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Wvnne Gibson, en Malibú y en traie de bsño. Marlene Dietrick. en Alemania, Helen Twelvetrecs se quedará en casita, poniue así lo ciuicre su bebé. Mae West dice cine, en tiempo de vacaciones, como en cualquier otro, California es lo que le conviene. En los estudios? e hacen las estaciones del año según se necesitan E n lo que hace a los estudios cinematográficos de Hollywood, sea cual fuere la estación reinante, lo mismo puede haber primavera que otoño, verano que invierno. D e todas las estaciones- -dice W i l l i a m Mahn. director del departamento de Botánica de los estudios Paramotmt- -la m á s difícil de simular es la primavera. Necesito por lo regular de tres a cuatro semanas cuando de arreglar escenas correspondientes a tal época del a ñ o se trata. Y cuenta que el director lia de ser muy listo, porque un día de retraso en la toma de la escena será causa de que la primavera se convierta en pleno estío sin que haya modo de evitarlo. L a película más laboriosa de este año, desde el punto de vista de l a Botánica, ha sido Jennie Gerhardt, la versión cinematográfica de la novela de Theodore Dreisor, interpretada por Sylvia Sidney. COMENTARIOS A propósito de Ja incorporación de Boris Karlofí al cinema Para eso enamoró Nils Asther a Greta con los guiones de sus ojos; para eso Ernst Torrence dejó, al morirse, los mejores gestos a todos los biógrafos del mapa; para eso Marlene aseguró sus piernas en varios miles de dólares. Para que Boris K a r l o f í haya sido en esta temporada el monstruo mimado de los públicos. Que se han olvidado ya de L o n Chaney. Y de las sedas estampadas de K a y Francis. Y de la sonrisa incierta de Norma Shearer. Y de M i r n a L o y Y de la Helm. Y de Garv Cooper, el escéptico. De todo y de nada. De tod o, para la gran historia- -a hacer- -del celuloide. De riada, porque, para los niños y para los grandes, Boris ha sido estampa eterna de cuento de hadas. Tiene K a r l o f f nombre de príncipe, y, sin embargo, todas las sombras de California esconden el secreto; Boris es un madero de Alaska. Llegó a los estudios hace unos días. Se abrieron las verjas con pesadez, como a regañadientes. Mientras Buster Keaton y L i o ncl Barrymore se mordían los labios. Hasta hacer saltar sangre. Sangre. Eso son los films de Karloff. Sangre y maquillage. Boris encontró su truco. Para triunfar en Hollywood basta con ser un artista- -de cuerpo entero- -ro saber cultivar el camelo. Boris sabía que m á s de la mitad de la Humanidad es imperfectamente idiota. Y con ello tuvo suficiente para entrar en los despachos de los directores de producción sin guardar cola durante quince días consecutivos, y para llamarle estúpido a M a c Sennet. que había sido comparsa antes que ídolo. Así hizo El doctor Frankestcin, posiblemente el film m á s aceptable de la serie terrorífica que se empeñó en iniciar Estado? Unidos. Pronto Alemania siguió esa falsa ruta. Y Francia. Hasta los productores españoles de foinville se sintieron impregnados de mimetismo. Claro que Alemania contaba con un F r i t z Lang, capaz de hacer El vampiro de Dusseldorf. Todo lo demás era naufragar. Y las minorías esbozaron d i i t reutes tipos de carcajada. Las minorías pueden ser pedantes, seudointelectualcs, cubistas o como quiera llamársele; pero, por lo general, son inteligentes, aunque inteligencia y pedantería no congenien del todo bien. Las minorías rechazaban esos films horripilantes. Pero quienes llenan las grandes salas de cinema son las mayorías. (De aquí los Cine Clubs europeos. Y las mayorías son las que han comprado el lujoso cuarenta caballos de Boris Karloff. Y sus corbatas. Y su piscina. Y sus cigarrillos rusos. Sin darse cuenta de que La momia, por ejemplo, siendo todo lo espectacular que se quiera, resulta tan absurdo como un guión a base de un empleado de Correos y una mecanógrafa, hijos de una elefanta; Y para hacer fantasías, amigos míos, -no basta con un buen maquillage- -esa habilidad sorprendente de Karloff- H a y que llamarse F r i t z Lang. Y hacer antes un La fcmme dans la lunc. Viendo este cinema, se pueden aceptar cuantas ocurrencias surjan en el desarrollo de la cinta. L a realización hace perdonar lo prosaico. De otra manera es inadmisible. Intolerable. Resulta bastante más divertido ver disfrazados a Stan Laurel y Oliver ITardy. Y ¿quieren ustedes decirme en dónde reside el mérito de K a r l o f f? Qué es La momia? ¿Y quiénes Flene G Zita Johann y David Manners? Quiénes estos acompañantes ridículos? E n El doctor Frankestein, sí existen algunos aciertos de dirección, tales como cuando el monstruo tira la niña al agua creyéndola flotar como la margarita. Pero falla el actor. Es todo impresionismo. Falta naturalidad, desenvoltura, nervio. Tras la máscara es otro fracaso. Como El caserón de las sombras. E n algunos instantes de estos films se evidencia cómo, sin maquillage. es Boris un vulgar comparsa. Como en ¿Delincuente? con Richard D i x Y hay quien aplaude todo esto. Niñas que, como mademoiselle de Bonnechose, son capaces de protestar si alguna star lleva su mismo nombre: niñas que se acuerdan ahora de que el Rudv que amó a Pola era un cursi. Y oye usted cosas como é s t a -i