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ombre de ia careta de cristaí a de H f t Sídn- Zobeltitz y Hans von See TRADUCIDA D E L ALEMÁN POR iSMILIO R. SADIA (CÓNTINOAQION) de haber dejado a Powell en- Gladstone, llevó a Ritty y a Crawley a sus domicilios y se trasladó a la jefatura. Durante toda la mañana estuvo telefoneando, revolviendo expedientes, interrogando minuciosamente a Lady Elbersville, sin resultados de importancia. Lo que más le contrarió fué el resultado negativo de la vigilancia establecida a la llegada de los trenes, pero no doblegó su energía. Le tranquilizaba saber que no había inspección de puerto, retén de policía, ni estación de ferrocarril, que no poseyese las señas exactas de Ester. Cuando, bien entrado el mediodía, le llamó su jefe, tenía la sensación de haber avanzado bastante. A l estrechar la mano a su superior, le dijo: -No es mucho más lo que sabemos, Mayor; y, sin embargo, creo poder afirmar que están a punto de esclarecerse los casos Blairhill, MacReadon, Morlington y Bennett. Tenemos los hilos en la mano, y sólo falta desanudarlos. -No hable usted por metáforas, Maloney- -refunfuñó Sheegan- Dígame lisa y llanamente quién es el hombre de la careta de cristal, y por qué le libertó a usted en lugar de matarle. -Yo no sé... Pero los fantasmas tienen sus caprichos. De una cosa estoy seguro: Esa joven, a la que hemos conocido por el nombre de Ester Morlington, es la clave de todo. No es la autora de los asesinatos, pero sin ella no se hubiera cometido ninguno. ¿Y sabe usted quién es esa joven? -Tal vez la hija de la amante de Ralph Morlington, a la que él estranguló. Todavía tengo que tomar declaración más extensa a Lady Elbersville. Pero de momento necesito cerrar los ojos unas XX horas y olvidar... incluso mis propias tonterías. Hasta luego, Mayor. E l rápido de la noche avanzaba con las luces apagadas por los A la mañana siguiente se entregó de nuevo al trabajo con ararrabales de Londres. Los viajeros, medio adormilados, empezaban dor. Pero después de haber invertido dos días en interrogatorios a poner en orden sus cosas. y conversaciones telefónicas, después de haber detenido y puesto Sidney Powell había terminado sus diligencias en Gladstone, se en libertad, con ayuda de Powell, a una docena de inocentes viahabía sentido muy fatigado, y resolvió subir al tren en la próxima jeras, que se parecían a Ester, decayó notablemente su buen huestación, en lugar de ir dando tumbos en la moto por la carretera. mor. No hacía más que encender mecánicamente una pipa tras otra Se presentó, pues, al jefe de estación y dejó allí la motocicleta de y clavar los ojos en el vacío. Maloney. Ahora se arrellenaba con los. ojos medio cerrados en un También Powell palidecía y desmejoraba visiblemente, y un día departamento de segunda clase y contemplaba con flojedad cómo sorprendió a su amigo con la manifestación de que quería irse a un voluminoso viajero desocupaba la red de los equipajes y amonuna playa por unas cuantas semanas. tonaba un cerro de maletas y cajas delante de la ventanilla. -Yo me canso de correr, Jim. Me parece ya imposible dar E l tren llegó, como siempre, con puntualidad matemática. Pocon esa Ester por medios naturales. Y el caso es que no puede hawell cogió su cartera y se dirigió al pasillo haciendo una ligera ber salido de Inglaterra. Pero se esconde como un espectro. inclinación. Pero tuvo que pararse. U n joven esbelto, con gafas Por la noche los dos amigos se hallaban en el Savoy celebranobscuras, se levantó al mismo tiempo como a tientas y tropezó con do la despedida. Powell estaba elegantísimo con su smoking. En el viajero gordo. Este lanzó una interjección con enojo, mientras cambio Maloney, con su traje de calle, parecía un poco descentrael joven miraba con desamparo hacia la pared. do. Tenía el aire de un futbolista, que no supiera cómo emplea! Con rápido, impulso, Powell acudió en su ayuda y le dijo: sus fuertes puños y robustas pantorrillas. Mascando a dos carrillos, ¿Quiere que le acompañe? lanzaba de vez en cuando frases a Powell. E l joven volvió la cara en dirección de Powell y dijo con voz- -Esa Lady Elbersville me parece una mujer de mucho cuidamelancólica: do. Me ha dicho que fué cómica... pero no he podido sacarle rnás. -Soy ciego, señor... A Ester dice que la conoció cuando yo se la presenté, y al viejo Powell le puso en las manos su maletín y le guió para salir del Bob dice que no le reconoció aquella noche por el estado lastimocoche. E l joven murmuró unas palabras de gratitud; parecía estar so en que se presentó. ¿Qué pensar de todo eso? habituado a situaciones semejantes. Powell le acompañó con cui- -Algiín día lo averiguarás todo seguramente- -manifestó Podado hasta la cancela. De pronto se detuvo: había reconocido. a los well melancólicamente acercando los labios a su copa- pero sin ap- entes de Scotland Yard. E n cada salida estaba apostado un agenmí desde luego. Y o he agotado la resistencia de mis nervios. Tengc p rudriñando a los pasajeros. E l inspector hizo señas a uno de la cabeza como hueca. ello le dijo: Un señor muy distinguido, de pelo gris, con gafas de oro, pasó- -Acompañe a este señor a un coche; está ciego. en aquel momento acompañando a una dama de cierta edad y saSe despidió cortésmente de su protegido y observó con naturaludó a Powell con expresiva sonrisa. Este le miró fijamente un lidad cómo el andén quedaba vacio y los agentes se retiraban eninstante... y se inmutó ligeramente. E n seguida volvió los ojos a cogiéndose de hombros. Salió de la estación, montó en un auto y Jim como preguntándole quién era. Pero Jim se encogió también se dirigió a su casa. Jim Maloney no pudo todavía entregarse al descanso. Después t atravesaba en el camino de los malhechores y por eso tuvo que morir. Llevado de su avaricia, arrancó a Ralph Morlington la renuncia a la herencia, aprovechando la ocasión de que éste se había escapado de la cárcel y buscaba asilo en su casa, para salvar la vida... Jim suspiró, miró a su amigo tristemente y dijo: -Lo explicas todo, Sid, como si lo hubieras visto. Y efectivamente, tienes razón; sobre todo en eso de que tenemos que dar con el jefe de la banda... y con la criminal Ester. Se acercó al teléfono... y dio todas las señales de la fugitiva. Ella era la única que había logrado escapar a tiempo. -Es probable que esa joven llegue en el tren de Southampton o en uno de los trenes de la mañana. Mande usted a la estación cuatro de nuestros mejores agentes. Powell se levantó. -i Qué quieres hacer aquí ya, Jim? Yo creo que podíamos dejar el registro minucioso de la casa para otra ocasión. Yo, por mi parte, ya he despachado. Si no te parece mal, te dejaré a ti y a esta pareja el coche de la señora y yo me iré a casa en tu motocicleta. Cogió su cartera y sacó un sobre azul. -A l regreso quisiera todavía visitar a Ballay. Tengo que hacer allí unas diligencias para este asunto de robo. Si no me engaño, Gladstone está en la carretera de Londres, ¿no? -Es el tercer pueblo desde aquí. Si te parece, te acompañare- mos, y luego- -Jim hizo una pausa- -te abandonaremos a tu destino
 // Cambio Nodo4-Sevilla