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DIARIO DO. ILUSTRAVIGE- DIARIO DO. ILUSTRAVIGÉ- AÑO AÑO S 1 MONOVENO 10 C T S N U M E R O SIMO N O V E N O 10 C T S N U M E R O F U N D A D O E L i D E J U N I O D E 1905 P O R D. T O R C U A T O L U C A D E T E N A TTHALASSA! Supongo que el lector torcerá el gesto con cierto asombro curioso o desdeñoso- -seg ú n la idea que tenga de m í- -a l ver impreso en un articulo mío el grito de los griegos de Jenofonte. A qtioi bou? ¡Para q u é? N o no vale asustarse; para nada trascendental. E s el grito de un veraneante que se alejó del mar, cambiándolo por el monte, y lo vuelve a ver de pronto, cuando ya ansiaba otra vez su azul, acicate del ensueño, paz de los ojos y expansión del alma. Claro está que pudo gritar el mar, así, en castellano, porque este alarido en griego es un poco presuntoso, un poco cursi y hasta un poco absurdo; pero el veraneante es un poco anticuo y un poco literato... M e alejé del mar de San Sebastián porque no me quería bañar en él. L e hacía el amor desde lejos, y un día le tuve miedo a l a 1 dilación. Y o no me quiero bañar en el mar, porque sólo comprendo el baño como aseó o para refrescarme la piel. Y el mar ensucia, no lava, y pica demasiado el sol de la playa sobre la blandura amarilla, oro h i riente, blanda y fatigosa de. la arena. Además, para vestirme de baño sentía el pudor de mi fealdad, que es el m á s verdadero de los pudores. A s i harto de a ñ o r a r alegría galante bajo los tamarindos del paseo solitario, decidí una tarde huir del mar al- monte, y me interné, al correr de un automóvil, por pequeñas ciudades, pueblos, villorrios y aldeas del país vasco. Aunque para el Eqa de Queiroz, siempre admirable, de La ciudad y las sierras, el verde es un color tierno que enternece y hace pensar a mí me excita los nervios, hasta me abre el apetito, dicho sea con humilde franqueza que animaliza- ésa es la verdad! -mi dudosa personalidad de escritor. H e visto ya tanto paisaje verde, que cuando miro uno nuevo sólo se me antoja pacer. Tengo una vaga conciencia de que pacería mejor- oh, sí, mucho mejor! -que escribo artículos y- comedias. Y no miro el paisaje por no obedecer de pronto a mi obscuro deseo de ponerme a cuatro pies. Sólo cuando hay ruido de agua mi sed sin nombre- ¡oh, esta sed constante! de q u é? -m e hace volver la cabeza. Pero me gusta el remanso, que no es remanso, y a! que yo sigo llamando remanso porque se me amansan los nervios en su i n quietud brillante y cantarilla: me refiero al agua corriente y saltante que cae del monte como una cabellera suelta, mientras los peines invisibles del aire escarmenan sus hebras de cristal y de- plata. H a b í a poca agua en los campos del camino, y así, por dejar de andarlos, me quedé un instante en un pueblo. S i nombre? Qué más d a! U n pueblo cualquiera de Vasconia, pequeñito, pero con pujos de ciudad, y había en él, como en todos los de la región, eso si, el confortamiento del yantar abundoso y bien guisado y el consuelo de l a y a c i j a blanda, sobre cuya blancura pulquérrima saltaban unas pulgas, en acción de bienvenida a las tpic yo les traía desde San Sebastián. F r a ternizaron, y se nutrieron de literatura a costa de mi sangre. Además, el agrndo de unas gentes, amables y husp taliari s, que se esforzaban en entender mi español y en explicarme su vasco. A lodas mis exigencías de ciudadano cómodo respondíanme Bay, bay- -que sí; y yo aprendí pronto a agradecer y a renuebrar a las camareras. t Nascachapolija! ¡Eskwrikasko! D i un largo paseo, yendo y viniendo machas veces por una calle en cuesta, corta y angosta, en cuyos dos extremos lucía la decor a c i ó n- ¡corpórea, naturalmente! -de una montaña verde que amenazaba- -a mí me lo parecía- -derrumbarse sobre m í E n un cafetín, un anuncio en vascuence que copié, por curiosidad, en mi librillo de apuntaciones. Ardo e dari soliak gurelmraldcco, jakita ardolgozoal eskeintscndirá. Entré y pregunté en un castellano claro, que no era. desde luego el de mi retórica profesional, a una mujer opulenta que presidía detrás de üri alto mostrador de madera negra. N o me entendió. Insistí pidiendo la traducción del letrero. M e explicó con trabajo su sentido. E r a un anuncio de vino de l a tierra. Supe como cosa segura, que el último vocablo, eskeintzendirá, quiere decir se ofrece pero la mujer i g noraba el significado de zoliak y de jakita. Es usted vascongada? -le pregunté. -Soy, pues. ¿Y no sabe usted vascuence? -Saber ya se, pues; pero no sé. ¿Y quién sabe bien aquí el vascuence? ¡Pues quién sabrá! M e eché a reír. E n las calles m á s letreros, más. anuncios, más muestras de tiendas, en el idioma, para mí, difícil y desconocido. Una gran profusión de combinaciones silábicas