Gran película La momia! Y eso puede ser, ¿n o? MÉNDEZ DOMÍNGUEZ EL PELMAZO CINE DEL Bien se me alcanza que no es pelmazo una palabra elegante. Pero ¿quién piensa en elegancias en estos muy democráticos días de tan ardoroso estío, en que los varones se sientan a la mesa del hotel en mangas de camisa, y aun las damas- quién lo pensara -andan desmidas de pierna, aunque todavía calzadas de pie, a la comida con m ú sica de la noche? Pelmazo es... menos y m á s que una palabra; es... un palabro -me place designarlo así, quitándole hasta la gracia delicada del femenino- pero un vocablo expresivo que, dentro de su fea brusquedad y tosca pesadez, sirve a maravilla la idea que representa. Porque pelmazo es algo denso, bochornoso, blando, a la vez oleaginoso y áspero, como un saco de arena, como una nube negra, como un moscardón, como un chirrido insistente, como un colchón de lana sin cardar, como las puntas de cabellos que el peluquero nos dejó caer entre la piel de la espalda y la camisa... Y a habrá colegido el lector quién es el verdadero pelmazo del cinc: es aquel orador, o, dicho sea con más propiedad, explicador verbal de las películas de otro tiempo, ahora ascendido o descendido, vaya usted a saber, a la categoría ele máquina parlante. E s algo peor que un letrero; es un ruido que no tiene nada que ver con los ruidos naturales de la cinta. Es un ruido que quiere explicar otro ruido. E s un ruido de ruidos. E n l a pei. Cüía musical o parlante habla o canta l actor; el pelmazo ha quedado en calidad de guía para los viajes del M o v i c í o n c o de l a Alfombra mágica alrededor del mundo Su voz. metálica y nasal, persigue como un íábano la cabalgadura de nuestra v m ó n E s una voz yanqui. Aunque no sea yanqui quien la emitió en el micrófono, sale del micrófono completamente yanquizada. Bueno, en el cine sonoro es yanqui siempre toda la sonoridad la música, aunque la escribiera Becthovcn los truenos, la lluvia y hasta el murmullo del mar. Porque los pianos, las orquestas, las nubes y las olas tienen narices de latón y hablan por las narices. Las crsonas del cinc también, como es lógico, hablan por las narices. Y el alemán es yanqui, y el francés es yanqui, y el italiano es yanqui, y scilo el inglés no parece yanqui cuando habla en verdadero inglés, precisamente por eso. E l pelmazo que nosotros padecemos habla en español- -es decir, él se figura que habla en español- pero, atm cuando es generalmente americano dei Sur, parece del Norte. Tiene la voz de Ernesto en sus más famosas creaciones, pero sin el diálogo de las comedias ni la gracia personal del gran comediante. Tiene la prosodia insoportable de un actor que declama en un idioma que no es el suyo, l i s más, como es cubano, argentino, mejicano, chileno o peruano, y habla con acento de su patria, pero con voz de Nueva Y o r k y esforzándose en pronunciar el castellano, resulta que es él sólito como la síntesis de la confusión babélica. Síntesis de confusión. Confusión de confusiones y ruido de ru dos. ¿Cabe imaginar nada m á s desesperante? E l pelmazo del cine nos acompaña en el viaje, comentándolo con pretensiones Je charlista. Pero el charlista- -García S. nchíz, por alto ejemplo- -describe con el recuerdo ur. viaje que el espectador no lince ni ve, y que la magia de su palabra, cincel y pincel, le hacen ver y hacer; allí la palabra, ella sola, expresión de arte, pone lo que no hay; en la explicación del pelmazo c i nematográfico la palabra no pone nada, estorba lo que hay, y se interpone entre el espectador y la visión como un declamador que nes recita, a su modo, con énfasis i n necesario, con interpretación personal que nadie le pedía, los versos líricos que nos hubiera gustado leer en silencio. Y aún es peor, porque allí no hay versos; hay chistes del pelmazo, que el pelmazo dice a m á quina, indefectiblemente, repitiéndolos sin poder darse cuenta de si le hacen gracia al auditorio. Y nunca le hacen gracia, nunca le hacen r e í r le hacen siempre suspirar. E l auditorio- ¡qué e x t r a ñ o me parece llamar auditorio al público del cine! -me merece tanto respeto que no me atrevo a decir que bufa. Pero de mis suspiros sí respondo que son bufidos. E l pelmazo del cine es el guia del turista, que nos estropea con su charla, aprendida de memoria, el placer del viaje, y nos obllg. i a mirar la torre del castillo medio flerrr. ícc, sobre el cual amontona fechas y lecciones de Historia, cuando nosotros queríamos contemplar dulcemente, silenciosamente, el crepúsculo marino. Y es peor que el g u í a porque al guía se le puede despedir, y al pelmazo del cinc, no; es un so c todo con la película: está unido a ella: es á cosido a ella; no se itá, no callará, por mr s que le roguemos. Pero... ¿e s t a r á de m á s pedirlo ahora, a tiempo? ¿Suplicar que nos dejen viajar por la alfombra mágica, solos con nuestros ojos, los verdaderos espectadores del cine, sin la persecución palabrera del pelmazo de pelmazos, quintaesencia de todos los pelmazos del mundo, que. no sólo, como todos, nos quita nuestra soledad sin darnos compañía, sino que nos martiriza ta sensibilidad por los tímpanos, que es donde más duele, y nos roba el silencio y la ilusión? FELIPE SASSONS
 // Cambio Nodo4-Sevilla