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como si fuesen a permanecer en el carricouhe aquel por los siglos de los siglos. Un amorcillo gordinflón y pueril, erguido sobre estrecho pedestal, gobierna con blando látigo á los fogosos corceles que, blanquísimos y orgullosos, tiran de la tal máquina y le conducen sin duda, con seguro y firme paso, al templo de la gloria, donde residen cuantos Ta merecieron. Unas sabias frases latinas cantan, en estilo lapidario, bajo la pintura, las altas virtudes y rarosméritos del señor de Urbino, y así ¡os recuerdan a la posteridad, refrescando su olvidadiza memoria. También pintói el de la Francesca un retrato del duque, que lo representa de busto y destacándose de un paisaje remojante, al que sirve de fondo al Triunfo. E l perfil de. Federico de Montefeltro se recorta como el de una medalla sobre el pálido ciclo. De duro bronce parecen además sus rasgos, que señaló Fiero della Francesca más con buril que con pincel. No halagó a su modelo ni lo embelleció a la manera que lo hacen otros pintores cortesanos. L a extraña nariz del duque de Urbino, con su porra terminal y su roto caballete, no está corregida ni aun disimulada, como sucede en el retrato de la Galería Barberini, de que me ocupé no ha mucho. A l contrario, el artista parece como si, descontenta con el apéndice nasal que la Naturaleza le ofrecía, lo señaló todavía más, 1o exageró y magnificó, y así el naso del de Montefeltro es cosa extranatural y entra en la categoría de lo monstruoso. E l mentón también avanza más de lo preciso, y entre, él y la nariz aprisionan la boca cerrada y prudente, mientras el ojo mira cauto bajo el párpado medio caído, donde se erigen los ralos pelos de las- pestañas. L a cabeza recia, de espeso revuelto cabello, se asienta sobre una nuca ancha y fuerte como la de un toro, y asi, vestido de obscuro, coronado con un gorro inflado, sin alhaja- ni adorno alguno, el duque de Urbino parece RETRATO D E F E D E R I C O I) E M 0 X T 1 S F E L T R O D U QUE DE U R B I N O POR M E R O B E L L A FRANCESCA Q V E M O D V M KEBVS 7 T N V Í 7 XVNíi! MAGNt- DEC OH A T A KIKVA ÍAV E VOLITA PER O l v- v ISIVMO 11 1 M A S F O R Z l OR l I l R O lldl. V l I! Ni F t acechar algo que en el cuadro no se ve. Tal vez contemple cómo hacia él viene el carro triunfal donde su esposa, Bautista Sforza, aparece entre virtudes, la Caridad con su pelícano, la Fe con su cáliz, la Modestia con sus espesas vestiduras y la Castidad con sus blancos velos. De la carroza tiran dos garridos unicornios, que con sus albas lanzas, sus crines leoninas y su aspecto algo salvaje y montaraz son homenaje a a honestidad de su señora, pues eran animales que sólo se rendían ante virtud tan excelsa. Un amor los guía con aire jaque y el vehículo pasa por amplio arrecife, semejante a aquel por donde rueda el carro del duque de Urbino. Un paisaje de amables montículos presta fondo a la excelsa señora, quien se nos muestra, con aspecto cuitado, leyendo un librito y muy lujosamente ataviada con tiznes y terciopelos, apoyando los pies sobre un rico tapiz del Oriente. Como en el triunfo de Federico, en e! de Bautista hay también su inscripción latina v laudatoria que recita los méritos de la S- forza y alaba la ayuda que sus dotes prestaron a la sociedad conyugal. En el retrato que de d- dama hizo Fiero della Francesca se ve con todo detalle su indumento y ornato. Es la Sforza una señora también bastante nariguda, aunaue no con la exageración de su esposo; de tez blanquísima, boca fina, algo sonriente y ojos serenos e inocentones; L a frente, conforme a los cánones estéticos de entonces, le sube cráneo arriba, hasta la mitad de la cabeza, donde el pelo RC atiranta bajo un leve tul que se. riza luego en amplia cocarda, sujeta con cintas, 1 1
 // Cambio Nodo4-Sevilla