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Novela de HHde Stein- y mm (CONTINUACIÓN) re de la ca von Woiiogen T R A D U C I D A D E L ALEMÁN P O R E M I L I O R. S A D I A Lanzó un suspiro de alivio, colgó el auricular y salió... Crawley había dado sin resultado varias vueltas en torno de la finca de Lady Elbersville. N i había encontrado una segunda puerta, ni tampoco al inspector Maloney. Su ansiedad por Kitty aumentaba de minuto en minuto. L a motocicleta no estaba ya en su escondite. Para algún fin importante la habria utilizado Maloney. Crawley resolvió obrar por cuenta propia, y empezó a dar golpes contra el portón de encina. Nada se movía... L a voz de Crawley no era muy agradable, pero era potente. Empezó a llamar a voces. Tampoco sirvió de nada. La quinta parecía un sepulcro. Sin embargo, Crawley tenía una confianza infantil en su amigo de Scotland Yard. Seguro que volvería y hallaría solución... E l gigante se sentó en la cuneta de la carretera y se entregó a sus cavilaciones. Pasó una hora y otra hora, descendió el crepúsculo y Jim no aparecía por ninguna parte. A l fin Crawley se levantó con los miemJim se sentía torturado en su interior. Mecánicamente tendió a bros entumecidos, y resolvió tomar una habitación en Redbridge su amigo las manos: para ayudarle a bajar por la empinada escale- y telefonear desde allí. rilla. E l abrigo de Powell se prendió en un gancho de la estrecha Así ocurrió que cuando Maloney llegó por fin, en plena noche, claraboya, y con la sacudida se cayeron del bolsillo los guantes. con un pelotón de policías, no encontró huellas del gigante rubio. Jim los recogió del suelo sonriendo. Pero de pronto se puso páliY a Surgirá en su momento, pensó. Y colocó a su gente en círculo do, y separó de ellos una cosa con agilidad. ¡Qué asco! ¡Menuda araña llevabas aquí! ¡Yo no resisto alrededor de la finca. Personalmente, ocupó su atalaya de vigía en la copa del árbol contiguo a la tapia. a esos bichos i Todos los moradores de la quinta parecían haberse acostado. Cuando entraron en el comedor salió Ester a su encuentro, Por lo menos tenían las ventanas tan cerradas que ni un rayo de muy turbada. luz rasgaba el negro terciopelo del jardín. -No se preocupe, señorita Morlington- -se anticipó a decir Entre tanto, en el elegante salón Imperio decía Lady ElbersviJim, procurando calmarla- Me ha llegado un refuerzo inespelle a Bob: rado. Powell trataba de cazar la misma pieza. Los dos nos en- -Tenemos que estar preparados para marchar, Bob. Creo que contramos en el tejado, pero no hemos tenido suerte. tendremos que marcharnos esta misma noche. Y o tengo todavía- ¿Podría usted describirnos a ese corredor de fincas, que mucho que hacer. Ester está cuidando de esa joven y esperando a tan extrañamente ha procedido? -preguntó Powell cortésmente. que despierte. Usted debiera ocuparse de ese otro individuo que te- -Con mucho gusto- -dijo Ester- Su aspecto era como el de nemos abajo... cientos de hombres. Tal vez de tipo un poco meridional... con Refunfuñando, Bob salió de la sala. Encendió una linterna de tez amarillenta. U n detalle que me llamó la atención: tenía dienbolsillo, y bajó por húmedos y resbaladizos peldaños hacia la cuetes blancos muy grandes y a la derecha una corona de oro. Durante un rato los tres quedaron en silencio junto a la mesa. va. Ante una puerta de hierro se detuvo. Sacó del bolsillo una 11 avecita y empezó a maniobrar con ella en la complicada cerradura. Cada uno se abandonaba a sus propios pensamientos. Con el revólver en la mano derecha, penetró por fin en aquel En el cerebro de Maloney hervía un caos. Por un instante meditó si debía detener a Ester Morlington, pero las pruebas no le pequeño hueco. En el rincón más obscuro