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il hom Hablando entre dientesf ayudaba Bennett al operario. No hacían más que tomar medidas, martillear y tender cables eléctricos. De uri paquete, lleno de viruta, sacó el pintor amorosamente una gran lámpara, en que se reflejaron todos los colores del iris. Con la ma or precaución volvió a empaquetarla, se acurrucó en su sillón, y se quedó mirando al sudoroso mecánico, que en. aquel momento estaba atornillando una máquina extraña sobre un estante. E l ajetreo había puesto nervioso a Bennett. Miró al reloj y empezó a pasear de un lado para otro. De repente se dirigió a la puerta. Si necesita usted algo, maestro, llame usted al timbre. Tengo que dejarle encerrado. Y a sabe usted que esta instalación debe quedar secreta. Como le tengo dicho, estoy probando los efectos de la luz sobre unos colores nuevos que yo he inventado, y hasta que no llegue a un resultado definitivo, es menester que el público no se entere. Hay que tomar precauciones, porque no faltan envidiosos. Bennett salió del estudio y cerró por fuera. Se quedó escuchando un instante, y se trasladó a la habitación donde solía trabajar Kitty. Sobre la mesa, junto a la máquina cuidadosamente tapada, había rimeros de papel. Nervioso, dio unas cuantas vueltas alrededor de la mesa, y por fin se decidió. Quitó de golpe la cubierta de la máquina y se sentó al teclado. Su frente se frunció en pliegues pensativos, y con mano torpe introdujo una hoja blanca. Buscando penosamente las letras, empezó a teclear. No tenía costumbre de aquel trabajo, y hacía unas muecas de mono. Por fin terminó, y pasó la vista por los renglones con semblante satisfecho. Le debieron de complacer mucho, porque en- svis ojos brilló una luz maligna, y la sonrisa con que plegó el papel y lo metió en el bolsillo no significaba nada bueno, r Retrepado en la silla, miró a lo lejos. Alguna idea le regocijaba. Empezó a frotarse las manos, y su sonrisa se hizo cada vez más diabólica. De pronto miró al reloj, dio un salto y acechó por los visillos hacia el jardín. U n vestido claro brilló a la luz del sol; por la anchurosa avenida. se acercaba Kitty hacia su casa. Girando rápidamente, Bennett volvió hacia la mesa, levantó en sus manos la máquina y la estrelló contra el suelo... Kitty se quedó asombrada, cuando vio que el verde batín de Bennett salía flotando a su encuentro. E l pintor mismo le abría la puerta y le tendía la mano. Por un instante Kitty vaciló en estrecharla. E l relato. de Crawley había exacerbado su repugnancia hacia el odioso gnomo, y estaba firmemente resuelta a dejar de trabajar para él lo más pronto posible. Pero la amabilidad de Bennett la desarmó. Después de muchos cumplidos, después de ayudarla a quitarse las prendas de calle, la acompañó personalmente al piso de arriba. Ella abrió en silencio la puerta y retrocedió asustada. Por el balcón abierto revoloteaban alegremente papeles blancos y azules; sobre el suelo yacía la máquina de escribir, con las teclas dobladas y el carro desencajado. -Yo no tengo la culpa, señor Bennett- -dijo volviéndose a pintor, que se había quedado a la puerta- Ayer quedó la máquina en su sitio, y juraría que la tapé con todo cuidada. E l viejo se echó a réir histéricamente. -Lo creo, miss Kitty, lo creo. Pero no tiene importancia. I Vaya! No ponga usted esa cara, tan triste; no hay que preocuparse tanto por ese cacharro. Después de todo, hace tiempo que quería comprar una máquina nueva. Puesto que ella misma se ha suicidado, irá usted conmigo a elegir otra. ¡Que se lleve Cowes en feeguida este armatoste a! basurero! Kitty le miraba desconcertada. Menos mal que Bennett lo tomaba