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Informad onet y reportaje Ideas de cabotaje a bordo de tiÉia mkaiiuela Anoche alquilamos ana mañuela y le d i jimos al cochero que tenía libertad para navegar durante una hora por donde m á s le gustase, porque nuestro propósito no era el de alcanzar un punto determinado de la villa, sino el de dejarnos mecer por el anacronismo. E l cochero comprendió en seguida; bajó el alquila como una palanca de velocidades, y Jovial inició su marcha, haciendo sonar sus cascos y un alegre cascabel al ritmo ele su carrer. a. Acabábamos de realizar un acto sentimental y recibimos en, 1 a concha de tapicería azul, con la satisfacción del deber cumplido, esa brisa adolescente. que extrae al verano l a velocidad relativa. U n escritor español tiene Ta obligación de alquilar una mañuela de vez en cuando, como un escritor italiano se debe ún poco a la góndola. P o r qué nos habíamos resistido durante tanto tiempo a rendir, este homenaje a l a donosura de otras épocas? ¿Q u é razones podríames aducir para desdeñí. r el artículo de l a mañuela nosotros ei e hemos escrito ya el de los serenos, el de ios cafés y el de los fotógrafos ambulantes que practican la tocología con l a placa sensi ile? E n nuestro descubrimiento de l a mañuela hay al? o que nos ha llenado de asombro y es la línea purísima de su contacto con: la indolencia del cliente, que le permite a éste sentirse majestuosamente confortable. E n países en que el mueble de reposo sé construye con una honorable preocupación ele reposo, y en que las sillas ofrecen superficies e inclinaciones de descanso que trata de desdeñar siempre, con aristas y rigidez de pequeño patíbulo, nuestra sobriedad nacional, la concha de la mañuela- -molde magnífico para una refinadísima nonchalancia- -no sería una sorpresa para nadie. Aquí sí es una sorpresa; es una sorpresa especialmente para el hombre que a la hora de l a dicha no la acepta sin escrúpulos y se obstina en averiguar sus causas. Dentro de unos días, los amigos que v i siten nuestra casa podrán sentarse en la mañuela del salón... látigo que hubiera florecido en m i l relámpagos de estímulo, que hubiera convertido en tiras l a grupa de Jovial, sin que Jovial hubiese cambiado su velocidadfilosófica. E r a el momento de preguntarle al que nos conducía si Sagasta daba buenas propinas y si es verdad que Pablo Iglesias se había dejado ganar alguna vez por la molicie de un coche de punto. Esto último quizá nos diera Ja clave de la evolución de los tiempos, por contraste entre los populares medios de locomoción que empleaba el apóstol y l a orgía de níqueles y charoles que centellea en el acarreo individual de sus secuaces del día... Pero preferimos preguntarle algo acerca de Jovial, y el cochero nos contó una tristísima historia. N o podemos repetirla, porque no queremos llevar nuevas pesadumbres al ánimo de un veraneante de la línea M a drid- Madrid. Aquel pobre Jovial filosófico había hecho en sus mocedades una vida de joven sultán, entregado a las delicias del buen pienso, del reposo, de ia contemplación, de la gula y de la bayadera, por p r i vilegio exclusivo dé su buen porte y de su alcurnia. Dejó de piafar y se le perdió el respeto. Así es, ay! este mundo... Hemos terminado El error de muchos. Nos decidimos anoche, después de haber apartado de nosotros, valientemente, algunos i rejuicios de mala cla e. Y pudimos comprobar; en seguida P r i m e r o Que ese, aire de superioridad qué enarbola el manuelino en acción no es ni forzado ni pretencioso, porque lo da el vehículo. N o hace falta fingir nada para El cochero acepta sonreír desde el sofá tranquilamente la nómada y para burlarespera en las horas se así de las gentes que de siesta desconocen sus delicias. Segundo. Que él gesto de espanto que se advierte en el manuelino de vez en cuando prueba hasta qué punto el llamado progreso mecánico ha puesto nuestro olfato ai margen de las carburaciones especiales de lo hipomóvil. Tampoco este gesto es un gesto estudiado. Tercero. Que no es cierto que el cochero, ni siquiera el. reglamento que regula el alquiler de los coches de punto- -fijado con tachuelas frente al triclinio- -exija al manuelino la comnañía de una señora gorda, constelada de alhajas. Conviene ir destruyendo estos errores que tanto nos perjudica en el extranjero. Y a está hecho el artículo de la mañuela, que hemos intentado soslayar durante varios veranos. A bordo de tan pequeño velero hicimos anoche la travesía de un Océano de vaho, del que quisimos extraer algunos rizos de brisa y de emoción. Hicimos por muy poco Líneas ideales para el reposo E n el artículo de la mañuela no se puede olvidar l a evocación de las verbenas y de los toros, como no es posible hablar de inailcoachs sin Derbv ni de g ó n d o l a in mandolina. Afortunadamente -ocíu una brillante generación p r e t é r i t a f ocupada de localismo, nos íia dejado páginas inolvidables sobre estas nírpcias urbanas de la mañuela con los elementos de m á s emoción ex cortesana. Y todo se ha dicho y no es posible decir m á s El sofá nómada ofrece sus delicias al peatón (Fotos Duque. fatigado. La triste historia de Jovial Nuestro cochero de anoche iba doblado sobre el pescante, con su látigo llorón enhiesto en el agujero de la inactividad; un ainero un poco de sofá traslaticio, porque la mañuela no se rinde y Jovial está pagando ahora sus devaneos en favor de ia especie. J. M I Q U P L A R E N A
 // Cambio Nodo4-Sevilla