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DIARIO ILUSTRADO. AÑO V 1 GESIMONOVENO 10 CTS. N U M E R O DIARIO i L U S T R A DO A Ñ O V I G É SIMO N O V E N O 10 CTS. N U M E R O F U N D A D O E L i. D E J U N I O D E 10,05 P O R D. T O R C U A T O L U C A D E T E N A LA PATRIA DE LOS ILUSOS Nosotros tenemos una gran reputación de bebedores de café. Todo español está convencido de que le gusta mucho el café, y realiza, en efecto, cualquier sacrificio por absorberlo diariamente. Pero aquí sucede un fenómeno que se va repitiendo con alarmante multiplicidad en nuestra vida nacional: el café que se cree que está bebiendo el español es una especie de fantasía. N o existe semejante café, porque lo que el español medio toma como café es otra cosa, quién sabe de qué extrañas materias compuesta y de un sabor, desde luego, perfectamente desagradable. Pero como el público sigue sin notar la mixtificación y bebe tan contento un café que no es café, nos encontramos con esta otra fantasía: el español, en realidad, no es aficionado al c a f é sólo le gusta el nombre del café. Y o puedo hablar un poco de este asunto porque soy un vicioso y un devoto del buen café. Es uno de ios escasos vicios que puedo consentirme, y adonde quiera que me llevan mis pasos de viajero lo primero que investigo es ¡a posibilidad de encontrar un café agradable. H a y países cerrados al café. H a y otros países, en cambio, donde uno se siente seguro, dichoso, porque toda l a atmósfera se encuentra saturada del profundo y d i vino aroma de la genial bebida. T a l por ejemplo, las Antillas... Con justicia proclama la letra del lindo danzón ¡T o d o s los negros tomarnos c a f é! Y es verdad. E l último de los negros de Cuba- o Puerto Rico fíosee la dicha de saborear un cafe admirable, que se encuentra en cualquier esquina por muy ñoco dinero, y quien ha probado T i u e l l a felicidad de bebida tónica; estimulante, aromática, densa y alegre, queda para siempre esclavo de una ambición. L a ambición de encontrar en E s p a ñ a una cosa parecida. Y no la encuentra. Y o no encuentro en E s p a ñ a m á s que mucha gente que concurre a los cafés, con diaria obstinación; gente que compra cafeteras especiales de última invención para hacerse en su casa un café de confianza: sólo encuentro una nación entera convencida de que está tomando café, de aue 1 c gusta el r fé irías que a nacli v del mundo, y en realidad está injiriendo i na especie de droga dpsanacible. sm nerfume, de un agriar molesto y verdaderamente antipático. Y muy cara además. P é le pasa, entonces, al español? Diríase el- hombre que se alimenta de mitos. Este del café es un caso; aero de eiemplos- semejantes se halla renleta vida nacional. N o sabemos si ha sido siembre así la. H u manidad española por el momento ofrece E s p a ñ a l a imnresión de un país que se mueve dentro de un mundo pecuh ar. un; mundo an- -te en me la? ficcionro. Vos si styHitivos v las apariencias toman el lugar de la realidad. Su sentido crítico es tan limitado, o su conformación- m e n t a l tan extraña, eme puede estar, costeándose un brebaje agrio, r -V absorberlo r o n entusiasta vocación como si fuera verdadero café y no acaba de eni orare También se figura, riue le gusT i extraordinariamente el café, v hace- gala de ello, y se equivoca: no- puede gustarle el café, núes de otro modo renuncio ría a tomar esa cosa desagradable que bebe. De igual manera se figura, que es un grande v experto, un delicado fumador, y no hay, sin v 1 embargo, un tabaco tan pestilente, tosco y fiero como el que en España se fuma. P o r Aanto, no tenemos luego razón para maravillarnos de que el español se figure en. política todas- esas cosas que corrientemente suele figurarse. U n país que manifiesta tal aptitud para nutrirse de mitos, para v i v i r de fantasías y para tomar el rábano por las hojas, no es e x t r a ñ o que crea que su actividad parlamentaria es tan fecunda, tan asombrosamente fecunda, que debe apresurarse a construir otro palacio del Parlamento mucho m á s grande, el- más grande del mundo, si es posible. Dejemos aparte la Marina, la poderosa M a r i n a que se figura poseer porque tiene a Companys al frente de ella. ¿Y el socialismo? L a admirable cultura socialista que se cree el español que poseen nuestras masas disciplinadas? De pronto nos encontramos con esta sorprendente declaración que Corpus Barga, d i rector de Luz, le dirige a J u l i á n Zugazagoitia, directo: de El Socialista: E s un tópico falso eso de que los socialistas han educado a las masas en España. ¡Cómo las iban a educar! ¿E s que hay so cialistas en E s p a ñ a? M e parece que sobran los dedos de una mano para contar en este país a los socialistas auténticos. Pues si nuestro famoso y alabado socialismo es también una quimera, todos los demás absurdos quedan explicados y justificados. Así es como se