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Versa! los. hasta el mar de las sirenas de Ulises, un juego de afanes contrarios lucha sobre el plano de la geografía política impuesta por i A. dónde lievrm a Austria, de la que tiran aún alguien m á s que Dollfuss desde su corazón y H i t l e r desde su cabeza alpina? E l esfuerzo nacionalista austríaco encuentra amparo en la conveniencia de dos naciones que tal vez preparen muy pronto la entrada de Otto de I- Iabsburgo en la Corte del vals, por la necesidad que a veces hace sinónimos en la Historia los conceptos de consolidación y restauración. H i t l e r y Dollfuss, con la mirada vagamente perdida, están como ausentes de cuanto les rodea en esas fotografías que sirven, con lo anecdótico, la apasionante fábula de los Poderes, la poesía de las coronas, y la prosa inquieta del designio de los Reyes naturales. P o r otra parte, V a n der Lubbe, el i n cendiario, y por otra aún, Robert Dertil, el ex oficial que atentó contra Dollfuss. Son las sombras de los cancilleres de Europa. Como conviene a su distinta condición, cada uno ha, sido sorprendido en una actitud precisa y diferente. V a n der Lubbe, con la cabeza baja, las manos reunidas en un abandono de la voluntad, es un salvaje con algo femenino y tierno, que va bien a su condición de vagabundo envenenado por la. literatura social y protagonista de noches anónimas e inconfesables. Robert Dertil mira de frente, y en sus ojos negros hay ese gesto duro del que ha jugado, ha perdido y ha entregado su espada. A u n sobre lo imperdonable flota un penacho de orgullo. Los juegos de pensamiento que en una tarde de lluvia pudieran hacerse sobre estas dos figuras, cortejo criminal de los dos cancilleres, son infinitos. Pero algunos de estos juegos merecen la pena de ser siquiera sugeridos al amparo de las cuatro fotografías. Como detrás de Dollfuss se mueven los intereses de otras potencias que apuntaban la energía de este hombre chiquitín, detrás de V a n der Lubbe están los hombres de Sión y los hombres del mandil y e l t r i á n gulo dispersos sobre el mundo, hacici. do dei. incendiario del Reichstag una figura- pretexto para la vigilante campaña antihitleriana. Si la razón de estas fotografías se cambiara, en la de Dertil habría más lógica y menos gravedad, sin embargo. Dertil, oficial del Ejército, atentando contra. Hitler y siendo alemán, hubiera sido la protesta, la indisciplina de los Cascos de Acero. Pero D e- i l oficial austríaco, atentando contra Dollfuss, es la expresión violenta de un estado de opinión que desde Austria tiene sus ojos fijos en Alemania como solución de una agonía sin remedio, de una agonía que ha de inclinarse al fin hacia el Sur o hacia el Norte, que ha de parlamentar en alemán, en italiano o en francés. Cuatro personajes en busca de autor. Cuatro, sin posible pacto de los cuatro. Y las miradas hablando en su símbolo, que es lo que importa, y desde su anécdota, que es le que distrae. Hitler y Dollfuss, al m a ñ a n a difícil e i n ternacional. Robert Dertil, a la cara de sus acusadores. Marinus V a n der Lubbe, hacia el suelo, cómo el eterno caminante misterioso que tiane una defensa poderosa a sus espaldas. Cuatro personajes y un solo mundo: E l mundo de una civilización que se va en la crisis de Europa, y de un estilo nuevo que procura abrirse por el camino del medio entre la derecha y la izquierda, esa clasifica ción elemental siglo x i x El ex oficial Robert Dertil, autor del atentado a Dollfuss. CÉSAR GONZALEZ- RUANO m tX Pfíitiefa telefóto obtenida de DoUfuss, minutos después) del atentado. Él cimciÜéf austríaco rec itie la visita del arzobispo. (Fotos Ortiz- Keystone.
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