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C ASTE LAR, ODO el que rinda debido acatamiento a i á justicia y p onga el desinterés por e n cima de todo linaje de preferencias, habrá de reconocer que Castelar lia sido el más grande de los oradores. L a elocuencía, don sublime que D i o s otorg a a sus elegidos, y atributo nobilísimo que sitúa al hombre e n l a más elevada jerarquía de l a creación, encarnó en su gloriosa personalidad e n grado tan excelso, que los críticos más exigentes y escrupulosos que h a n hecho estudios comparativos con serena i m parcialidad y honrado propósito, l a clasifican en categoría única y l a colocan a mayor a l tura que Demóstenes y Cicerón, Mirabeau y O C o n n e l l Bossuet y S a n J u a n Crisóstomo. M a u r a que fué consumado maestro del bien decir, afirmaba entusiasmado, que lá magnificencia que brotaba de los labios de Castelar e r a antorcha que irradiaba su luz sobre todos y estatua que contemplaba el mftndo entero Un g r a n escritor, cuyo nombre recordamos m u y pocos, y que desapareció cuando su talento, en plena y sazonada madurez, c o menzaba a bríridar sus frutos inás espléndidos, describió l a palabra de Castelar c o n una feliz exactitud que seguramente nadie ha igualado; y n o puede atribuírsele parcial i d a d n i que f o r z a r a interesadamente el elogio, porque nunca fué s u correligionario, n i c o n el le unieron lazos íntimos de a f e c t a Comienza la semblanza del eminente republicano, haciendo u n a minuciosa y circunstanciada pintura del aspecto que ofrecía el salón de sesiones y las tribunas del Congreso en uno de los días en que la importancia y solemnidad d e l debate, requerían s u intervención; y cuando llega al momento crítico en que Castelar se apresta a pronunciar s u discurso, dice lo siguiente A h o r a b i e n ¿cómo describo y o l a p a l a b r a de Castelar? Imposible, absolutamente imposible. I d a l a H i s t o r i a antigua y m o derna, sagrada y p r o f a n a tomad a Solón, a Feríeles, a Temístocles, a Alejandro, a Demóstenes, a Sócrates, a Platón, a A r i s tóteles, a Escipiófl, a M a r c o A u r e l i o a B r u to, a Cesar, a F a b i o Máximo, a Cicerón, a Catón, a Tácito, a Séneca, a Moisés, a S a n to Tomás, a S a n A g u s t í n tomadlos así, como los tomo y o s i n orden n i concierto, apresurad e l paso y venid más a c á coged a los árabes, a los cristianos, a los protestantes, a los católicos, a los enciclopedistas, a los revolucionarios; pedid e n vuestro a u x i l i o los colores de Rafael v de M u r i l l o l a inspiración de Hornero, de V i r g i l i o de H o racio, de Dante, d e Petrarca, de Goethe, de Shakespeare, de Víctor H u g o de E s p r o n ceda; reunid todos l o s Papas y todos los Reyes; pedid a l a r t e sus encantos y a l a poesía sus maravillas; revolved las fantasías de l a imaginación y las afirmaciones de lá Filosofía encarnad en u n a sola palabra l a energía de Demóstenes, os apostrofes de Cicerón, los arranques de Mirabeau, l a poesía de López, l a dicción de A v a l a el v i g o r Üe Cánovas, el relámpago e Ríos R o a s l a! facilidad de Morét, l a pureza f e M a r t o s tomad, pedid, coged, reunid lodo e s o c o n fundidlo, barajad o, extraviaos, si queréis, sonad, r e r o hacedlo bien, con arte, m n esplendor, c o n raudales de elocuencia, c o n prodigios de retórica, con asombros de a r monía, v tendréis a l primer orador del m u n do, a E m i l i o Castelar (i) 1 PATRIOTA to u n servicio con divulgarlas; porque si etf el curso de l a vida normal siempre serían manantiales jnagotables de enseñanzas ck positivo provecho, en las presentes circunstancias pueden servir d e ejemplo para los que quieran aprenderlo y seguirlo. H a c e Castelar su aparición e n el mundo político el día 22 de septiembre de 1854, a la edad de veintidós años, con s u célebre discurso del T e a t r o Real, revelación m a r a villosa y sorprendente que supera a cuantas menciona l a H i s t o r i a y termina su c a rrera, sembrada de triunfos esplendorosos, con el que pronunció en Cádiz el 26 de abril de 1897. S u verbo incomparable nó tuvo ascensiones n i decadencias. E l d í a antes de su epifanía portentosa- -que no admite p a r i g u a l- su nombre era totalmente desconocido. A l salir del regio coliseo, aclamado frenéticamente entre arrebatos de entusiasmo, su consagración era definitiva y rotunda. E l intolerante y reaccionario Conzález B r a v o cuyo indiscutible talento supo apreciar en su justo valor el tamaño del astro que n a cía, anonadado ante victoria tan ruidosa, exclamó: