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DE LA SANIDAD E N EL TEATRO Eduardo Marquitia es de los contados poetas que, aun estando, por derecho propio, en el Parnaso, no pierde de vista el dinero, enemigo aparente de las musas. E l insigne dramaturgo, advertido a tiempo de que la política y el catolicismo andaban a la greña- -se d i j o E s el momento de apelar al arbitraje de Sarita Teresa de Jesús... E ipso jacto compuso una serie de estampas admirables, con episodios de la vida de la inmortal fundadora. Siempre me ha sorprendido la facilidad con que se aclimata este catalán ilustre al ambiente castellano. Las hijas del Cid, En Flandes se ha puesto el sol y Teresa de Jesús continúan la tradición escénica, abrillantada por Lope, Tirso, y Calderón. Eduardo Marquina viene a ser, pues, un clásico más. H a heredado de sus precursores el conceptismo castizo que, al verterse en la estrofa, o en el romance, adquiere acento humano, porque refleja los estados de espíritu de un pueblo que no ha hecho nada en el mundo sin teatralizar sus gestos, sus actitudes y sus palabras. L a distinción española no ha sido nunca sino una forma de su imperialismo. ¡Q u é lejos estamos de todo aquello... Cuando entro en la sala del Beatriz, ya comenzada l a representación, los personajes de la obra se entretienen en discutir si conviene o no que la doctora mística funde una Orden monacal. A un hombre como yo, que no lia conseguido interesarse hasta el presente m á s que por algunas personas, generalmente mujeres, y algunas cosas, de ordinario superfluas de la tierra, aquel tema dependiente de las regiones celestes, apenas le atrae. E l que la sarita saque a flote su proyecto, o que sus intrigantes detractores lo frustren, le tiene sin cuidado. L o que le importa es ver a la extraordinaria mujer en carne y hueso. A poco aparece en escena. E s una dama sobre la cual ha pasado el viento ardiente del ascetismo, sin ajarla. Es una bella rosa de esas que i n corporan, por Un prodigio misterioso, a las gracias primaverales, la suave poesía del otoño. E s M a r í a Palou. S u presencia i m prime autoridad a todo lo que la rodea. Cada uno de aquellos seres secundarios, galvanizados espiritualmente por la ilustre actriz, va a contraer una importancia que no tenia. Todo lo decisivo de l a obra está en aquella damita, que al hacernos sentir su voz de oro, la misma voz de M a r í a Guerrero, va a revelarnos l a infinita seducción que puede ejercer el recuerdo de J e s ú s sobre una mujer apasionada y pura. Toda mi sensibilidad de hombre que ha vivido profundamente sin bordear siquiera lo divino más que con la inteligencia, se abre a aquella dulce emoción. Como el Santo de Asís, sobre cuya tumba se ha inclinado mi corazón trémulo de tristeza, sin experimentar el menor consuelo, Teresa opone el bien al mal. N o cree en la eficacia de l a severidad. Su lema es Caridad y perseverancia L a envidia y la mala fe de sus semejantes no hacen mella en su ánimo, como no lo hacían en el espíritu del Povereüo. A sus predilectos, Jesús los hace invulnerables y eso explica el que puedan arrostrar impunemente todos los peligros. Toda la dignidad de una religión está en unos cuantos seres extraordinarios, que la han magnificado con su ejemplo. L o s demás somos unos pobres fariseos, católicos de mesa puesta y automóvil a la orden, que pretendemos sobornar a Dios simulando virtudes de poca o nula substancia. E l período heroico de la fe es la santidad obscura, que realiza grandes empresas sin ruido. ¿Cómo no he de admirar yo a la incomparable fundadora? E l creer es un signo de aristocracia, porque supone un alto ideal que consiste en ni sacrificio de lo tangible v visible a lo misterioso e i n explorado. E l que tenga esa fortuna es definitivamente dichoso, pues anda por la tierra, de tránsito y sin bagaje que le estor 4 be. L o terrible es sentirse amarrado a este mundo por las cadenas de las ilusiones. Y o me pregunto muchas veces con m á s melancolía que temor qué va a hacer Dios con los que nos resistimos a verlo fuera de la belleza que entra por los ojos. Dante, en su gran ensueño poético, se olvida de nosotros, los que no podemos creer sino al través de la razón. ¿Nos salvará nuestra fidelidad a la moral cristiana? ¿E s t a r á allí, en el trance supremo, eí dulce Nazareno para decir: ¡Padre celeste! N o le cierres a este hombre el umbral de la bienaventuranza, porque fué casi toda su vida un desgraciado... L a santa de A v i l a es, sin embargo, demasiado perfecta. L a invuluerabilidad al pecado, sin ser un aspecto del orgullo, disminuye los quilates de l a virtud. Así como el héroe debe entrar en la gloria con el cuerpo lleno de cicatrices, que publiquen su fogosidad en el combate, el santo debe ir a Dios con el alma traspasada por los puñales de. todas las pasiones. Es una opinión que nadie podría reputar herética. Nacer virtuoso es como nacer millonario. L o interesante no es lo que se hereda, sino lo que se conquista. M i más grande admiración, dentro de la Cristiandad, es para María Magdalena, para San Agustín y para San Francisco de Asís, que conocieron y paladearon el mal antes de embriagarse con las dulcedumbres del bien. Los santos, que lo son por temperamento, me conmueven menos, porque están, espiritualmente, muy lejos de m í ...Pero lo que debemos procurar, escrupulosamente, es no salir de los límites de l a moral cristiana, porque, mientras nuestros actos consuenen con