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ABC tN LONDRES Ruth Draper es, seguramente, l a única persona de nuestra generación dotada del talento artístico suficiente para llenar ella sola, y durante semanas sucesivas, la sala de un gran teatro en una, ciudad como L o n dres, donde una multiplicidad de espectáculos y atractivos se, disputan el favor del público, por numeroso que sea. Su arte es un don en tal grado personal y extraordinar i o que le permite prescindir de la ilusión del decorado y- -salvo en contadas ocasiones- -de la m á s ligera caracterización. Ruth Draper se presenta en escena vestida con un sencillo traje de tarde. L a decoración consiste en un telón de fondo de terciopelo EL ARTE DE RUTH DRAPER castaño y dos telones laterales del mismo color y material. A veces hace colocar en escena un par de mesas y dos sillas, o una butaca, y a veces maneja mientras habla, con distinción y gracia peculiares, un mantón o u n chai pequeño. E s todo lo que necesita para hipnotizar durante un par de horas al público, que, en n ú m e r o invariablemente superior al de las localidades disponibles, Se disputa el privilegio de asistir a sus representaciones, pagando por él precios idénticos a los que rigen para las funciones de coste m á s elevado. Ruth Draper se limita a interpretar unos monólogos, escritos por ella misma con una finura y una agudeza de observación y dé ingenio difíciles de superar. Se presenta sin decoración y sin colaboradores, porque no los necesita; los crea conforme va hablando, del mismo modo que logra crear un ambiente especial para cada una de sus obras. Esto es quizá lo m á s intrigante en su genio: la facultad de evocar con tal fuerza cosas que sólo existen en su imaginación, y, gracias a ella, en la nuestra. L o hace con tan notable viveza, que al recordar sus creaciones después de transcurrido a l g ú n tiempo surgen en la memoria los personajes que creímos ver mientras hablaba, y que vuelven a aparecer en el mismo a m biente donde imaginamos verlos por vez primera. L o que su. cede, y ése es el poder especial de Ruth D r a per, es que la artista obliga al público a colaborar con ella; le fuerza, gracias a un poder que parece magia y es sólo arte, a suplir los huecos hasta llenar el escenario con decoraciones y personajes que por el hecho de ser según cada uno los imagina tienen todavía m á s realidad que si fuesen reales. Sumido en su butaca, el e s p e c t a d o r asiste a la creación de un mundo, y recobra durante unos instantes inapreciables la facultad perdida desde l a infancia de c o n v i v i r con lo inexistente, como convivía, emocionado y lleno de fe, con los maravillosos personajes de sus primeros cuentos de hadas. Ruth Draper tiene un repertorio variado, a m e n o s e n c i l l o en apariencia y profundamente humano. A u n que norteamericana de nacimiento y nacionalidad- -pertenece a una familia muy distinguida de Nueva Y o r k- conoce a los ingleses como pocas personas, y sus interpretaciones de una señora inglesa abriendo una kermesse o enseñándole a una amiga el jardín de su casa- -un jardín no muy afortunado, en el que todas las flores están pasadas o a punto de brotar- -son pequeñas obras maestras de psicología y sutilidad. N o deja de ser irónico el título de Tina de sus creaciones m á s populares. Tres momentos en la vida de un hombre de neno- Ruth Draper en La campesina dalmata una de sits admirables creaciones.
 // Cambio Nodo4-Sevilla