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Informaciones y reporlaj. e Oasis en el angustioso calor sevillano. nito! E s entonces, más que nunca, el patio, como oasis de bendición, como un lugar de placeres eternos, como una gloria de ensoñación. E n él se hace la vida amable y r i sueña, y, como la carne, el ánimo se siente acariciado y dichoso. Alabado sea este patio de Sevilla, así como por su belleza por ese s don de hacer las horas agradables entre los ardores de un sol que quema, y aniquila, y abrasa. P a r a que Sevilla sea en todo una hipérbole, h sta su calor del verano es incomparable. Recientemente alcanzó la temperatura hasta cincuenta y nueve grados, para persistir en ei alza con muy serias y contumaces tendencias a subir. Todo el mundo se hace lenguas, no digamos que en su alabanza, pero sí de su ponderación, y hay sevillano que comenta el calor excesivo hasta con ufanía. Porque, aunque rio lo parece, por el desdén que demuestra sobre algunos interesantes aspectos de la vida ciudadana, todo sevillano es un profundo enamorado de su tierra y de ella se enorgullece, aunque se trate, de sus defectos. Y hay alguno, como ahora nosotros, qué, aunque alicaídos, y fastidiados, y jadeantes, E f puesto de higos chumbos O t r a nota placentera nos da por este tiempo en Sevilla el puesto de los higos chumbos. N o más que un palmo de terreno se necesita para su instalación y muy pocos artefactos para su compostura: una masilla o un mostrador bien limpios, un toldo para preservarlo del sol, unos planos y unos canastos donde colocar el jugoso fruto, platos dónde ofrecerlo, unas tallas de agua fresca y unas frondosas macetas de albahacas, que, dan también frescura y que embriagan de olor. Así de apetecible y de eitable, llcrito del agua fresca con que calmar nues tra sed y nuestro sofoco. Las tallas y los búcaros de barro cocidorezuman el agua refrigerante, poniendo en nuestras miradas ardientes sensaciones del frescor más apetecible. Y si llegamos a gustar del agua, que en cilos es fría como l a nieve, nuestro paladar, y nuestro pecho, y, nuestra sangre, aplacan sus ardores reposando en un profundo deleite tranquilizador. Cuan grata la limpieza de aquellas tallas y, búcaros blanquísimos y cuan dulce el bienestar que- nos ofrecen. L a hacendosa mujer que los cuida posee a nuestro parecer, en aquellas horas del más insufrible calor, el mayor bien que podríamos imaginar y la más anhelada riqueza. Sólo podría superarla, a nuestro antojo, aquella linfa clarísima que fluye del hondo manantial entre los altos chopos tembladores de las cumbres serranas. Él mzlonero E l pregón del melonero vibra en el caliginoso ambiente con sonidos como de rompimientos de cristales. ¡Melones dulce... y a cala los doy... J Así canta, más bien que vocea, el hombre El puesto de higos chumbos no puede resistir las efectos de este calor singular, pensando en su alivio vuelve la imaginación hacia ciertos oasis deleitables que por esta época se dan a su disfrute al fin de aminorar las molestias de aquellas fatigas. L o s patios sevillanos Famosas por demás son estas fuentes de tranquilidad, de encanto y de frescura. ¿Quién no habrá oído alabar con todo género de encomios éstas las más bellas estancias de la casa? Adórnanlas columnas de mármol y graciosas arcadas, fuente de tembloroso y cantarino surtidos, macetas de cerámica con plantas peculiares- -de patio y de sombra- -y jaulas doradas con amarillos y musicales canarios. U n toldo de lona blanca preserva al patio de los rayos solares, a mediodía abrasadores, entrando 3 a luz en la- estancia como envuelta en suavísimas penumbras. Quienes pueden, hacen su vida cotidiana en la planta baja de la casa, y es en el patío donde se disfruta de las mejores horas, siempre con frescura y entre arpegios y goces de apacible quietud. ¡O h la ventura de estos instantes de Ta siesta, cuando sobre la ciudad parecen volr carse todos los fuegos del infierno, y las calles se ven despobladas, y todo arde como abrasado por llamas de un tormento infi- El melonero. (tolos el puesto de higos chumbos solicita rjuéstra atención y detiene nuestros pasos. Y pronto nos decidimos a consumir alguna media docenita de higos, dulces como el almíbar, que a la vez que nos halagan el paladar refrescan nuestras bocas sedientas en estas deslumbrantes horas de irresistible calor. El tállerito d e a g u a f r e s c a San Román. E l tailerito tiene la gracia de un juguete de niños para hombres. Vamos a tomar en la Plaza Nueva cualquiera de los tranvías que circulan por la ciudad, y allí, al respaldo de uno de los corpulentos árboles que dan grata sombra a áquel concurrido sitio, se nos ofrece el ta: campesino, de andar perezoso y de mirada macilenta y profunda. Luego ofrece su apetecible mercancía al parroquiano que se acerca, alzándola con entrambas manos, tomándola el peso con la diestra después y, al fin, hundiéndole el pulgar en la corteza por la parte donde estuvo l a flor, para cerciorarse de su madurez. Hunde en seguida su navaja en el vientre jugoso del fruto, y corta una pequeña tajada que ofrece en prueba al comprador. Y luego de gustada y adquirida la pieza, sigue el. melonero su lento y pausado caminar, lanzando al aire su ensarta de pregones: ¡A cala ibs doy... melones dulces... Sevilla MUÑOZ S A N ROMÁN
 // Cambio Nodo4-Sevilla