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II hombre de la careta de cristal dovela de Hllde Steln- Zobeiíitz y Hans von Wolzogen TRADUCIDA D E L ALEMÁN POR EMILIO R, SADIA (COimNUAqiON) fortaleza, cuando ele pronto la puerta se abrió otra vez, y el criado le invitó a pasar mascullando disculpas. -Como nunca he tenido nada que ver con la Policía, me he llevado un gran susto... Perdóneme usted, señor inspector. J i m miró en torno del pequeño vestíbulo. Unos cuantos muebles de abedul brillaban de puro limpios contra las paredes, tapizadas de flores. U n pequeño espejo reverberaba en su marco de oro. J i m entregó al anciano su sombrero diciendo: -Quisiera hablar a l a señorita. De l a contestación a esta frase dependía todo. Los dedos de J i m SP. enclavijaban nerviosamente. Pero el criado se inclinó dócilmente y desapareció por la escalera. -B i e n voy a llamar a l a señorita Ester... Maloney respiró. L a batalla estaba ganada. ¡Había una heredera de los Morlington! E l viejo volvió a bajar penosamente la escalera y dijo: -L a señorita Ester vendrá en seguida, señor inspector... L e ruega que haga el favor de esperar un instante. Haciendo una inclinación, hizo pasar a J i m a una sala, cuyos hermosos muebles antiguos y variadas estampas cautivaron en seguida su ánimo. Se abrió l a puerta y apareció en el umbral una joven de unos veintitrés años. Las delicadas facciones de su cara despertaban l a simpatía; sus grandes OJCS obscuros mostrábanse ligeramente velados, y las largas pestañas comunicaban a su mirada algo de misterioso y a la vez ingenuo. P o r el peinado de raya, con pelo recortado, y la esbeltez de la figura, estrecha en las caderas y ancha er. los hombros, parecía casi un muchacho disfrazado. -Y o soy Ester Nelson, señor inspector. M e ha dicho Bob que viene usted de Scotland Y a r d y quiere hablar conmigo. N o comprendo cómo puedo merecer el honor de excitar su interés, pero estoy dispuesta a darle toda clase de informes. -P a r a poner en claro el asunto de una herencia, necesito recoger unos cuantos datos, señorita. Y como el apellido Nelson es tan corriente, tengo que hacer averiguaciones en muchas familias. Pero no l a molestaré a usted mucho tiempo, y en caso de tener que comunicarle alguna novedad, siempre sería una novedad agradable. ¡Un momento, señor inspector! -dijo Ester Nelson con un rápido ademán- Todavía no me he desayunado, y como probablemente tendremos que charlar un rato, podría usted acompañarme durante el desayuno en el jardín. Sin esperar respuesta, marchó delante por la amplia puerta de cristales. E n el jardincillo había preparado Bob l a mesa del desayuno con cariñoso esmero. Lindaba con el jardincillo, por un lado, la pequeña casa de campo; por la derecha y l a izquierda se extendían estacadas, disimuladas con arbustos; y el lado frontero estaba cerrado por un garage... o algo parecido. -Y a puede usted empezar a preguntar- -dijo sonriendo Ester, mientras ofrecía al inspector una taza de té. -P r o c u r a r é que mis preguntas sean lo m á s breves y objetivas posible. ¿V i v e n sus padres todavía? L a cara de Ester Nelson se ensombreció. -N o a mí padre no le conocí siquiera, y mi madre me abandonó, cuando yo era todavía muy pequeña. Viajaba tanto por el mundo que l a veía muy raras veces, y siempre estuve confiada a l a custodia del viejo Eob. Este ha cuidado de mí como una madre. E n uno de sus largos viajes murió mi madre también. Todavía no hace mucho tiempo, y desde entonces vivo completamente retirada, con los escasos medios de fortuna que me dejó. Bob los administra, admirablemente. ¿T i e n e usted documentos que se refieran a su nacimiento? -Tendremos que preguntar a Bob. E l ha sido quien se ha encargado siempre de las cosas del registro y formalidades de ese orden. Ester agitó una campanilla de plata, y al presentarse el criado le dijo: -Bob, aquí el señor inspector quisiera ver mi certificado de nacimiento y toda mi documentación. Supongo que todo estará en orden, ¿n o es verdad, viejo? M i r a que, si no, nos llevará presos. L a joven le sonrió alegremente; pero el criado se puso de pronto pálido como un cadáver, y con la mano temblorosa se apoyó en el borde de l a mesa. -Mistress Nelson me entregó los documentos hace veinte años- señor inspector, y yo le prometí no soltarlos de la mano hasta que llegase el momento, que ella me indicaría... -Pues ya ha llegado ese momento. Además, ya sabe usted que Fanny Nelson murió. Conque pronto: los papeles. E l criado miró perplejo a Ester, pero a una mirada enérgica de la joven desapareció en la casa. J i m dejó vagar los ojos por el jardiu. ¿T i e n e usted un auto, señorita Nelson? Ester se echó a reír ruidosamente. ¡Dios me libre! ¿Cómo podría yo sostener un auto? N o ese soberbio edificio que ve usted en el horizonte de mi parque es un redil de cabras. Procede todavía de la época de mi niñez, cuando yo me paseaba orgullosa por las calles en un cochecito t i rado por unas cabritas. ¿L e gustaría a usted tener un auto? ¿Y a quién no le gustaría? U n auto... viajar... qué delicio so! N o se ría usted, señor inspector. N o olvide usted que yo he permanecido aquí todo el tiempo de mi vida, y tengo ahora veinticuatro años. De modo que por fuerza me ha de invadir l a nostalgia de escapar de aquí. ¡Q u i é n sabe lo que deparará el futuro! -vaticinó J i m mientras miraba con atención hacia la puerta de la veranda, por l a que ahora pasaba el criado. Bob entregó a Maloney un paquetito de documentos oficiales. E l primero era un pliego sellado muchas veces: partida de bautismo de Ester Morlington. J i m pasó la vista rápidamente por los demás documentos: certificados del registro, cédulas, etc. todo a nombre de Ester Morlington. N o cabía duda: l a joven, que bajo el nombre de Ester Nelson llevaba una vida estrecha en la pequeña casa de campo, era Ester Morlington, la heredera de una inmensa fortuna. -i Dice usted que le gustaría tener un auto, viajar, ver mundo? Pues creo, señorita, que pronto se cumplirán sus ilusiones. J i m se levantó. -Señorita E s t e r venga usted conmigo a Scotland Y a r d Allí le haremos una revelación, que la dejará asombrada y la h a r á abrir mucho sus ojos negros. Mientras usted se pone el abrigo, permítame que hable por teléfono. A una seña de Ester, guió Bob al inspector a un pequeño gabinete y le dejó discretamente solo. J i m pidió comunicación con Powell. ¿Q u é Sid, te tiene sujeto el viejo? Y o voy ahora con una joven preciosa. H a z el favor de llamar también a conferencia al jefe. Y avisa lo m á s pronto posible a L a d y Elbersville, para que vaya en seguida a Scotland Y a r d ¿C ó m o? ¿Q u e ya está de camino? Naturalmente: por el asunto Bennett... N o estoy dispuesto a revelarte nada por teléfono. Quiero ver l a cara que pones. Adiós. CC ntinuará. t.