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El hombre de la careta de cristal Novela de HlWe Stein- Zobeltltz y Hans von Wolsogen TRADUCIDA D E L ALEMÁN POR EMILIO R. SADIA (CONTINUACIÓN) huida. S i n preocuparse del criado, cerró Bennett apresuradamente l a puerta de l a casa. Luego respiró a fondo y se enjugó el sudor de l a frente. Como despertando de un sueño, K i t t y le m i r ó d é hito en hito; sus labios se movían, pero no proferían palabra. Lanzando un sonido ronco se precipitó escaleras arriba, y K i t t y oyó que se encerraba en su cuarto. L a joven le siguió desconcertada con l a vista. E l viejo Cowes se acercó a ella y le dijo, inclinándose, a su oído: -N o le choque a usted aquí nada, señorita Nelson. E l señor Bennett es a veces algo raro... Se puso el dedo sobre los labios y desapareció en la cocina. Bennett estaba sentado al teléfono y repicaba con el colgador como un loco. ¡Scotland Y a r d ¡P r o n t o pronto... E l auricular temblaba en su mano. Pedía nerviosamente comunicación con Maloney, y no quedó tranquilo hasta que oyó su voz clara. -Maloney, no se preocupe usted de Gordon Crawley. Eso ahora no tiene importancia. Pero si fne aprecia usted algo, venga en seguida con unos cuantos agentes de buenos p u ñ o s los ojos. C o n prontitud increíble acabó el dibujo. E r a un retrato perfecto de la joven, sin sombra de caricatura. Pero de pronto K i t t y miró con sorpresa: junto a su retrato había un perfil bien conocido para ella. el inequívoco perfil de Gordon Crawley. Se tra- taba del dibujo que Bennett había hecho ante Maloney. Bennett miró a K i t t y socarronamente. -Este otro es un vagabundo, miss K i t t y un loco de atar. TAs, parece que ya le he proporcionado un refugio en l a cárcel. N o quiero m á s interrogatorios ni tonterías por el estilo. Quiero a n i i quilarlo, exterminarlo, pulverizarlo. Se acabó. A g a r r ó un grueso lápiz y trazó una cruz enérgica sobre la ¡cara de su enemigo. Levantóse luego tambaleando y salió. K i t t y sintió un escalofrío. Estaba ya segura de que no podría permanecer mucho tiempo en aquella casa. Pero luego l a invadió un sentimiento de compasión hacia aquel hombrecillo feo, que seguramente no habría oído nunca una palabra buena. N o obstante, su odio contra Gordon Crawley la había molestado. Desde luego era lamentable que un hombre de tanto talento anduviese con u n traje desaliñado y estuviese siempre borracho; pero tenía tal cara, de bondad... N o podía ser un bribón. ¿D e qué podía conocerle Bennett? Volvió a sentarse a la máquina, para copiar una carta, que su, nuevo jefe le había recomendado con especial encarecimiento. E r a e x t r a ñ o cómo rimaban sus cuadros con su letra. Grandes rasgos oblicuos, perfectamente legibles, a pesar de sus Volutas pero vacíos, impersonales. Volvió a leer la malintencionada epístola de varias hojas, y se la llevó a su jefe. A l llamar a la puerta con los nudillos, se oyó el arrastre instantáneo de unos pies, el estirón de una silla y el pestillazo de una cerradura. Bennett abrió refunfuñando y l a miró, de mal talante. Recogió la carta de su mano... quiso decir algo, pero no le salió niás que un gruñido y cerró de nuevo l a puerta con precipitación. K i t t y volvió desairada a su cuarto. E r a una noche maravillosa. L a luna llena pendía como un disco transparente en el aire claro. K i t t y cerró su máquina. Faltaba una hora para l a salida del tren de Londres, y no tenía prisa. Por; el balcón penetraba un airecillo, todavía caldeado con los últimos rayos del sol. K i t t y se asomó para hacer tiempo. Las siluetas de los árboles parecían agigantarse con su propia sombra. L o s prados eran como tapices extendidos. K i t t y contemplaba traspuesta l a serie de luces que bordeaban l a gran avenida de la