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LA PALESTRA D E OSTIA orilla del m a r trigos de Sicilia, frutas de España, tejidos de S i r i a y perfumes de L i dia retóricos griegos, luchadores galos y bailarinas fenicias. Pero también llegaban los que no salían de su provincia, frutos y personas, para remediarles el hambre y el tedio a los i n quietos peticionarios de pan y circo, sino los que traían afán de horizontes nuevos y de inexplorados goces; los que dejaban sus ciudades en decadencia por la ciudad única y buscaban, guiados por el dulce Ovidio, las sonrisas romanas, paseando desocupados bajo los pórticos de Pompeyo a la hora en que, pasando el sol por el lomo del H e r cúleo León, hace quesea más a r d i e n t e el d i a P a r a éstos se alza la ciudad de Ostia, ciudad de mercaderes, como todas las que e miran en el mar de en medio, desde Corinto a Gádex, y desde Alejandría a M a r sella, como si los vencidos y diseminados fenicios, primeros surcadores del mar, hubieran ido dejando en cada l u g a r donde arribaban simiente v escuela, s i e n d o asi, como tantas veces sucede, vencedores de los suyos. Ostia se le acerca al viajero con ofrecimiento de su descanso y regalo, antes de aventurarse, t r a s el largo camino sobre el mar, por este breve camino en tierra firme. Aquí están los templos donde se pue la ofrendar al latino V a l cano y a los extranjeros Iris y Osiris el t r i b u t o c o n que se agradecen los vientos p r ó s p e r o s y el mar doint- iíado. Aquí, los baños, públicos, bajo la advocación de D i a na, v la Palestra v el Teatro; más cerca del río, los almacenes y hórreos donde guardar las mercancías y los granos. P o r las calles de l a fuente o de Diana pasearán también, como bajo los pórticos de Pompeyo y de Octavia en Roma, aquel mismo delicioso enjambre cuya miel de caricias inspira a Nasón. Adelantado de Roma, el puerto de Ostia describe la ciudad con ejemplos, y acucia el ansia de quien vino con la palabra Roma, como una estrella, en el pensamiento, o lo retiene entre sus placeres, si sólo llegó en busca de ellos, sin importarle el lugar donde lo aguardaban. Pero cuando vienen los días de la decadencia, Rama ya no es monstruo que devo- ra todo lo que el mundo, rendido, le ofrece; su boca, cada vez más ociosa, se abre en largos bostezos de pantanos insalubres, las inmundicias de la urbe sin gobierno se arrastian por las aguas del Tíber, hasta tenderse en lozadales que van empujando el azul marino cada vez más lejos. Como en los tiempos de Lúculo, l a ciudad, ahita, devuelve los restos de su gula sobre el vomitar hmi del mar. Ostia se despuebla y se hunde, los mármoles se quiebran, y el polvo de los edificios derrumbados, como invasión de lava, cubre el suburbio marino. Queda, a poco, el nombre sólo y algún edificio más reciente, entre castillo y palacio, residencia oficial de un cardenal obispo y albergue d, e bandidos en alguna ocasión, donde, combatiéndolos, queda también grabado en Roma el nombre más veces escrito en todos los campos y ciudades de Italia entre arcos de laureles: el de Gonzalo de Córdoba, Nombre extraño éste que, siendo de guerrero, puede la H i s t o r i a adornarlo con los siempre incompatibles adjetivos de humano, generoso y justo. Pío V I I y el último Pontífice Rey Pío I X se ocupan en desenterrar los vestigios venerables de lo que fué puerto de R o m a pero el lugar no es propicio para recibir visitas de curiosos y arqueólogos. Los detritus arrastrados por el Tíber hicieron tierras de malaria y de muerte la playa antes hospitalaria. U n a Enciclopedia reciente habla así de O s t i a 500 habitantes, cuya mayor parte emigra en verano para evitar l a malaria. Pocas- personas quedan en Ostia durante la estancia estival Pero eso está escrito hace más de diez años. H o y la voluntad de un hombre sola ha vencido al tiempo y a la fiebre, y otra vez es hospitalaria Ostia, y el Tiber llega al mar entre verdor tierno de huertos, y las olas no se retiran y tornan a las aguas inquietas, con asco de las pestilentes y estancadas, sino que cuentan a sus hermanas, para que vengan a verlo, el g r a cioso espectáculo de los edificios nuevos, que se acercan al mar pisando sobre firmes cimientos, y el de las arenas limpias, y el de los penueñi e os que juegan con ellas. MARIANO TOMAS EL TEATRO
 // Cambio Nodo4-Sevilla