tan a broma. Aunque resultaba un poco extraño que aquel Viejo avaricioso soportase con una sonrisa el misterioso desaguisa- Novela de Hllde Steln- Zobeitite y Hans vm Walzogen TRADUCIDA D E L ALEMÁN POR EMILIO R. SADIA CONTINUACIÓN) areta de cristal do. Mas le hubiera gustado a ella que, se hubiese enfurecido. Bennett paseaba inquieto de un lado para otro. L a joven leobservaba y callaba. Por fin, se detuvo pensativo ante ella y dijo: -Voy a pedir a usted un favor, miss Kitty. Hoy mismo, sin falta, tengo que mandar una carta muy importante... pero muy importante. Ahora, ya sabe usted lo que a mí me cuesta escribir. Pintar, todo lo que quieran; pero escribir, ni una línea. Tengo el pulso demasiado temblón, y no hay quien lea mis garabatos. Sin embargo, se trata, como digo, de una carta muy importante. Y como ese destrozo no tiene remedio, yo le agradecería a usted que me escribiese la carta a mano. Kitty asintió, algo extrañada. Y Bennett siguió diciendo, muy locuaz: -Es usted muy buena, miss Kitty. ¡Si tuviera usted un poco de comprensión para mí! No me diga usted nada. Y a sé que a veces soy algo raro. Achaque de los artistas. Pero a mí hay que saber tratarme, y entonces me presto a todo. La expresión compungida de su semblante puso a la joven en guardia. Aquella humildad la repugnaba y al mismo tiempo la desarmaba. Sentóse, pues, a la mesa, sin decir palabra, y cogió un pliego. -No; no coja usted ese pliego con membrete. Coja usted una simple cuartilla blanca. Insisto en que se trata de una carta muy importante. No se admire usted de su misterioso contenido. Y a le he contado a usted en alguna ocasión... ¿O no se lo he contado? Bueno; es que he hecho un invento, ¿sabe usted? Vamos a ver. Empiece sin encabezamiento, así sencillamente: Tengo que hablarle. Venga usted mañana, miércoles, a las once de la noche, a Bennett House. Le espero sin falta. Encontrará usted abierta la entrada. Sea usted puntual. Espero poder proporcionarle lo que usted desea. Suyo afectísimo... ¡Eh, aguarde -dijo Bennett de pronto con el rostro desencajado- ¡Qué tontería! ¡Qué idiota soy! Kitty levantó asustada los ojos, pero el gesto de Bennett se había ya transformado en una sonrisa. -No, nada; es que estoy un poco nervioso. ¡Tengo tantas preocupaciones! L a cuestión de la herencia también me preocupa. Figúrese usted: Mañana me quedo completamente solo en casa; Cowes tiene que salir de viaje con urgencia. Bueno, mire usted; tendremos que emplear otra fórmula; ésa es demasiado fría para mi amigo. Perdóneme usted y escríbame otra vez la carta poniendo debajo: Le saluda cordialmente Así suena mejor. Kitty obedeció y comenzó de nuevo. E l viejo la miraba atentamente, y cuando quedó terminada la carta, la repasó una vez más con todo cuidado. Sin darse cuenta, estrujó en la mano el borrador y lo guardó en su batín. -Por hoy, miss Kitty, no hay más que escribir. Cowes se llevará ese armatoste, y ya compraremos una maquinita nueva que a usted le guste. E l viejo la miró sonriente y le tendió la mano. -No olvide usted, señor Bennett, que a fin de mes terminarán mis servicios en esta casa- -dijo fríamente Kitty- Y si pudiera ser antes, yo se lo agradecería a usted. -Es usted muy obstinada. Lo siento. Yo trabajo con usted muy a gusto. ¿Quiere usted más sueldo? ¿Qué podría yo hacer para que usted cediese? Daría usted una gran satisfacción a esta pobre viejo, y- yo estaría dispuesto a cualquier sacrificio. Kitty le miró con fijeza; le pareció que el viejo estaba realmente triste. Su cara se babía puesto seria. L a eterna sonrísilla, que tanto la desazonaba, había desaparecido. L a joven empezó a decir con- timidez; CCoiúinmrá. y