estación. Allá, muy lejos, se oyó el confuso jadeo del tren. E n la paz de l a tarde resonaron ocho lentas campanadas. K i t t y se estremeció. E l l a creía que no eran m á s de las siete, Pero le costaba trabajo desprenderse del panorama. Aquella paz la confortaba. Parecía como una charla familiar después de l a faena del día. Y el pensamiento del tren abarrotado la desazonaba. De pronto sus ojos se desorbitaron. Sobre l a alta tapia del jardín, que surgía en la obscuridad a la luz de la luna, se veían dos manos, que buscaban apoyo cautamente por entre los cascos de vidrio. K i t t y contuvo el aliento, y observó, con el corazón agitado, cómo, se alzaba lentamente una figura... A duras penas pudo reprimir un grito. E l hombre de l a tapia oyó su ligara exclamación y m i r ó sorprendido hacia arriba. L a luna iluminó su cara pálida y descompuesta. K i t t y le reconoció nada m á s verle: era Gordon Crawley. Involuntariamente levantó las manos con repulsión. T a m b i é n él debió de verla, pues de repente se dejó caer de espaldas. K i t t y oyó el ruido de sus pasosj que se alejaban vfloees. Su primer sentmienlo fué acudir a Bennett. Pero pensó éñ las venenosas palabras, que había pronunciado sobre Crawley, j K i t t y estaba sentada ante su máquina de escribir, cavilando sobre l a e x t r a ñ a conducta de Bennett. Acababa de verle otra vez en el j a r d í n blandiendo un. revólver y llevando de l a cuerda al perro arisco. Luego había oído voces, fuertes y suaves, y por último carcaj a d a estridentes. Cuando salió al balcón, Bennett levantó los ojos hacia ella y la saludó con ademán malicioso. Luego desapareció tras l a esquina de la casa. L a puerta volvió a encajarse. Retumbaron sus pasos en l a escalera, pidió a gritos whisky, y todo, quedó en s i lencio. K i t t y se alzó de hombros y volvió a la correspondencia que Bennett le había entregado. E x t r a ñ o s documentos. Irónicas cartas de queja, dirigidas a Museos y ministerios. Varias contestaciones de éstos y formularios impresos en blanco. Á veces, un pequeño Museo provinciano aceptaba, agradecido, un cuadro. Entonces Bennett escribía prolijamente, dando instrucciones sobre l a mejor manera de colgar l a preciosa pieza, sobre el marco que mejor le cuadraba. L a mirada de K i t t y se paseó sobre los cuadros que llenaban las paredes. E r a n siempre los mismos temas: el mar en todas las fases íle su movimiento; sólo el equipo variaba cada vez. K i t t y no entendía mucho de arte, pero se daba cuenta de la extraordinaria exactitud de todos los detalles y de l a absoluta falta de todo lo que significa sentimiento y corazón. L o s detalles estaban pintados como con lupa, pero de l a grandiosidad del mar, del cambiante reverbero de l a luz sobre el agua, no se descubría l a menor huella. ¿L e interesa a usted el arte, miss Kitty? -oyó de pronto decir a Bennett con su voz zumbona. E r g u í a s e en la puerta, y su cara se había puesto casi azul. -Tenga mucha cautela para formular su juicio. A l a gente le gustan hoy las chafarrinadas, los lamparones. E s la gran época de los ignorantes. Pero no hay que molestarse, miss K i t t y Aunque no quieran mis cuadros, he de hacérselos tragar a l a fuerza... Se tambaleó por el cuarto y se dejó caer pesadamente en una butaca. U n a nube de whisky le envolvía. -Y o creo que nos vamos a entender muy bien, miss Kitty- dependerá todo de usted... Hace un instante perdí un poco el dominio de mis nervios; pero fué tina pequenez, una cosa sin importancia... Conmigo es fácil entenderse. Otros hay tan raros como yo... L a m i r ó fijamente y sacó un bloque de cuartillas del bolsillo de ía chupa. K i t t y observaba con curiosidad su mano ágil, que resbalaba segura sobre ebpapej, aunque apenas podía mantener abiertos W (Cotttiitmrtii