con las consonantes la t y s juntas, que no hay labios castellanos que las pudieran pronunciar; un enorme derroche de la letra k, que yo no sé que hace todavía en nuestro abecedario. A mí no me sirve para nada. D e repente, al fin, unos letreros en español. Eran unos carteles, unas, como proclamas, con dibujos alegóricos muy significativos. V o t a y haz votar el Estatuto ¡N o seas suicida! ¡Vota el Estatuto! E l estudiante pobre tendrá acceso y protección en la Universidad Vasca si votase el Estatuto Los copié y me puse triste. Quise mirar al cielo, y v i la montaña verde que amenazaba derrumbarse, y pensé que las montañas separan. E n los pueblecitos de mar yo no había leído esos letreros. Aquella tarde eché a correr en el automóvil. Todavía, en una revuelta del camino, sobre un paredón renegrido por las lluvias, una proclama política en letras muy grandes, blancas, con muchas kaes. Estaban todas las letras juntas y pensé en una palabra griega, larguísima, indescifrable para mí, de ya no s e q u é comedia de Aristófanes. De pronto, entre los claros de un macizo de árboles, allá, al fondo, l a visión del mar. Todavía me acordaba del griego y exulté, gritando: ¡thalassa, thalassa! Y a está explicado. E l mar; la oración armoniosa del mar; la religión del mar; religión porque une, junta, liga, religa, y entonces, lleno de esperanza, pensé en el latino insigne, y traduje a mi castellano su admonición: N o es necesario v i v i r pero navegar es necesario FELIPE S A S S O N E NUEVO DESCUBRIMIENTO D E L MEDITERRÁNEO Trípoli Cúpulas de media naranja, alminares elevados y blancos, encaperuzados de verde cerámica, y un cielo que, en el ardor del verano, se hace blanquecino en los bordes de su gran copa volcada. U n cochecillo entoldado por donde el aire ardiente pasa como a l través de un embudo, me- lleva del muelle a la ciudad. E l cochero es de carbón, el caballo lleva entre ambas orejas una larga pluma, que acaso esté allí para comprobar que no hay ni un soplo de brisa. África. Julio. Sudor. Entrando por su amplio puerto, Trípoli se esfuerza en ofrecer el aspecto de una ciudad del Norte mediterráneo. U n bello y amplio paseo a la orilla del mar- -el L u n g o mare de tantos otros sitios- palmeras, baluartes, edificios recientes de gusto europeo y moderno. Muchachitas de cualquier país sorbiendo helados en las terrazas de los cafés en compañía, de padres standard, automóviles, Policía italiana de trajes blancos y salakot. Después, calles amplias y rectas, porches bajo los cuales se dulcifica el calor, comercios, carteles anunciando funciones de cine y líneas de vapores. En suma, una villa italiana bajo el cielo de África. Pero yo busco lo que nunca v i P o r t o das partes, desde mi llegada, l a sugestión del desierto me reclama con insinuante voz que no enmudece. E n los escaparates se exhiben tarjetas postales de alucinación, fotog r a f í a s de tipos y de paisajes de la lejana L i b i a Camellos desfilando sobre el arenal, destacados en la palidez extenuada del cielo. Dromedarios inmóviles sobre el deleznable pedestal de la duna, mientras su guía se prosterna en la oración de la tarde. Mujeres de labios gruesos y de pechos erguidos, que enseñan la obscura piel de sus cuerpos airosos entre las exóticas telas de colorines. L a belleza del fuego, el encanto de l a aridez, infinitamente grato después de haber pasado algunos días en la confitada Venecia, después de haberse asombrado entre los bosquecillos de almendros y de columnas dóricas de Agrigento y de traer en l a retina el billón dé chispas de íuz de los mosaicos de Monreale, de los bizantimsmos de- P a lermo en l a Capilla Real. E l maravilloso desierto, escueto, simplicísimo, anti futurista, en el que una huella es una novedad y lo monótono tiene un valor de tragedia. E l amplio lugar del mundo donde lo m á s importante es esa inapreciable, esa pequeñita cosa que es el grano de arena. Los italianos aconsejan en una sabia frase dejar para lo último lo mejor, y en mi a f á n de que sea la visión del desierto l a que lleven reciente mis ojos cuando vuelva: a mi camarote del Oceania, dedico las primeras veinticuatro horas de mi estancia en Trípoli a conocer la ciudad. Quien haya visto los pueblos del Noroeste, africano no tiene razones para lamentar su ignorancia de T r í p o l i Nada hay en él comparable a l a romántica aristocracia, de la M e dina de T e t u á n ni a la blanca, y soñadora belleza de Rabat- ni monumentos impresionantes como la Kutubia de M a r r a q u é s o las murallas de Mequínez, ni aun aquella mu- E l público debe leer diariamente nuestra sección de anuncios por palabras clasificados en secciones. En ellos encontrará constantemente asuntos que pueden interesarle.
 // Cambio Nodo4-Sevilla