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SAN 1 URI 0 Y SU C A N D I D A T U R A POR M E LILLA Estoy entre las cañas, y de hacedor de flautas no quiero convertirme en flautista. Encantadoras palabras de Goethe, que podrían explicar la actitud de los a un tiempo interesados y ajenos a l a cosa pública, entre los que me cuento. Creo que nada hay más meritorio que consagrar la vida al gobierno del país en donde se ha nacido. Pero nada tampoco más desconsolador, que la política. E n torno y al pie de unas personalidades que descuellan por su inteligencia o sus virtudes, como las torres sobre los tejados, el egoísmo, la mezquindad, la picaresca y el crimen se extienden y fermentan, al modo de los barrios i n salubres de l a ciudad. Esto, sin acordarnos de las grietas y desmoches, y de los vegetales parásitos, que en ocasiones afean, i no amenazan, a los campanarios. E n M e l i l l a un grupo de hombres espontáneos había decidido sacar diputado al general Sanjurjo, que era sacarle del presidio. Justa correspondencia, pues en aquel día en que M e l i l l a pudo considerarse prisionera de los moros fué el general quien le devolvió la libertad. Todos nos felicitamos de ese rasgo, que además venía a disipar las nubes de intrigas y cobardías que han estado ensombreciendo cual r ho- ite peninsular en que surgía como probable candidato el héroe. Ese conjunto de ciudadanos leales retaba a la fatalidad, como desafió a Napoleón el alcalde de Móstoles. Se me invitó a los acostumbrados actos de propaganda, y yo acepté el honor, que acaso iba a pagar con incomodidades y disgustos, dado que ha sido Melilla uno de los sitios en que se ha intentado con m á s furia reducirme al silencio. Allí se me impuso una multa por confesarme español. Adelante. E s decir, no. A t r á s De lo dicho no hay nada. Intervino l a política, y en su atmósfera, propicia a las germinaciones v i ciosas, ninguna corrupción dejó de manifestarse. P o r último, l a retirada de aquellos miembros del comité redentor. Se desdicen. H a n hecho como el momentáneo optimista que iba a salir a cuerpo y, ya en la calle, vuelve a casa por el abrigo, que toda prudencia es poca. Sólo uno no se resigna, y ése marcha a Santoña a demostrarle al general cómo en la ruindad y l a pequenez humanas siempre debemos esperar lo inédito, lujo de lo i m previsto. H u b i é r a s e podido inventar una excusa, fingir, por ejemplo, un ruego o una orden de Sanjurjo. Pero yo no me atrevo a poner el Inri en l a cruz. E n suma: después de haber declarado poco menos que causa nacional la del glorioso presidiario; de haberla declarado también humanitaria, ya que, desentendiéndose del episodio concreto y sus interpretaciones, al propugnarla, no se refería nadie sino al indulto, al p e r d ó n luego de alucinar a un hombre desgraciado, que allá permanecía en la paz de su conciencia, y no sé si envuelto o desnudo en su dignidad; tras exhibirlo y exhibirse a su costa, lo devolvemos a la cárcel, como si de una revisión de su proceso resultara culpable de un mayor delito. Acabamos de adquirir cada uno de los españoles el derecho a llevar en el pecho, y, para colmo, bien arropadito en grasa, el corazón que a D Manuel Azaña se le ha extraviado. FEDERICO G A R C Í A S A N C H I Z 1 INTERMEDIO LITERARIO Una novela religiosa Los jacobinos españoles del tipo de don Alvaro de Albornoz suponen que el problema religioso es un artificio o una superchería inventados por la Iglesia para justificar su intromisión y su influencia en el mecanismo espiritual de las sociedades humanas. Lo aceptan, no como un acontecimiento histórico de los pocos que imprimen carácter a una civilización, sino como un tejido de supersticiones adoptadas por los pueblos en los albores de la cultura. Plantearse ese problema es, a los ojos de un jacobino, poner de manifiesto una inferioridad intelectual. E s como creer en brujas. Ignorantes Y vanos, si advierten en torno suyo la menor i n quietud religiosa, la interpretan, o como una puerilidad, o como un síntoma patológico. ¿Que dirían esos pensadores de bazar si cayera en sus manos un libro como el que acaba de dar a luz Paulina Regnier? ¿Cómo hacer para persuadirles a que acepten el hecho religioso con el respeto con que aceptan el fenómeno científico? ¿Q u i é n ha dicho que la inquietud religiosa, que es un temporal de la conciencia, no merezca, en el plano de nuestras preocupaciones, la misma categoría, por lo menos, que otras manifestaciones psicológicas, de fondo orgánico, estudiadas por la ciencia? L o terrible de E s paña no es solamente el atraso de la masa, sino la ordinariez espiritual de quienes la adoctrinan y dirigen. Los más excelsos hallazgos filosóficos de esos hombres han sido, hasta ahora, una simulación de amor a la Humanidad, falto de todo sentimiento, y una adhesión, más teatral que efectiva, al sonoro postulado democrático de l a Justicia. Ellos no admiten a Dios, pero se tienen por campeones de la Humanidad y de la Justicia. E s una doble pretensión tan grotesca, que ya no hace mella ni siquiera en la sensibilidad de la muchedumbre, tan propicia a asimilarse los tópicos m á s desacreditados. ¿Cómo se puede amar lo creado si negamos al Creador? E s moverse en pleno absurdo. ¿Y cómo se puede sentir hondamente la Justicia si se desdeña el privilegio divino de aplicarla, no en lo episódico o circunstancial de nuestra vida, s no en el vasto encadenamiento de causas y efectos que implica la existencia del universo? Sería dar muestras de una ambición crítica que solamente el ateo puede permitirse. E l espíritu religioso