Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
PAGINAS DE Mi ARCHIVO CASTELAR EN EL VATICANO SU SANTIDAD E L PONTÍFICE LEÓN XIII (A visita de Castelar a León X I I I el 10 I de octubre de 1804. que tuvo eco i m L portantístmo en todo el mundo c i v i l i zado, no tengo conocimiento de que haya sido objeto hasta ahora de ninguna crónica n i relato. Salvo las breves noticias telegráficas comunicadas a l a Prensa de todos los países, dando cuenta de u n suceso de tanta trascendencia, nada se ha escrito que pueda ilustrarnos sobre el contenido de una conferencia, que, dada l a calidad de los actores, debió ser de singularísimo interés. E l deseo de investigar acontecimientos de esta índole, que y a aguijaba m i espíritu en aquel tiempo, movió m i voluntad con afanosa constancia, y nada pude poner en cla 10, fuera de la concisa e incompleta información que transmitieron los corresponsales a los periódicos. E l que dio más luz, que fué El Liberal, no l a considero suficiente, n i con mucho, para que el público haya podido tener cabal informe de lo que trataron los altos conferenciantes. S i n embargo, debió ser el mejor servido, porque apuntó alguno de los temas examinados. L o s recursos que tenía a mi alcance para realizar labor tan curiosa se agotaron pronto, y tuve que declararme fracasado, aunque sin renunciar a proseguir m i tarea SJ la casualidad me otorgaba medios para rematarla. L a buena suerte, que en este linaje de pesquisas nunca me h a vuelto en absoluto sus espaldas, puso en m i camino quienes pudieran documentarme, si no de la totalidad EMILIO C A S T E L A R del asunto, de lo más preciso para no quedar en l a completa ignorancia en que me hallaba. U n a temporada que pasé en Roma el año 1807 me dio ocasión de tratar a un religioso, el padre P a t r i c i o Panadero, que desempeñaba hacía mucho tiempo el cargo de procurador general de los franciscanos españoles en l a ciudad eterna. E r a hombre talentoso, elocuente, culto y ejemplar acabado de la democrática y amable llaneza que distingue a casi todos los hijos de San Francisco de Asís. A pesar de l a jerarquía que ocupaba en l a Orden, vivía pobre y humildemente en su convento de Santi Quaranta. Prestamente nos cobramos afecto sincero, que duró hasta su muerte, acaecida veinte años después. E n el curso de nuestras frecuentes charlas, hubimos de hablar del viaje de Castelar a Italia, sobre el cual yo no le había interrog a d o antes, porque ignoraba si él estaba enterado de los detalles que tanto ansiaba y o conocer. Y me alegré que tratáramos de asunto que tanto me intrigaba, porque de l a conversación obtuve más provecho del que podía imaginarme. M e dijo, lleno de u f a n a complacencia- -y no digo que de vanidad, porque su espíritu modesto era incapaz de sentirla- que era buen amigo personal del gran tribuno y admirador entusiasta de su arrebatadora y sublime elocuencia, pero que lo que más hondamente le rendía era un agradecimiento infinito por haber cantado como nadie, en sus Recuerdos de Italia, las glorias del excelso mendigo de l a Umbría, santo entre los santos. Conservo en mis apuntes todo lo gue escuché de sus labios, y he de procurar reproducirlo con exactitud, sin omisiones n i añadiduras, que quitarían fidelidad a l a referencia. P a r a que la información resulte más natural, es preferible que sea él el que hable d i rectamente, en l a misma forma que yo tuve la fortuna de oírlo: L a estancia de D E m i l i o en Italia, y singularmente en R o m a tuvo las proporciones de una verdadera apoteosis. L o s homenajes y acatamientos que le fueron rendidos superaron a cuantos se han tributado a n i n gún extranjero; E l genio, encarnado en nuestra más gloriosa personalidad n a cional, triunfó de manera definitiva y concluyente. Políticos de todos los partidos, art i s t a s h o m b r e s de ciencia, escritores y aristócratas, rivalizar o n e n festejarle y atenderle. Todos los v a l o r e s representativos de la sociedad romana dispensaron a nuestro mágico orador una hospitalidad respetuosa y entusiasta. Cavallotti, jefe de l a d e m o c r a c i a más avanzada, vino expresamente desde Milán a cumplimentarle, y Crispí, jefe del G o bierno y caudillo de la comunidad política más numerosa, abandonó Ñapóles, donde se. hallaba, con el solo fin de darle l a bienvenida. S i en m i alma pudiera tener albergue el o r g u l l o me hubiera envanecido como español al contemplar de qué modo tan señalado se honraba a m i P a t r i a en l a persona del más ilustre de sus ciudadanos. P e r o lo más culminante en aquellos días inolvidables fué, sin duda alguna, su entrev i s t a con el Santo E X P R E S I D E J i T E D E L A P R I M E R A REPÚBLICA Padre.
 // Cambio Nodo4-Sevilla