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En España Femenina Esta entidad ha celebrado el cuarto aniversario de su fundación. Elementos directivos, socios protectores y varias asociadas, de uno de los actos conmemorativos. (Foto Albero y Segovia. opuestas y contradictorias al punto que, atemperándose elEstado a una de ellas, hiere a las demás. Y cuando, como es regla en todos los países de nacionalismo económico, actúa al dictado de la industria, el comercio, la agricultura... l a gran masa de población resulta empobrecida. E n realidad, economía dirigida es función bien distinta de esas interpretaciones particulares de la intervención del Estado. Consiste en establecer reglas inspiradas en el interés general. Pero apenas se analiza el concepto se advierte que es utopía manteniendo la actual contextura económica de los países. D i r i g i r la economía nacional i m plica poner un cierto orden, y este orden exige la desarticulación completa de una estructura, resultado de intereses superpuestos y amalgamados. L a economía dirigida que exige el sacrificio del principio autárquico, no parece posible sino en el plano internacional, mediante mutuas compensaciones de las economías nacionales, hoy antagónicas. Cómo llegar a esas compensaciones? ¿Cómo lograr que el país X renuncie a las posibilidades industriales que tiene en potencia para hacer posible la continuación de la capacidad manufacturera del país Z? Si teóricamente se bosqueja un método, éste se demuestra impracticable. E s la consecuencia de la enorme disparidad entre 3o s distintos desarrollos que alcanzaron las diferentes manifestaciones económicas de los pueblos. E l desnivel impide establecer un ¡sistema de compensaciones nue. no sólo permita la convivencia sir, ¿res de la economía ¡lesarrollo futuro d ria ernbrionarios l después todas las naciones es, como hemos visto, una tendencia a perpetuar el desnivel, de modo que perdure la situación de privilegio que exista en uno, o bien lograr el traspaso de la ventaja. Ahí encontramos la explicación del fracaso de la Conferencia mundial de Londres, fracaso que se anunció con antelación ai momento de la apertura. Pudo pensarse en una mayor eficiencia respecto de otras en la que sólo tomaran parte técnicos y peritos, porque en la Conferencia de Londres intervenían los hombres responsables de los Gobiernos en las naciones convocadas. M a s la conclusión era falsa, por ser falsa la premisa de la autoridad existente en los gobernantes para dirigir las respectivas economías. E n realidad, son mandatarios de los elementos que forman esas economías rivales, bien dispuestas a la intervención del Estado cuando les favorece, y opuestas a ella cuando puede significar obligación. Los gobernantes reunidos en Londres respondían al principio de la autarquía, muy extendido v generalizado por el mundo, pese a todas las declaraciones solemnes de espíritu internacional. Bastarse a sí mismo parece ser el ideal; más todavía, no comprar nada fuera y vender mucho al exterior. T o dos aceptan que hay una interdependencia económica, pero sólo en función del propio beneficio, y nadie está dispuesto a ceder una parte del programa autárquico. Igno. ramos si aún quedan esperanzas en la solución de! problema por las Conferencias internacionales: el desenlace de la última ha sido grar los factoen todo caso desalentador. Y sin embargo, o también la conciencia de la necesidad de la econolentos mía dirigida se arraiga cada vez más en los Isalvar pueblos, no por identificación teórica con la sistedoctrina, sino por sufrir las consecuencias ob dedel desorden. Pero en ANTONIO A Z P E I T U A 4 AL MARGEN D E U N A S MEMORIAS Nunca es tarde para comentar un libro, y menos ahora que las vacaciones estivales invitan a la tranquilidad y a la lectura. Pero sobre todo tratándose de una obra tan i n teresante como las famosas Memorias del general Mola, director de Seguridad desde la caída de la Dictadura de Primo de R i vera hasta el. advenimiento de la republicano- socialista el 14 de abril de N o voy a insistir más sobre los desastres y las sucesivas claudicaciones que acumularon el Gobierno Berenguer, primero, y después el inconsciente gobernante y asiduo lector de Rocambolc, ese almirante A z nar de infausta memoria. Porque poco tendría que añadir a lo que he publicado en La caída de un Trono, como no fuera el reforzar mis acusaciones, con nuevos datos, contra determinadas personalidades políticas cuya ceguera, ligereza y complicidad con los enemigos de la Monarquía entregaron a ésta cu bandeja al Comité revolucionario. Pero algo quiero decir aquí respecto a la responsabilidad que recae sobre el general M o l a en aquella desdichada etapa de desgobierno, así como rectificar una alusión que hace a mi mencionado libro en el tomo tercero de sus Memorias. Se trata, desde luego, de una obra interesantísima, que habrán de tener muy en cuenta los historiadores del porvenir para conocer, no sólo el ambiente político y social de España entonces, sino el derrotismo escéptico que paralizaba la voluntad de aquellos abúlicos gobernantes. Desde las primeras páginas M o l a se capta las simpatías del lector por la modestia con que se expresa ante el público. Su prosa llana, sencilla, tiene el tono inequívoco de la sin-