J o v e n democracia, y o te saludo, tuyo es el porvenir. L a palabra de Castelar brilló siempre con idéntica refulgencia; fué t a n subyugadora y emocionante en s u primero como en su último discurso, porque él disciplinó su v o luntad para callar cuando vislumbró e l ocaso. Mejoró su ¡cultura c o n e l estudio incesante; enriqueció su experiencia c o n el transcurso de los años; educó su espíritu en el contacto con la realidad en sus numerosos viajes por E u r o p a pero l a musa divina que inspiraba sus oraciones, siempre se m a n tuvo en alturas igualmente inaccesibles, d e rramando raudales de supremo encanto, que estremecieron los temperamentos más impá- r vidos y ablandaron y enternecieron los c o razones más empedernidos. Durante los cuarenta y tres años que i n virtió en su apostolado, u v o z sonó v i b r a n te en todas las tribunas y Í U pluma elegantísima y seductora prodigó sus tesoros? en libros, revistas y periódicos, c o n afán i n cansable. E n las propagandas políticas; in los discursos parlamentarios, en las conferencias académicas, en las disertaciones c r i ticas e históricas en Ateneos y Centros científicos, en los primores afiligranados con que seducía y cautivaba al público en los j u e gos florales, en sus correspondencias a los grandes diarios americanos, en sus declaraciones a l a Prensa, en todas, las ocasiones y en todos los lugares donde su palabra tuvo oyentes y sus escritos lectores, el enaltecimiento y l a glorificación de España fué sa tema preferido y su más porfiada obsesión. E n las situaciones más solemnes, incendiado su espíritu por la idea política, o d o minado por l a influencia de grandes preocupaciones filosóficas o sociales, surgía siempre, vestida de las mejores galas, l a sagrada imagen de l a Patria, a la cuál, antes que a la libertad y a l a República, conmovido, transfigurado y tembloroso, tuvo siempre entregado su albedrío y rendida su voluntad. España v su madre monopolizaron y a b sorbieron fas ansias de su corazón, de suerte tan firme y decidida, que e n u n rapto de verdadero delirio filial y patriótico, abrasadi por cariños tan sublimes, exclamaba en síntesis jamás igualada: A s í como después de leer l a biografía de todas las mujeres c é lebres, ninguna l a he preferido a m i madre, después de estudiar l a historia de todas 5 as naciones del mundo, ninguna la. he preferido a m i P a t r i a T 1 tuna de sentir el éxtasis que producían aquellas mágicas bellezas artísticas, encontrarán exageración e n t a n acabado y hernioso r e trato, i P a r a entrar con pleno derecho en los vastos dominios de l a H i s t o r i a rodeado de una aureola augusta de universal respeto y perdurable admiración, hubieran sido mas que suficientes sus excepcionales cualidades de tribuno, historiador, literato y estadista; pero l a condición que más culminó en su vida ejemplar, fué el amor que con ternuras conmovedoras y delirantes arrollamientos consagró a España, l a patria idolatrada. P a r a ofrecer u n concepto rematado y perfecto de su patriotismo, sería indispensable realizar u n a tarea que supera a mis fuer- CASTELAR, DIPUTADO DE LAS PRIMERAS CORTES DE LA MONARQUÍA DE D. AMADEO zas, y poner a l servicio d e ella u n talento esclarecido y na pluma d i g n a de t a n m a g na empresa. Y a d o s amigos íntimos de Castelar (i) tuvieron el inspirado acuerdo de coleccionar e n u n volumen algunos, de l o s principales párrafos que en distintos momentos de su marcha luminosa dedicó a España, que constituye, según l a frase acertada de P u lido, u n verdadero devocionario, para l o s que ponemos más alto que todos l o s sentimientos e l cariño a nuestra) t i e r r a bendita. P o r eso he de reducir m i aspiración a e n tresacar de su copiosísima campaña orator i a y de su fecunda labor literaria aquellos período en los que con más fervorosa adoración y con acentos más divinos, cantó las glorias nacionales; y señalar e n s u aleccionadora y edificante actuación política, l o s sacrificios- -muchas veces heroicos- -que real i z a r a en holocausto de las que consideró ineludibles obligaciones patrióticas. Y a sé y o que h a y muchos que conocen páDirá el que esto lea que l a alabanza es ginas tan interesantes; yeto c o m o también apasionada, excesiva, hiperbólica. Y y o digo me consta q u e h a y u n a considerable m u que m u y pocos de los que tuvimos l a f o r- chedumbre que las ignora, estimo que prestí) A Pulido y P. Turtel: ¡Patríaí. Caute (1) Caflanvujue: JUo aradores de 18 9. M a lar, 1902. drid, 1 7
 // Cambio Nodo4-Sevilla