había un camastro cuparecieron todavía bastante contundentes. Quizá fuese más acer- bierto de paja, sobre el que se tendía un h nbre harapiento. Parecía profundamente dormido, pues una de las manos, que sólo tetado dejar volver a la joven a Redbridge, tenerla vigilada, y por la noche batir el nido con abundante policía. Cuando se hacía este nía cuatro dedos, pendía floja e inmóvil. razonamiento, se acordó de pronto de Crawley. Bob se acercó con precaución. E l hombre siguió quieto. En vano le sacudió; era como si sacudiese a un pelele. Bob, nervioso, se- -Perdóname, Sid- -dijo saltando del asiento- y usted, señorita Morlington, perdóneme también que les deje así tan de repente. Yo volvió hacia el conmutador de la luz. Siempre con el revólver en la mano, se acercó a la pared y manipuló. Pero todo siguió a obscusoy un hombre de ideas lentas, y necesito la soledad para tomar ras. De mal talante, se alzó sobre las puntas de los pies, para palresoluciones después de todo lo que ha ocurrido. ¿Te encargarás par si la bombilla se había aflojado. Estirándose, logró justamente tú, Sid, de acompañar a la señorita Morlington hasta su coche? alcanzarla... De pronto centellearon en sus ojos miles de estrellas; Les hizo un saludo con la mano y desapareció por l a puerta encristalada. Desde fuera dirigió todavía una mirada rápida a Po- sintió como si una pesada maza le golpease el cráneo y le derribase al suelo. Su cabeza se dobló y rozó con los pies del hombre harawell y Ester, y corrió hacia el teléfono. piento, que estaba en pie a su lado sonriendo burlonamente. -Haga el favor, Scotland Yard... Aquí, el inspector MaloRalph Morlington colocó en su sitio el taburete, con que había ney... Póngame con la central de vigilancia... Hay que inspeccionar el aparato de Lady Elbersville, Redbridge, 158... Todas las derribado a su carcelero, tendió a Bob sin sentido sobre la cama, conversaciones se han de tomar en taquigrafía y la traducción se, le atascó la boca con un puñado de paja y le sujetó los brazos a la espalda con sus tirantes. Luego recogió el revólver, y comprobó ha de dejar sobre mi mesa en una carpeta cerrada... Que nadie se con satisfacción que tenía todas las balas. entere de esto- ¿lo oye usted? absolutamente nadie. A toda prisa escapó por la puerta, la cerró, y se quedó un moUna segunda ojeada le cercioró de que su conversación había pasado inadvertida. Nuevamente pidió comunicación con la jefatura. mento escuchando. E l pasillo estaba desierto y sombrío. Con movimientos imperceptibles, agazapado, casi a gatas, escaló los pelda- -Que vaya una camioneta con veinte policías y un sargento ños y se coló detrás de una cortina, cuyos pesados pliegues tapaban por la carretera de Southampton- Redbridge. Dentro de una hora una ventana, me encontraré con ellos. No hay que informar a nadie, ni siquiera al Mayor Sheegan. t CCottiinusrá. l ¡Registren ustedes la casa! -gritó Powell- ¡No se preocupen del comedor! ¡Pero todo lo demás hay que registrarlo! Los policías desaparecieron, y Powell recogió lentamente el sombrero y el abrigo, que estaban sobre el tejado. -Yo vengo aquí a comer muchas veces, Jim. Cuando venía hoy, vi pasar por la calle a la señorita Morlington con un hombre, cuya manera de andar me suscitó un recuerdo. Y cuando te vi llegar a ti en la motocicleta se me ocurrió de pronto: Ese era el hombre que vimos en la película. ¡E l asesino! Yo estaba convencido de que la señorita Morlington corría a su perdición, de que otra vez íbamos a tener una víctima. Como conozco los alrededores, subí aquí corriendo por la casa contigua para cerrar la única salida falsa. Tú te encargarías de seguirle abajo. Pero el único que se presentó aquí arriba fuiste tú.
 // Cambio Nodo4-Sevilla