Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
se presentó en su casa. E l capitán hacia solitarios en la camilla. La sirena trabajaba en la cocina. Robertson recibió de golpe una vaharada perturbadora y fuerte de mujer joven, y el piso entero se llenó de alegría y de vida. -Soy Verlene Pietrich... Robertson temblaba como un azogado, lleno de una emoción ingenua. ¡Elsa, Elsa I- -llamó después. Y para disculpar su tardanza explicó: -A estas horas me hace el chocolate. Verlene no pudo remediarlo. Se echó a reír sobre la mecedora. Reía a carcajadas, sonoramente. Ensenaba una pierna afilada y rítmica. Fumaba con una bella desenvoltura. i Vea usted... Una sirena... jLe está haciendo el chocolate... I Apareció Elsa en el umbral de la puerta, las manos enguantadas en el delantal, un poco azorada, vencida jya de antemano. Verlene la examino impertinentemente, con una expresión de superioridad desdeñosa. -Según creo, su mayor encanto reside en la fascinación de su voz- -dijo- ¿No podría oírla... Yo soy muy aficionada a su género. Como sabrá, trabajo siempre de vampiresa. ¿Por qué no canta usted. Vaciló mucho; pero, al fin, Elsa se avino, y desde una sombra de la estancia rompió a cantar: Amor, mi dulce amor, mi dulce amor; etc. Y en este instante preciso se le escapó un gallo: un gallo indjsimulable y descarado. Hubo un silencio maligno, que Elsa aprovechó para huir. -Y usted- -pidió a Verlene el periodista después de una pausa embarazosa- ¿por qué no canta... -Cante usted, cante usted... -rugió, enfebrecido, Robertson. Entonces Verlene se despoió de su boa, de su chaquetilla, de su sombrero y entre el aleteo insinuante de sus brazos y la malicia de sus más persuasivas miradas rompió a cantar una cancioncilla frivola en un inglés desgarrado con voz caliente de contraalto. ¡Formidable! -c o r e a b a Robertson- Esto sí que es cantar. ¡Qué amable es usted... -Ño; yo. soy un marino rudo y digo siempre lo que siento. De esta manera fué como el capitán Robertson faltó por vez primera, después de cuatro años de matrimonio, a cenar a sU casa. -Siga usted, siga usted, amigo mío... -Un día... El guardaba un gato en su barco. Era un gato negro y bellísimo que se llamaba Sultán, según es costumbre en los gatos. Se alimentaba de los restos del pescado de las comidas de la tripulación y dedicaba el día a enarcar el lomo como el asa de un maletín de viaje y a maullar junto al timonel. Cogió el gato y realizó este simple acto estremecedor y terrible. Lo encerró en un cuartuco con la sirena. Y no quiso saber más. Hacía una semana que Sultán estaba a dieta. Para un devorador de pescado aquella sirena tenía qué constituir un manjar suculento. La misUn buen día apareció Robertson en ma tarde Robertson embarcaba camino de Hollywood. Iba con su gorra de plato y con Hollywood. Ahora se arrodillaba en presensu pipa, con su media barba y su chaqueta cia de Verlene y pedía en pago a su amor cruzada. Estaba la Pietrich en el tinglado un poco del suyo. enfocada por la luz de los reflectores, en- -Levántese, Robertson- -le dijo ella- Mi Una toilette de tennis, centro de las envi- amor no puedo dárselo. Pero aguarde un dias y de las admiraciones de los figurantes. instante... Cuando terminó la escena, ella, perezosaSe fué poco en compañía mente, le concedió eí supremo honor de re- Mr. Gain, y volvió ametteitr en scéne. de el célebre conocerle a través del humo de su ciga- -Yo no puedo darle mi amor, amigo Rorrillo. bertson- -insistió la Pietrich- en primer- ¡Ah, Robertson! ¿Qué me cuenta... lugar, porque me lo prohibe el contrato; en El la cogió del brazo de un modo apasio- segundo término, porque no es usted mi tipo. nado y se la llevó hacia la puerta, mientras Pero aquí le presento a Mr. Gain. (Se saluactores, directores y comparsas le miraban daron cortésmente. Le he dicho cómo se estupefactos. unió usted a la sirena, cómo se ha desem- -Ya no existe Elsa- -profirió él. barazado de ella gracias a la indómita afición- ¿Cómo? ¿Qué dice? al pescado de Sultán, su gato, tan propia de- -Ya no puede estorbarnos. los de su raza. Mr. Gain le ofrece mil dóla- -Estorbar... ¿el qué? res si le deja filmar con la historia de su vida una película de dibujos animados. -Nuestro amor. ¡Qué notable es usted... Pero Elsa, El capitán Robertson, viejo lobo de mar, ¿qué? ¿Volvió a los arrecifes? ¿Qué ha escuchó la proposición como una afrenta. Y sido de ella? -inquirió Verlene, bajo la sen- sin contestar siquiera le volvió la espalda y sación de que algo obscuro y trágico (había se fué. Tuvo la mala suerte de tropezar con ocurrido. la puerta al salir- Pero, asi y todo, hizo un Y habló (Robertson. No podía con Elsa. mutis bien digno. No encontraba modo de deshacerse de ella. Tuvo que recurrir a la violencia. JOAQUÍN C A L V O SOTELO- -Un día... (Dibujos de Esplandfu. v (Robertson se interrumpió.
 // Cambio Nodo4-Sevilla