que el contador marca cuatro pesetas. Después de todo, un día es un día. Pérez me dijo que en el portal me esperaría su doméstica con un sobre. E n efecto fiel a la consigna, una joven está en el sitio indicado. ¿Usted es el señor que viene a recoger... ¿Y usted, sin duda, me aguarda para entregar... Nos entendemos con medias palabras. Es una muchacha inteligente y no mal parecida. Demasiado fina y elegante para servir a Pérez. D, espués de todo, mejor para él. Me da un sobre azul, le doy las gracias sonriente, y vuelvo al taxi, que se pone en marcha. Como soy bastante observador, me extraña que el sobre abulte demasiado. Enciendo la luz del coche, y, en efecto, bajo el sobre azul hay otro, cerrado, y una esquela que dice: Caballero, por su honorlleve usted esta carta a su destino. Va en ello mi honra, y acaso mi vida. Además, allí lé entregarán el vale para el teatro ¡Demonio! Sin comerlo ni beberlo, me encuentro zambullido en un melodrama a lo D Ennery, o en un folletín a lo Pouson du Terrail. Tal vez sería lo mejor retroceder y devolverle a esta dama su misiva... Pero ¿y el vale codiciado que me. aguarda como preciadísimo galardón a mis desvelos? Esta venturosa perspectiva me compensa de todo. Vuela el taxi camino del centro. Miro el sobre para saber a dónde debo dirigirme. Las señas son aterradoras. He de ir al final del barrio de Arguelles, cerca de la Ciudad Universitaria. ¿Estaré obligado a tal dislate... Pero allí me espera el palco gratuito. No hay que dudar. París bien vale una misa. Doy orden al chófer, y volamos. Todo llega. Estamos junto a la Moncloa, ante la casa de D. Froilán Lanuza. destinatario de la carta. E l portal ya está cerrado y no se ve al sereno. Me desgañito llamándole por los patronímicos habituales en su dignísima profesión: ¡Pacooo! ¡Tuaaan! ¡Manolooo! Como si tal cosa. E l chófer me ayuda amablemente: primero con el claxon, y luego, como yo. vociferando. Roncos ya los dos, se nos ocurre volver la próxima esquina. Allí está el hombre del ombligo luminoso, plácidamente apoyado en el chuzo. -Pero, caramba, ¿cómo no acude? -inquiero, malhumorado.
 // Cambio Nodo4-Sevilla