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cabeza, que, con disimulo, se iba contemplando en el reflejo de los escaparates, me parece que tuvo ía misma idea. Quizá notase algo anormal, el peso de mí austeridad y mi formalidad tirando de ella como dos riendas. E n acto unánime nos detuvimos ante un espejo. Sonó un grito. Y o me sorprendí de aquel rostro sonrosadiilo y alegrillo, rasurado, de cejas depiladas. ¿Dónde estaban mi barba -porque yo usaba, b a r b a- -e l gesto de erudición y m i mirada miope? A su vez, la cabeza se movía, en las facciones el gesto, del terror. L a desconcertaban mi traje negro, la corbata heciha, los tacones torcidos, el aire de sabio preocupado, ceniza en la solapa y rodilleras, que siempre tuve. ¡Qué distraído soy! -le oí decir- E n el tren, me he puesto la ropa de alguien... Echamos a correr me encontré metido en un desorden de tiendas. Abrían cajas de cartón, me tomaban medidas, acumulábanse sobre los mostradores manojos de corbatas; sueño veloz de zapatos por el suelo, paquetes destripados, lienzos finísimos, joyitas, chucherías, pijamas suaves, bastones, cigarrillos de sabor a miel... L a cabeza tenía la preocupación del atildamiento, como la más amerengada damisela. U n a vez cambiada la ropa, al perfumista, a la peluquería, a la manicura... ¡Mis uñas al rojolaca! E r a otro, no era yo, aquel petulante vestido a lá última -con todas las exageraciones de l a última -que se contoneaba por las calles, y usaba tacón alto y- -n o tuve más remedio que enterarme- -rimmel en las pestañas; ¡Y qué costumbres tenía la dichosa cabeza! E n su casa no había un libro, pero sí una alcoba oriental, luces misteriosas y almohadones dorados. A las doce me levantaba, con mucha batahola de ducha, masaje, puñetazos al balón de enfrenamiento y minucioso catálogo de artes cosméticas. P a seo, fjores, cock- tail encaramado en una banquetita alta, caído sobre el mostrador; miucháchitas que me llamaban Pocholo y a l mendras saladas, lo que más detesto. A l m u e r zo en pandilla, auto a las afueras a toda máquina, exotismo de tennis y whisky, más cock- tail, más Pochólas... N o sigo, porque me avergüenzo. L a jornada de una cocotte... M e enteré de secretos, algunos deliciosos, eso sí, que desconocía. ¿Cómo se puede v i v i r espléndidamente, gozando de la buena vida (que es gozar en la mala vida) en constante atmósfera sonrosada sin trabajar y sin dinero... L a cabeza, lo resolvía con su prodigiosa aptitud para mentir. S u desparpajo y su alacia me ponían furioso. ¡Y o embustero! P a r a las mujeres y l o s dueños de restaurantes, para los que me ganaban al pocker y los tenderos, casero, acreedores, criados, f a m i l i a para todos tenía una colección espléndida de fraudes y trapacerías que, bien manejados, hacían posible ir adelante con placeres y caprichos. Aquella cabeza, increíble fabricadora de enredos, por su memorión infalible y l a abundancia inagotable de ocurrencias, podía encontrar, sólo ella, despreocupada y tramposa, la salida de todos los laberintos de sus infundios y combinaciones. Además- -caso inaudito de desparpajo- -empezó a reprocharme el boliche hueco. que llevaba encima de los hombros, los defectos que yo tenía, en su opinión. -M e está empezando a molestar el estómago, cosa que no nié ha sucedido nunca. (Esto era cuando me obligaba a comer almendras saladas. P o r primera vez tengo reuma en éste brazo. ¿Por qué me encontraré tan torpe al bailar? N o sé qué me pasa; me estoy poniendo gordo... Acudió a la gimnasia para desentumecer los miembros y combatir el ácido úrico. M e hacía sudar copiosamente. Adelgacé, perdí el aplomo, el andar pausado, el aire digno. Después, esgrima, boxeo; nadé, monté a caballo... ¡S i trie hubieran visto en la Academia de Jurisprudencia piropear a las modistillas y hacer quinientas flexiones contra la grasa de l a b a r r i g a! A los seis meses de tratamiento no tenia más que perfil, o, como decía la cabeza, línea. H i z o de mí lo que quiso. E n el dualismo entre m i espíritu filosófico y l a testa l i v i a na venció l a postiza, cínica, insolente. Q u i se llevarla a buenos pasos, y soltaba tantas tonterías en las visitas que yo mismo me apresuraba a despedirme, abrumado por eí ridículo en las conferencias bostezaba o hacía guiños a las muchachas; por cada m i nuto de meditación me metía en el cuerpo, una tableta de aspirina. E r a mi hábito leer por la noche, pues la maldita cabeza se dormía tenazmente con sueño tranquilo y hondo... Y o me revolvía dentro de mí, indignado por no poder asimilar ciencia alguna en aquel momento crítico, cuando necesitaba recuperar ¡o que sabía, que se fué con la cabeza verdadera. íbamos por una calle a paso l i g e r o la cabeza del otro silbaba, cosa que me irritó siempre. A l pasar por una sastrería v i m i propia cabeza, y me dio un vuelco el alma. Estaba rematando, un gabán que la servía de cuerpo; tenía los ojos cerrados, quizá por el sufrimiento de verse considerada como de pasta; la barba lacia, el color amarillento, llena de polvo. E l gabán era muy modesto: C o n forro de seda. 75 pesetas rezaba el cartel que le habían colgado al pecho. ¡Q u é bajo había caído! M i cabeza postiza miró aquello de. pasada y dijo ¡U f! con desr precio de elegante. Quien iba a sospechar que yo también me avergonzara de m i aspecto de pobre hombre? S i n embargo, era mi cabeza legítima, y quise recuperarla, redimiéndola de aquella exhibición miserable. L a otra, preocupada con la fábula que tenía que urdir para faltar a, su firma ante un usurero difícil, exclamó: -M e parece que voy a andar de cabeza. -i E s capaz! -pensé entre mí. M e distraje con el susto y, perdido aquei preciso momento, seguimos, me encontré en
 // Cambio Nodo4-Sevilla