la doctrina del E v a n gelio, podemos- estar seguros de que J e s ú s es nuestro valedor. Todo lo demás es retórica, y ya dice el Kempis que las muchas palabras no hartan el alma... Y véase cómo una actriz, toda belleza y gracia, ha despertado en mi corazón una serie de emociones puras, que han ennoblecido las tres horas que he pasado en el teatro. A l salir del magnífico espectáculo creí sentirme m á s cerca de Dios... MANUEL BUENO ser sometida al fallo del público madrileño creo de todo punto inexcusable consignar io que no es más que una coincidencia, ya que yo no pedia conocer una comedia no estrenada y- -ocioso es decirlo- -los admirables hermanos, a quienes me complazco en enviar públicamente testimonio de admiración y de respeto, desconocían, a su vez, la mía. MANUEL D E GONGORA CINCUENTA AÑOS D E TEATRO La zarzuela en el Circo De la inauguración del Real contaban y ño acababan los que asistieron a ella. L a hicieron coincidir con el santo de la Reina Isabel II, y así la convirtieron en fiesta mayor. L a Alboni, en todo su esplendor entonces, y Gardoni, tenor famoso también, fueron, respectivamente la Leonor y el Fernando de aquella Favorita a la que, para satisfacer a los amantes de Terpsícore, tan numerosos entonces, fueron añadidos dos bailables: un paso a tres y un paso a dos que bailó l a Fuoco, aún en predicamento, con sus valedores. L a avidez de localidades fué tal, que hubo quien pagó por un palco m i l reales y quien dio noventa reales por una entrada de par a í s o aún hubo, años más tarde, quien, para oír a la Patti, superase esas cifras cu los buenos tiempos del. Pájaro, uno de los revendedores famosos de Madrid. E n la función inaugural hubo un llcrio completo, salvo un palco que permaneció vacio toda la noche: era el de una duquesa que no quiso festejar a la Señora. Sus motivos tendría. Aquella noche representaron en el Español, eme también, estuvo iluminado por ser el santo de la Reina, Guzmán el Bueno. E n los Basilios, Maese Juan el Espadero, representado por la Sampelayo, Caltañaz or y un primer actor muy estimado entonces, de los que tenían don en los carteles: Aytúa. E n la Comedia, Urc anda, la desconocida, por la compañía de Dardalla, que había actuado durante el verano en eí circo de la calle del Barquillo, y de la que formaba parte Alisedo, que después figuró brillantemente en las mejores compañías fué el padre de Pepe A l i sedo, mi compañero, años más tarde, en el Instituto del Cardenal Cisncros, redactor ahora del Diario de Sesiones, que hubiese sido un admirable actor si se hubiera dedicado al teatro. E n Variedades seguían haciendo magníficas entradas con Escenas de Chamberí, zarzuela con bailables, y aún había otros espectáculos circo gimnástico en la calle del B a r quillo, conciertos en el café de la plaza del Progreso y algunos m á s E l circo, que había sido de Salamanca y después de otro capitalista, rumboso también, aunque con menos posibilidades Pombo quedó sin compañía, y la Empresa de V a riedades- -Empresa Gaona- Carceller- -creyó que había llegado el momento de, lanzarse a mayores aventuras y, previo el real permiso arrendó el Circo para continuar en él su campaña de zarzuela, simultánea con otra de verso y otra de bailes nacionales, que entonces requerían verdaderas compañías coreográficas con primeras figuras de nota y suficiente personal. Así resultaba una compañía triple, con triple gasto. A l g o semejante a lo que ahora se ha hecho al crear el Teatro Lírico Nacional, y con el mismo resultado lamentable. L a nueva Empresa anunció su temporada en el Circo el día primero de diciembre de aquel año 1850, declarando que se proponía hacer una temporada popular, con precios muy baratos (3 2 reales los palcos mejores, diez reales las butacas y tres la entrada general) y que mejoraría el local, forrando les asientos, sin numeración, de la galería alta v baja y haciendo un anfiteatro, también con asientos forrados; pero numerados en el 1 AUTOCRÍTICA La razón del silencio C o m e d i a en prosa, original G ó n g o r a que se nes e n e l t e a t r o t r e s actos, e n de M a n u e l de estrena el v i e r Maravillas. L a compañía de comedias a cuyo frente figuraban dos glorias de nuestra escena: R o sario Pino y Emilio Thuillicr, estrenó La razón del silencio en el teatro Eslava, de V a lencia, la noche del 5 ¡de marzo del pasado año 1032. T u v o buena fortuna la comedia, que, aplaudida benévola y alentadoramente por crítica y público, ha recorrido l a mayor parte de los escenarios de provincias, hasta alcanzar en 1 a actualidad un crecido número de representaciones: éxito que, más que a los méritos de la obra, debe atribuirse en justicia la magnífica interpretación de la admirable compañía que la representa. Y a principios de octubre del mismo año, los ilustres Serafín y Joaquín Alvarez Quintero estrenaban en el teatro Lara, de M a drid, su admirable y admirada comedia Lo que hablan las mujeres, en l a que con la insuperable maestría, el fino gracejo, la técnica maravillosa y la riqueza y el garbo que campean en toda la producción quinteriana, desarrollan los excelsos comediógrafos idéntico asunto que el que dio tema a La razón del silencio. Cuando, a los siete meses de conocida por el público de provincias mi modesta comedia, estrenaban la suya los autores de Malvaloca, me pareció ridiculamente inoportuno, petulante e irrespetuoso hacer aclaración ninguna. A h o r a que La rasan del silencio v a a I