Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
El hombre de la careta de cristal Novela de Hllde Steln- Zobeltftz y Hans von Wolzosen A D U C I D A D E L ALEMÁN POR EMILIO R. SADIA CONTINUACIÓN) cliecito de carreras, que marchaba delante, lanzaba un sonido c h i Uóu, que repetía a distancias rítmicas. Se habían acercado m á s al faro trasero, y J i m asediaba. al auto rojo con una ardorosa sensación de triunfo. L a distancia era cada vez m á s pequeña. Parecía como si el perseguido se hubiese parado. A l trémulo resplandor de los reflectores pudo J i m distinguir la figura del chauffeur, que con su gorra ajustada y sus gafas negras parecía un soldado provisto de careta contra el gas. Alzó el chauffeur el brazo derecho sosteniendo un objeto alargado y obscuro. U n a chispa corrió por l a obscura v a r a una cinta de fuego surcó el espacio, y de pronto el cohete luminoso estalló, inundando los alrededores con un torrente de luz blanca. Powell y Maloney cerraron involuntariamente los ojos. Con un supremo esfuerzo pisó J i m sobre el freno y se apoderó del coche. E l cerebro le dolía por l a repentina e implacable claridad. Sintió que Powell le sacudía con angustia y se esforzó por abrir los párpados. Pero sus pupilas parecían taladradas por agujas, hasta que poco a poco se le fueron acostumbrando los ojos a la penumbra. E l viento jugaba en las copas de los árboles, y ni el menor zumbido de motor indicaba en todo el contorno por dónde el cochecito rojo había desaparecido... VIH L a ciudad se desperezaba en una m a ñ a n a gris y calofriante. P o r l a noche había llovido, y todavía caían gruesas gotas de las ramas, cuando el viento las sacudía. J i m Maloney estaba sentado, de mal humor, en l a pequeña terraza del Hotel Maidon, de Redbridge, examinando minuciosamente el j a r d í n mojado. D i r i g i ó una mirada a Powell, que mascaba distraído una brizma de hierba, y, levantando con desesperación la tapa de l a tetera, revolvió el líquido y dijo: ¿Crees t ú que h a b r á sorpresas en l a apertura del testamento? Powell se encogió de hombros sonriendo y dictaminó salomófiicamente: ¡T a l v e z! Pudiera ocurrir que averiguásemos algo sobre Ester Morlington. E l viejo debía de estar convencido de su existencia; de lo contrario no le hubiese matado tan fulminantemente el telegrama con l a noticia de su muerte. Pero vamos a desayunar a toda prisa, porque son ya las ocho. Y la noche última ha sido algo agitada. -L a mejor sorpresa para mí sería que apareciese ahora por esa esquina un cochecito rojo, con un diablo de conductor que llevase gafas negras. Y suspirando pensativo, untó Maloney una tostada con una bolita de manteca. E n el despacho del notario no parecían prepararse sorpresas. L a mortecina luz, que se filtraba por los visillos, se mezclaba con el pálido fulgor de las mustias lámparas que pendían del techo. B i r d se había puesto una levita mugrienta, que se ceñía mucho al talle y aleteaba fantasmalmente en torno de sus largas piernas. Su blanco rostro, con ridículo bigote, se volvía solemnemente hacia los circunstantes, que se agrupaban silenciosos y sombríos en torno de l a mesa. J i m y Powell habían llegado muy a tiempo y se hallaban al fondo de l a habitación. -Y a veo que no falta vigilancia- -les dijo Bennett zumbonamente, gesticulando con sus brazos de mono- E n todas partes nos encontramos, Maloney. Pero ya se va acostumbrando uno a la Policía. J i m torció el gesto y presentó a Powell. T a m b i é n se lo presentó a Lady Elbersville, que le hizo una seña amistosa. E n seguida los dos inspectores se retiraron discretamente al hueco- del balcón. E l notario B i r d carraspeó y empezó a decir con voz velada: -Tengo l a misión de dar a conocer a los comparecientes la) última voluntad del Sr. Morlington. Cogió en l a mano un sobre sellado, sacó una plegadera de un raído estuche de cuero, y empezó a rasgar el sobre lentamente. E l testamento se había hecho pocos meses antes y llevaba las firmas de Lady Elbersville y del notario como testigos. Nombro heredero universal a mi hijo Ralph Morlington, en caso de que todavía viviese. N o he de ser yo quien juzgue a mi carne y m i sangre. Que Dios le perdone sus pecados, como yo espero el perdón de los míos. U n ronco murmullo turbó el solemne silencio. Todos los ojos se volvieron a Bennett. Pero éste miraba fijamente al tapete verde de la mesa. E l notario se limitó a encogerse de hombros, y siguió leyendo: S i mi hijo Ralph no viviese ya, instituyo heredera universal a su hija Ester, de quien estoy convencido que todavía vive ¡U n muerto que hereda a otro! -dijo entre dientes Bennett. Pero el notario no se dejó interrumpir y prosiguió con voz monótona: E n todo caso exijo que, desde el día en que se abra este testamento, se publiquen edictos durante dos semanas en todos los grandes periódicos de Inglaterra, invitando a m i nieta a presentarse, y que se prometa una recompensa de m i l libras a quien demuestre inequívocamente su existencia o su muerte, recompensa que se ha de pagar con el capital de la herencia. S i Ester M o r lington no viviese ya, serán considerados como herederos míos mis tres primos MacReadon, B l a i r h i l l y Bennett. L a herencia se ha de repartir por igual entre los tres o entre los que vivan al tiempo de mi muerte 1 L o s labios de Bennett se estremecieron, pero se dominó y no levantó los ojos de sus manos plegadas. E l notario siguió manifestando que, en caso de que no hubiese ya herederos, se habían de hacer determinadas fundaciones benéficas. P o r último dio cuenta de algunos legados, mientras Bennett sonreía con marcada insistencia. Nombro albacea a m i querida amiga Lady Elbersville, a la que agradezco el cariño que me ha demostrado, y l a ruego una vez m á s con toda el alma que ponga el mayor empeño en encontrar a mi nieta, de cuya existencia ella también está firmemente convencida. E n especial la ruego que prosiga sus pesquisas para dar con Fanny Clapham, para lo cual pongo también a su disposición m i l libras Maloney dio un salto en este momento. ¿Q u é nombre ha pronunciado usted, señor notario? Quiere usted repetirlo? -Se habla de, Fanny Clapham, antigua niñera de Ester, en casa de Ralph Morlington. Y el notario prosiguió solemnemente: -De todas las personas que se nombran en este testamento, sólo usted, Sr. Bennett, vive actualmente. Dígame, pues, si acepta l a herencia... Bennett se levantó lentamente. E n sus ojos triunfaba un malicioso fulgor, y con voz ronca empezó a decir: -Yo... ¡Un momento! -interrumpió el inspector Maloney acercándose a l a mesa- Entiendo que el Sr. Bennett no es el heredero. U n a silla cayó con estruendo a tierra. L a boca de Bennett estaba contraída, y sus labios temblaban. ¿M e quiere usted dar m á s explicaciones, inspector? -Desgraciadamente no estoy en disposición de darlas to iContinmrá j
 // Cambio Nodo4-Sevilla