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DIARIO ILUSTRADO. AÑO V 1 GES M ON O V E N O 10 CTS. N U M E R O FUNDADO E L i. DE TUNIO D E igos POR D. TORCUATO LUCA DE TENA BC DIARIO ILUSTRADO A Ñ O V I G É SIMO N O V E N O 10 C T S N U M E R O ARTICULO DE PELÍCULA Nuestro Baltasar de Alcázar no se atrevía a asegurar si l a invención de la taberna era moderna o antigua. Nosotros, m á s documentados que él, podemos decir seguramente que la implantación del bar en nuestras latitudes es un asunto de hace poco tiempo. L a era del chófer llamaba a l a c i vilización actual el conde de Keyserling. Pero del mismo modo puede llamársele la era del cineasta y l a era del barman. L o cierto es que los bares se multiplican por la ciudad y el villorrio, para gente lujosa y para público de blusa, y ése es otro nuevo adelanto que les debemos a los americanos. Se multiplican los bares, y es el único negocio que parece que resiste ai flagelo de l a crisis económica. Cuando dos personas se reúnen a comentar la situación del comercio y de la industria, después de verlo todo negro y problemático, acaban por decirse que lo mejor de todo sería que fundasen un bar o un café. L o s otros comercios suelen lucir l a marca, el rótulo t r á g i c o L i q u i d a c i ó n Indudablemente hay muchas cosas que se han l i quidado o están liquidándose incesantemente en nuestra querida época moderna. Pues bien, mientras el sastre y el librero y el sombrerero cierran sus tiendas, los bares y los cafés hacen la ostentación de sus cristalerías, de sus sifones espumosos, de su algazara, como si eso de la crisis fuese una detestable versión de unos cuantos seres malintencionados. O como si el período de la postguerra no hubiese terminado todavía. S í esto es lo curioso y lo que merecería que se estudiase con i n t e r é s E s p a ñ a se resiste a reconocer que la gran guerra está muy distante en el tiempo. E s p a ñ a se resiste a volver al estado de limitación y modestia en que había vivido siempre. P o r decir algo de esto se me enfadó una vez un editorial de El Socialista. Y o me l i mitaba a hacer diversas consideraciones x propósito del pan; mejor dicho, acerca del hondo sentido que tuvo la idea del pan en el vivir histórico de los españoles, y cómo últimamente se ha saltado aquí a los que los franceses llamarían l a civilización del brioche. ¿Y qué? -venía a replicar el editorial aludido- ¿P o r qué no han de darse los proletarios l a gran vida... A lo cual, efectivamente, yo no tendría n i n g ú n obstáculo personal que oponer. S i de mí dependiera, la aspiración de E n r i que I V el Bearnés, sería satisfecha inmediatamente. N o una gallina en todos los pucheros de los que trabajan; dos gallinas por barba quisiera yo que echasen a hervir o guisar todos los españoles. L o malo es cuando ge atraviesa la realidad; cuando llega el momento de hacer cuentas. ¿Puede E s p a ñ a con sus inmensas extensiones de suelo pobre, con su industria débil y con sus hábitos del menor esfuerzo lanzarse a un r é gimen de gran vida? ¿Cree de veras el obrerismo español que así, sin m á s ni m á s puede adoptar el tipo de vida del obrerismo norteamericano de los buenos tiempos de la prosperity? O j a l á fuera eso posible. Y o sería el primero en alegrarme. L o que ocurre es que tengo la triste afición a echar cuentas, y en este caso de la posibilidad de una gran vida cu E s p a ñ a las cuentas no me salen. H a solido hablarse varias veces de l a i m presión que- los extranjeros observadores experimentan al venir a E s p a ñ a Madrid, especialmente, les da una sensación de felicidad, de animación y de regocijo desbordantes. Mientras en. otros países se nota el malestar o la incertidumbre de los problemas, cada dia m á s profundos y difíciles, Madrid, con sus hediondos mendigos profesionales y sus periódicos llenos de noticias de asesinatos impunes, se muestra alegre y bullicioso, por calles y cafés, por bares y cines, como si ésta que estamos viviendo fuese la hora mejor del mundo. Como si no hubiera problemas en el mundo, y como si los m á s tremendos problemas éticos, sociales y económicos no se cerniesen sobre l a descuidada tierra de E s p a ñ a Y hay, sin embargo, quien se entusiasma ante este estado público que ofrece Madrid, tomándolo por una prueba de vitalidad; cuando es, desgraciadamente, una demostración de l a mayor insensibilidad e inconsciencia. ¿Y si resultase que el español de nuestros días ha tornado demasiado en serio el cine? Todos los países sienten la imperiosa atracción del c i n e m a t ó g r a f o pero como espectáculo, cautivador, se entiende. E l español va más lejos en su entusiasmo; el español se propone vivir la vida del cine. Nuestros pistoleros, por ejemplo, nada tienen que envidiar a los gangsters estadounidenses, y Sevijla y Barcelona son, n i m á s ni menos, que exactas réplicas, un poco menores en tamaño, que el Chicago de