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DE HUMOR ROBERTSON Y SEÑORA como si las olas quisieran formar capullo en torno del buque. En medio de ellas, el buen capitán Robertson y el oficial Jim Bruth- -los dos envueltos en sus grandes capotes de hule, las piernas en compás, en el fanal del puente que salivaba el mar- -consultaban la carta. El cielo se desgarraba en nubes mons! truosas. Pero no aparecían las sirenas. ¿Se habrán ido? -preguntó, en un suspiro, Robertson- ¡Muchachos... No perdáis ni un rumor, ni una palabra... El buque latía seguido, sin sístole y sin diástole; el mar desmayaba un poco su bravura. E l horizonte era el sombrero del mar. Las cinco. Iba ya a anochecer. Entonces, vagamente, se oyó en lejanía un coro tenuísimo de voces blancas: ¡Al fin... -dijo Robertson, emocionado y palpitante. Las sirenas cantaban: ARECÍA P Amdr, mi dulce amor, mi dulce amor; Yen a mi, mi buen amor, mi buen amor... -Ellas son- -susurró Robertson, transportado- Y entre ellas, Elsa... Las sirenas cantaban más distintamente cada vez: Amor, mi dulce amor, dulce amor; ven a mi, mi buen amor, mi buen amor... Robertson descorrió la cristalera, se combó en la barandilla con una precipitación febril y tres veces seguidas, grito como un poseso: ¡Elsa, Elsa, Elsa... El buque había anclado a escasa distancia de los arrecifes. Cuando el buen capitán Robertson llegara a ellos la sirena ya estaba dispuesta con su maletín de viaje para acompañarle. Sus hermanas la despedían melancólicamente. El buen capitán Robertson había decidido dar su nombre de marino avezado y fuerte a aquella beldad híbrida cuya voz aterciopelada y amante desoyera en largos años de navegación. -No se puede mentir tanto- -había pen- Í Por San Juan, que era la fiesta del pueblo, llegó Verlene Pietrich, la célebre vampiresa de la pantalla. Tenía un contrato fabuloso en Hollywood y cobraba a razón de dos mil dólares mensuales y un tanto, elevadísimo, por hogar deshecho. Se la recibió en su pueblo natal como la correspondía: con bandas de música y arcos de triunfo. Pero, en realidad, venía de incógnito y a descansar en el reposo y en el silencio de las emociones agitadas del trabajo. Por eso, a partir de su entrada solemne, se recluyó en su hotelito y sólo los más Lo primero que hizo la sirena fué inscri- osados de sus admiradores consiguieron verbirse en el Club Náutico. Pasaba en él las la a determinadas horas desde un altozano mañanas enteras. próximo que el Municipio habilitara como- -Lo que más me admira- -decía el con- tendido de los sastres serje- -es lo bien que bucea. Hasta que de pronto se enteró de que el Y es verdad, buceaba muy bien. Así que capitán Robertson estaba casado con una ronto la nombraron de la Directiva. Por sirena. as tardes, a la sobremesa, en el hogar apa- ¡Con una sirena... cible de los Robertson, iba Joe con unos Le daba la noticia el redactor del noticuantos amigos. Joe era un viejo timonel del ciero del pueblo. Mary, el barco de más andar en su época. -Sí, una sirena local, vecina de los arreTomaban café y ron. cifes de Punta Larga. -i Por qué no canta un poco, señora? -le- ¡Ah! Yo tengo que ver eso. pedían. Y, en efecto, una tarde, sin aviso previo, sado al fin- Cuando me promete la felicidad debe ser por algo. Tienen fama de falsas, pero siempre se exagera. ¡Cuídenosla... -le pedían todas. El capitán Robertson reía bonachonamente. -Es la compañera que cuadra a un auténtico lobo de mar como yo. La hago mía porque creo que si quiere seducirme es de buena fe y con el propósito de lograr mi felicidad. -Se habla mal de nosotras. Lo sé... contestó una de sus futuras cuñadas. Y cerró su puñito adorable en un ademán colérico a la altura de su cadera, donde empezaba la cola de pescado a fundirse con su busto adorable y blanco de europea. Pero Robertson no tenía ganas de perder el tiempo en escuchar lamentaciones. Le acuciaba el deseo de marchar de aquellos parajes que le inspiraban un mal disimulado terror. -Vamos, Elsa- -dijo un poco impaciente. Y saltó a la lancha y empuñó el remo. -Déjame; yo voy a pie- -le respondió Elsa. Y se lanzó al agua. Robertson la siguió. Ella nadaba de espaldas, a proa, y le miraba a los ojos. Bien pronto atracaron al barco. Jim Bruth gritó: ¡Viva la señora de Robertson! ¡Vivaaa... -corearon todos. Y el barco, rumbo al puerto donde los destinos de Robertson y de la sirena iban a unirse para siempre, levó anclas. La señora de Robertson se resistía graciosamente. -Anda; que te oigan estos señores... Entonces rompía a cantar: Amor, mi dulce amor, mi dulce amor... (Siempre mirando al marido. -Nunca he oído una voz igual- -aseguraba Joe violentamente- Si acaso, una compañera de usted que vivía en unas focas cerca de las Bermudas. Pero, no; no. Tan afinada, jamás. ¿Sabe el Visi d artef- -le preguntó un día cierto invitado pedantuelo y vacuo. -No; sólo sé canciones populares- -repuso ella con la más amable sonrisa. La vida se desenvolvía plácidamente. La felicidad prometida no era un reclamo engañoso. Robertson aconsejaba a sus amigos: -Casaos con una sirena. Os hará dichosos. Nada de niñas pazguatas...
 // Cambio Nodo4-Sevilla