no imiere la Justicia de Dios de las menudencias cotidianas oue turban nuestro paso por la tierra, menudencias que vienen a tener la misma importancia que el polvo que dejan los astros en i l espacio. A l revés del jacobino presuntuoso, que juzga a Dios sobre un pie de igualdad, el creyente se abstiene de una función que excede con mucho a sus medios de conocimiento. Condenados a no salir de un mundo de apariencias, nuestro papel es renunciar a toda crítica de lo que no comprendemos y admitir que todo, desde él átomo al plr. nfta, evoluciona según un orden establecido por el pensamiento d i vino, que es infalible... Y cortando el preámbulo de estos comentarios, entro, sin m á s trámites previos, en l a novela. ¿Q u é es la vocación religiosa? ¿U n donativo divino o una predisposición temperamental? Algunos s a n t o s padres, como San Agustín y San Bernardo, y algunos psicólogos de los que, al estudiar los fenómenos que se producen en la conciencia, creen haberla explorado totalmente, se han ocupado de la vocación religiosa desde puntos de vista diferentes. Santa Teresa y San Francisco de Sales, este último confesor expertísimo, han dicho sobre ese acontecimiento espiritual cosas admirables, que el experimentalista no podría superar. E l mismo Bergson e reconoce, dentro de la serie de las intuiciones, una categoría aparte. L a vocaciéa religiosa es, a mi juicio, un cambio 1 L o s donativos para la propaganda electoral derechista pueden ingresarse en el Banco de E s p a ñ a de M a d r i d y provincias, en la cuenta corriente de don J o s é M a r t í n e z de Velasco, presidente jdel C o m i t é de Enlace de las Derechas U 3i as, de itinerario del e s p ú t t u y una ptix s, S superioridad. Su gestación es variable. E unos ¡surge repentina, como el rayo, y e l otros se va incubando lentamente, hasta qu una circunstancia cualquiera suscita su explosión. H a y que decir, aun arrostrando el posible sarcasmo de algún cretino, que toda criatura humana nace más o menos impregnada de lo divino. D e ahí el que los que materializan demasiado l a cultura, como s ¡la vida se redujese a meros fenómenos de asimilación y desintegración, y en social a brutales pugnas de intereses, ponen trabas al espíritu para que se dignifique. Desde ese punto de vista, el marxismo, invención judía, es una sementera de odios, y su escasa poder humanizante, usurpado al cristianismo, se disipa en la totalidad de la doctrina. E n la novela de Paulina Regnier asistimos a la ruptura de un matrimonio, ya consumado, porque el marido, que es médico, se siente invadido súbitamente de la luz de la gracia divina, que le llama al claustro. ¿Cómo se ha producido aquella mutación espiritual? Importa advertir que los cónyuges se adoran y que ninguna desavenencia amenaza a la armonía en que viven. L a misma naturaleza de su cultura, hecha de observaciones experimentales en las cuales lo divino no interviene aparentemente, parece apartar al médico de aquella vocación. ¿Cómo brota, pues, a pesar de todo? ¿S e r á que el corazón humano, agotadas sus posibilidades de ventura, necesita expandir su misteriosa ansiedad en más vastos espacios? Todos los emotivos, los hipersensibles, como dice el neurólogo, que han vivido profundamente, sin rehusarle a la materia ninguna sensación y al espíritu ninguna curiosidad, conocen un estado especial de fatiga y de melancolía bastante peligroso, porque puede llevarnos a una liquidación trágica e irreparable. E s como hallarse entre los muros de una prisión que no nos deja ver siquiera un trecho del azul del cielo. L a i m presión de aislamiento y de desamparo es tan tiránica, que el espíritu necesita acudir a todas sus reservas de resignación para soportarla. H a pasado el personaje de l a novela de Paul na Regnier por ese angustioso período? Es posible. E n ese caso, si l a vocación religiosa, latente, sin duda, se revela, nada se ha perdido. E i hombre o l a mujer emprenden un nuevo camino, alumbrado por la ilusión de lo divino. E l m é dico y su esposa visitan juntos un monasterio donde tiene el doctor un amigo, y éste resuelve un día, inesperadamente, confesar y comulgar, con gran asombro de su mujer. M á s tarde entra en la Orden. ¿Q u é hará la mujer? Contagiada de aquel sentimiento, imitar l a conducta de su marido y vestir el hábito monjil. Pero hasta aquel momento lo dramático está ausente de l a intimidad conyugal, puesto que la simultaneidad de la vocación lo proscribe. H a n abandonado el mundo para servir a Dios desde la soledad. ¡Terrible palabra! ¡L a soledad! Es preciso sentirse muy asistido de la protección divina para sobrellevarla sin dolor o poder dispersar la vida en m i l pasatiempos. E l doctor, firmemente poseído de la gracia celeste, rompe con todo lo humano, sin el menor desgarrón interior. E s el tránsito suave de un amor a otro amor más puro. Pero el caso de su mujer es d i ferente. Ella, entre las paredes del claustro, no logra encontrar en el pensamiento de Dios una compensación a la ruptura de su hogar. A m a n. su maridó y echa de menos su cariño. E s una pobre mujer, como hay muchas, míe ha asumido una misión espiritual superior a sus fuerzas... Y perece en la prueba. L a regla de una Orden monástica es para ciertas personas de ánimo flojo tan funesta como una ascensión a los Alpes nara el que sufre ele las arterias... P o r eso los confesores oyen con desconfianza a quien les habla de una vocación improvisada. H a y que tentarse mucho antes de dar un adiós definitivo a lo temporal. 1 MANUEL BUEÍJQ
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