las películas. E n eso del atentado a tiro limpio creo que el español se ha. americanizado como nadie y ha conseguido de veras v i v i r como en el civ. e Hasta en el deporte inocente del baño de muestra M a d r i d su seducción por la película. Sin mar, sin lago y sin río, sin m á s agua que la de unas modestas piscinas, los madrileños hacen en verano tal ostentación del maillot y de los adminículos natatorios, que un v i a jero que no estuviese enterado podría imaginarse que allá por Carabanchel o Vallecas empezaban a extenderse las playas del Atlántico. Y es cosa de ver la vocación con que los jóvenes artesanos se encasquetan los domingos el gorro blanco de los marineros yanquis, figurándose por un momento que ellos pertenecen también a la gran flota del Pacífico. Ilusión de las ilusiones. Y la última ilusión, del español medióles figurarse que no hay nada m á s que v i v i r atolondradamente como en el cine. ¿De qué se trata entonces? ¿Todo esto quiere decir que debemos renunciar a mudanzas y mejoras? P e r o semejante idea sería desatinada. Porque es en vano que nosotros nos opongamos a las mudanzas de la vida moderna, mientras ella se obstine con tal ímpetu en consumar cambios y transformaciones de tanta fuerza, Tampoco podrá nadie contrariar ese impulso de mejora que trae la civilización; ese deseo imperioso de elevar el índice de comodidades en las multitudes. Pero todo ha de tener un l í m i t e el freno que impone la sensatez. Y aquí lo probable es que el español, alegre y confiado por naturaleza, se haya excedido en sus ambiciones. H a creído que se puede vivir como en el cine ha tomado demasiado al pie de la letra las películas, con pistoleros y gorritos marineros y todo, y lo terrible suele ser cuando tenemos que despertar de un sueño de esos. JOSÉ M. S A L A V E R R I A DE RUSIA V e o con satisfacción que algunos de mis compañeros ilustres abordan en estas columnas temas de Rusia soviética, pues creo que es indispensable difundir y generalizar la verdad de ese imperio rojo. E n E s p a ñ a se va a la zaga del conocimiento- de Rusia, y lie comprobado, desde que volví de allá, que mis campañas de advertencias- -muy tenidas en cuenta por los comunistas- -no han ahondado en las esferas, inteligentes, y a la propaganda roja no se opuso n i antes de la República n i después la propaganda nacional preventiva del incendio. E l incendio subterráneo de que fué chispazo la tragedia de Casas Viejas. Que a mí no me fuera dado ser. oída, es comprensible; pero, no hace mucho, l a suprema palabra del Pontífice do al muni do el m á s valioso y emocionante testimonio de lo que ocurre en Rusia y de cómo es el Estado bolchevique. Se han olvidado las revelaciones del Santo Padre y se acogen como inéditas las posteriores noticias de Rusia. Aquéllas, éstas y más, muchas m á s deben orientar la opinión distraída de nuestra sociedad. Como en E s p a ñ a no se ha constituido un ó r g a n o de averiguación y estudio del desarrollo bolchevique dentro y fuera de las Repúblicas de la Unión, son difíciles de alcanzar los plenos conocimientos del sovietismo, tanto más que andan envueltos con alabanzas y ditirambos en libros y folletos de escritores dóciles, huéspedes de Moscú, y enredadas a la profusa flora de la literatura bolchevique. Sin embargo, entre las páginas ds al gunos huéspedes de los Soviets- -españoles, americanos, ingleses, alemanes y j u díos varsovianos- -se perfilan las monstruosidades del régimen y se habla, aunque l i geramente, de que el terrorismo persiste en Rusia como arma gubernamental Buceando en las impresiones semisinceras de los turistas intelectuales, bien acogidos en Moscú, asoma la verdad, aunque disfrazada con el tópico de un génesis de ideas y métodos originales amanece en. R u s i a pero no es en los libros ni en el reportaje sensacional, ni en la sonrisa esquiva de Shaw, donde hay que descubrir el bolcheviquismo. E s en el contacto con los fugitivos, con los renegados, con los aldeanos, que, en éxodo de desesperación, logran entrar en Polonia y Rumania, dejando tras sí los cadáveres de sus hijos, alcanzados por las balas de las guarniciones fronteras. H a y que asistir en Stolpce al canje de comunistas delincuentes y de inocentes, repatriados tras largos suplicios en las prisiones moscovitas. A cambio de los rojos feroces y cínicos hay que cómo llegan harapientas mujeres espantadas, huérfanos enfermos, jóvenes envejecidos en Siberia y míseros sacerdotes. ¡Cómo miran todos! Tiemblan de emoción, besan llorando la tierra de su patria y callan, callan... L o s sacerdotes que tornan de trabajos forzados en las costas del mar de hielo, si en la intimidad familiar y amistosa nos hacen a l guna confidencia de lo sufrido, de l a agonía de sus compañeros que no pudieron resistir las torturas en las islas Solowief, esos sacerdotes nos imponen el secreto de sus confidencias. Quedan muchos allá, cientos de