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hombre de la careta de cristal Novela de Hllde 5 te ¡n- Zobeltit? y Hans von Wolzosen TRADUCIDA D E L ALEMÁN POR EMILIO R, SADIA (ComfNUAqiONí Pasó al pequeño vestíbulo, donde ya Ester le estaba esperando. B o b se erguía muy pálido junto a la puerta, y J i m no pudo menos de decirle: -Descuide usted, que se l a volveré sana y salva. Y mientras Ester Morlington, l a nueva millonaria, marchaba al lado del inspector Maloney hacia l a prefectura de Policía de Londres, u n cochecito rojo de sports con un hombre anciano al volante, salía desalado del garage, del supuesto redil de cabras, y tomaba la dirección de Southampton- Redbridge... XVI Cuando J i m y Ester entraron en l a prefectura, y a les estaba esperando una esbelta dama de pelo blanco. Se hallaba en agitada conversación con Sidney Powell, que l a había informado minuciosamente sobre el asesinato de Bennett. ¿N o es horrible todo esto? Con lágrimas en los ojos salió al encuentro de Maloney. A l verle en compañía de l a preciosa joven, vaciló un instante. Sus ojos azules se encontraron con los negros ojos de Ester... P o r fin ¡dijo mirando a Maloney tristemente: -Parece que pesa una maldición sobre esa familia y sobre ese cunero... Y a va por el cuarto asesinato, o más bien por el séptimo. Porque y a se lo he dicho a su amigo: ¿N o tiene algo de asesinato l a muerte trágica de E v a y de Ester y l a ejecución del pobre Ralph? J i m procuró contener l a locuacidad de l a Sama. L e estrechó vigorosamente l a mano, y sin hacerle la presentación de Ester ofreció asiento a las dos mujeres. -S i d también t ú debes sentarte, pues lo que voy a decir h a r á que hasta tu impasibilidad se conmueva. Señora Elbersville, querido amigo: esta joven preciosa, que ha venido conmigo, es la desaparecida Ester Morlington. Powell se irguió de un salto. ¿Tienes pruebas? Desconcertado, m i r ó a Ester á la cara, y l a joven, sonriendo Suavemente, bajó los párpados. La señora Elbersville se a g a r r ó a las caderas de su sillón. Aquel l a revelación l a había impresionado tanto que en los primeros instantes no acertó a pronunciar palabra. Pero bien pronto se desbordaron sus preguntas: ¿D e modo qwe ésta es Ester Morlington? ¿L a hija de Ralph? t A y si la hubiera visto mi viejo amigo! E l estaba firmemente convencido de que esta joven vivía, i Q u é alegría tan grande hubiera tenido! Y se enjugó con un pañuelo los ojos arrasados de lágrimas. J i m sonreía. ¡U n momento, señores! N o puedo contestar a l a vez a todas las preguntas. Pero ante todo quiero presentar a mi amigo las pruebas. A l decir esto, tendió a Powell los papeles que Bob había guardado tan fielmente durante varios lustros. Y mientras S i d los exa- minaba, presentó y a en toda forma a las dos damas. -L ady Elbersville, la mejor amiga de su abuelo, fallecido hace p o c o L a señorita Ester Morlington, pupila de Fanny Nelson y acreditada nieta de su anciano amigo... Espero, señora, que tendrá usted mucho gusto en hacerse cargo de esta joven. ¿N o es cierto? Impulsivamente tendió l a señora ambas manos a l a joven. -M i querida Ester, tenga usted l a seguridad de que h a r é todo lo posible para merecer su cariño. Tiene usted que contarme muchas cosas. -Estoy encantada de conocer a t a n buena amiga de. m i famitía diüo Ester con t u r b j r a ó n- Pero ja c o n r e n d e r á usted qué no puedo acostumbrarme a esto sino lentamente. T o d a v í a no ne comprendido bien de q u é se trata, y les agradecería a usted y al señor Maloney que me hiciesen un relato completo y coherente. Interrumpido por las frecuentes exclamaciones de la señora, explicó entonces J i m a Ester, que le oía sin pestañear, los misteriosos acontecimientos de las últimas semanas. L a joven, temblando, ocultó la frente entre ambas manos. ¡Dios mío! -gimió- ¡Esto es terrible! Levantó la cara pálida y se pasó l a mano por el pelo. ¡P e r d ó n e n m e! Todo esto me ha impresionado mucho... ¡Yo creo que ahora tendría ya que irme a casa... L a señora Elbersville le echó cariñosamente el brazo por los hombros. ¡P o b r e criatura! ¡S í que es demasiado para soportarlo de golpe! Véngase conmigo a Redbridge. Repóngase allí unos cuantos días en otro ambiente, y de paso i r á conociendo su nueva posesión N e w Abbey House. Ester se resistió un poco, pero al fin triunfaron l a curiosidad y el deseo de nuevas impresiones. L a joven heredera pasaría unor días en la finca de l a señora Elbersville, pero antes quería i r a Hamptead, para informar a Bob y recoger algunas cosas. A l despedirse, l a joven se volvió a J i m sonriendo, ligeramente turbada, y le d i j o -U n ruego, señor inspector. M e habló usted de una hija de Fanny Nelson, a l a que usted conoce personalmente. T a l vez pudiera yo demostrarle a ella una parte de l a gratitud que siente por Fanny. ¿Q u i e r e usted prepararnos una entrevista? J i m asintió complacido. ¡N a t u r a l m e n t e señorita Morlington! Además estoy convencido de que usted ha de llevarse muy bien con K i t t y Cuando usted se haya tranquilizado en Redbridge, almorzaremos juntos un día. Como usted ha de volver a Londres para las tramitaciones le gales, entonces h a b r á ocasión de realizar el plan. Ocho días después de los sucesos, que convirtieron a Ester Nelson en Ester Morlington, bajaba K i t t y por un camino de Hyde Park, columpiando el sombrero en una mano. Sabía K i t t y que en la plazoleta de los rosales encontraría a Gordon Crawley. E n la última época se habían encontrado allí muchas veces, pues K i t t j se había impuesto como un deber el obligar al escritor a un trabajo ordenado, para lo cual daban excelente ocasión aquellos paseos. A l encontrarse hoy, K i t t y quedó sorprendida. E n vez de su acostumbrada indumentaria, desaliñada y sucia, llevaba Gordon Crawley esta vez un traje de verano con raya en el pantalón. Los zapatos claros eran grandes y anchos, pero casi elegantes. E n la mano sostenía un sombrero gris. Y cuando l a joven llegó, le ofreció desmañadamente un ramo dé flores. Como de costumbre, se pusieron a pasear. Crawley nunca hablaba mucho, pero hoy le extrañó a K i t t y que no hacía m á s que mirarla de reojo sin abrir el pico. -Quiero despedirme de usted, señorita Kitty- -dijo de pronto, mirando convulsamente al espacio- N o resisto m á s aquí. Aunque estoy ya libre de toda sospecha, l a Policía no hace m á s que molestarme. Y a he terminado m i novela de animales, y l a he vendido formidablemente bien. A usted le debo que no me haya gastado el dinero en whisky. E n cambio he tomado una casita, m á s bien una choza, allá junto al mar. Tiene terraza, donde se pueden tomar baños de sol, y grandes balcones. Fíjese usted qué balcones serán que se puede poner en ellc ¿una mesa v mirar desde allí las olas.
 // Cambio Nodo4-Sevilla