aclara decisivamente nuestra posición en la v i d a el pueblo que se alimenta de mitos. E l pueblo que inventa la frase del que te crees tú eso... E n efecto, ahora mismo se creen muchísimos compatriotas que E s p a ñ a goza en el; mundo de una gran autoridad, de una gran reputación, y que en el extranjero se preocupan grande- mente de lo que hacen nuestros valerosos políticos; cuando lo exacto es que hoy ¡m a g nífica humorada del destino! si E s p a ñ a suena algo en el mundo es porque Truena, montado en su bicicleta, traspone los collados con singular ardor en la inocente y competida Vuelta a F r a n c i a JÓSE M a Y o vengo haciendo profundos estudio 3 sobre la psicología de ios fantasmas, y puedo asegurar que no aman T a popularidad, y son de caiácter huraño y contradictorio. N o acuden cuando se les espera, y se aparecen cuando no se piensa en ellos; desde luego, huyen de las muchedumbres y de los niños, aunque éstos no sean m á s de tres o cuatro. Un señor amigo mío siente una gran curiosidad por conocer personalmente al fantasma que habita en la casa alquilada por él; pero yo le he hecho comprender que el trasgo no se mostrará muy propicio a presentarse ante sus tres niñas, diablejos encantadores, que esperan animosamente al huésped misterioso. L o s fantasmas no carecen de cierta cultura, y se han leído casi todos ellos a Osear W i l c é Por. eso conocen la dolorosa experiencia de su compadre de Canterville. También frecuento otros dos grandes palacios, con su buen fantasma cada uno de ellos; pero todavía no puedo decir que los conozco de cerca; a ú n toda mi experiencia sobre tales aparecidos se funda en relatos ajenos; pero son de personas honorables y serias, a las que se puede creer ciegamente. E n una de estas mansiones ya gozo de cierta confianza, y estoy madurando un proyecto, que acaso me dé provechosos resultados: se trata de un cepo para cazar fantasmas. Es algo ingenioso, cuyos dctalles no les explico por si llega un ejemplar del A B C a sus manos. Es suficiente con que sepáis mi propósito de exportar a E s p a ñ a los. fantasmas que vayan cayendo en mi poder. Ciertamente, en E s p a ñ a no tenemos u n fantasma que pudiéramos llamar presentable. Recuerdo haber visto uno en mi n i ñ e z pero era algo bochornoso y mísero. P a saba bajo mi balcón de diez a once de l a noche, arrastrando una miserable cadenilla de romana, y lucía una túnica blanca de nazareno, manchada de v i n o cruzaba l a calle, ocultándose bajo la sombra de las acacias, y entraba en el portal de una casa, vecina, donde vivía una señora viuda, j o ven y no mal parecida. pero a quien motejaban sus amigas con adjetivos despiadados. Cuando era la hora, de acostarnos, la criaría vieja nos decía: ¡Vamos, ñ e ñ e s a la cama, que debe ser muy tarde... j Y a ha pasado el fantasma... Esto no creo que s? puede presentar por un modelo en su g é n e r o y aun todos los que yo he conocido en España no son de mayor importancia. í Pero un buen fantasma romano sería otra cosa. L o explotaría en las ferias, y luego se lo o f r e c e r á al Patronato del Turismo. Creo que para estos señores habría de ser una adquisición conveniente. halia níluye el turismo en mayor abundancia que a. España, y no me dejo llevar del amor patrio al asegurar que Toledo. Avila. S e g ó- vía y aun. otros lugares pueden compararse ventajosamente con las más interesante ciudades del mundo, Pero nos falta un fantasma... U n fantasma, meior aun. dos fantasmas, serían tina competencia ruinosa para Italia. S i además, tenia yo la suerte de enjaular a dos de distinto sexo, podría dar origen a una excelente y provechosa raza de fantasmas. Sólo encuentro un probable inconveniente. He de confesar que ignoro si a estos seres misteriosos les sucede lo que a ciertos anímales, que no se reprcx ducen cuando están enjaulados. MARIANO TOMAS SALAVERRIA ABC EN ROMA Hablemos de fantasmas Nosotros, en España, tenemos un espectáculo nacional que nos envidian los países extranjeros: la fiesta de toros. Pero Roma tiene sus fantasmas, Y son fantasmas de verdad; no literarios, ni de r u n r ú n de comadres lo que se dice fantasmas serios. E s cierto que el espectáculo de los fantasmas romanos no es público, como los toros, ni siquiera se reparten invitaciones, ni se anuncian para una hora determinada. Comprendo que ello es fastidioso para quienes tengan sus horas de diversión y de trabajo bien distribuidas; pero es más i n teresante para los que amamos lo imprevisto. Generalmente, habitan en los viejos palacios del Renacimiento, y no hay una m a n s i ó n señorial que se estime en algo que no tenga su buen fantasma. Cuando se ofrece una fiesta en alguna de estas moradas, los invitados acuden con la vaga esperanza de que coincidan ia hora de la recepción con la del diario paseo del fantasma; pero muchas veces quedan defraudados. Roma, julio, 1933.