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La explosión de una bomba la c a l l e d e M a r í a P a n e s en actitud, perqué todo lo que defienden o pretenden d c tender, (pues en realidad lo dejen indefenso) sólo en un régimen monárquico tendrá garantías eficaces. De todos los disparates que ahora andan sueltos por el mundo, ninguno sería tan regocijante- -si no fuera- tan funesto- -acornó ¿se de suponer que l a República- -la República de España en 1933, la de l a realidad, no la que pueda concebirse en abstracto leyendo a Aristóteles- -puede defender l a religión, la familia, l a propiedad y el orden tal como todos esos conceptos son en el Evangelio, que es como estamos obligados a entenderlos, amarles y defenderlos los católicos. De muchas cesas puede acusarse a- loa. republicanos pero no de falta de lógica La República es tal como tenía que ser: como era ya en los programas y en las propagandas de los revolucionarios. Esa República conservadora y mansa, respetuosa xon tradiciones y creencias, fué una invención oportunista que sólo podía engañar a los papanatas del 12 de abril. S i l a República hubiera sido a- i, no habría sido República; ¡habría sido Monarquía! Como desgraciadamente, a pesar de todos los desengaños, hay todavía quienes agitan como señuelo la promesa de una República a lo García Moreno, bueno será difundir el libro de Benoist, que demuestra l a intima e indestructible cohesión que existe entre el régimen monárquico y ciertos postulados. Mención especial merece en el prólogo del conde de Ruiseñada el capítulo dedicado a la función de la aristocracia. N o escatima el prologuista sus censuras a esa clase social, y sus palabras tienen mayor autoridad por suscribirlas un joven aristócrata. R i n diendo tributo a los que supieron a cuánto obliga un nombre y una estirpe, elogia R u i señada a los que hallaron fuerte sabor de raza en el cumplimiento de funciones obscuras; a los que yacen en prisión; a los que, rindiendo culto a la lealtad, dieron su alma a Dios, y por su Rey l a sangre Pero declara quedas excepciones honrosas no pueden borrar la culpa de una clase entera. Juan Claudio Güell tiene bien adquirido su derecho a mostrarse riguroso. Aristocracia para él no es privilegio, sino carga, fuente de obligaciones. P o r eso termina su prólogo recordando las palabras de otro aristócrata, el francés L a T o u r du P i n ante las tierras. de su baronía: Piensa siempre, hijo mío, que estas heredades nos las ha dado Dios para que las administremos en provecho de los que en ellas viven ¡Bellísimas y profundas palabras, que, de haber sido oportunamente atendidas, seguidas y convertidas en realidades, acaso hubieran evitado revoluciones y despojos, y que podrían ser nuevo mote para el escudo de un linaje, claro y ejemplar, que con sus hechos viene demostrando, a través de tres generaciones, cómo aristocracia y jerarquía son en toda sociedad bien organizada i m perativo de justicia, escala por l a que el pueblo puede llegar al m yor enaltecimiento, premio de méritos, perpetuación de hazañas, único medio de selección que permita formar proceres como aquel inolvidable y venerado marqués de Comillas, cuyo retrato he visto con emoción profunda señoreando magnas empresas, factorías y casas de trabajo en Manila, en Sais Francisco, entre el estrépito de W a l l Street, en Nueva Y o r k en la Habana, siendo bajo todos los cielos, ecti su figura enjuta, ascética, de hidalgo y de santo al mismo tiempo, como los i n mortalizados por el Greco, evocación. de lo que debe ser l a verdadera aristocracia, popular en sus raíces, fiel a las leyes de l a laboriosidad y del s e r v i porque sabe que riqueza y altura no son dones gratuitos, que puedan consumirse egoístamente en l a f r i volidad, sino denó -t -de los que hay que dar cuenta al Contador Supremo y que deben usarse en patr do para bien de los que rodean a los favorecidos. Los bomberos reconocen la casa en construcción de la calle de María Panes, número 5, donde, a última hora de la tarde, hizo explosión una bomba dé gran potencia, que causó considerables destrozos y dejó la finca en inminente peligro de hundimiento. Foto Días. Casariego. f LO Q U E P O D R Í A H A C E R L A MONARQUÍA Como preciado regalo de amistad llega a mi mesa de trabajo la versión española del libro de Carlos Benoist, que lleva este t i tulo. Calma el envío la impaciencia con que lo esperaba desde que lo anunció una carta, recibida hace meses en Nueva Y o r k en la que el traductor, Juan Claudio Güell, conde de Ruiseñada, me decía: H e traducido un libro de Benoist. E s una obligación defender lo que amamos y darlo a conocer para que, conociéndolo, lo amen los demás. Nobilísimo propósito que pudiera elevarse a norma de conducta en estos momentos en que un criterio acomodaticio, sinuoso y lamentablemente equivocado, quiere hacer ley del disimulo y de la hipocresía virtud, recomendando como táctica hábil el dejar en suspenso la convicción y ocultar bajo disfraz el sentimiento. E l libro de Benoist es admirable, como todo lo escrito por el ilustre autor de Las leyes de la política francesa, el mejor y más certero biógrafo de nuestro Cánovas. Pero no he de comentar a Benoist; lo oue me interesa subrayar es lo que significa l a versión española de su firme alegato monárquico. E s esta versión, en primer término, y, sobre todo, una gallarda profesión de fe que campea va en la dedicatoria, afirmación de una lealtad. Frente a los ergotistas y los cucos ¡pobre cuquería aldeana la suya, torpeza antes que sagacidad! -junto a los partidarios de sutilezas, evasivas y distingos, el conde de Ruiseñada declara francamente su preferencia por l a Monarquía y su adhesión a esta forma de gobierno, a sus instituciones y a quienes las encarnan. Soy- -dice en el prólogo- -un convencido de que el régimen monárquico es lo mejor para nuestra querida España... Y produce en mí seria preocupación el oír, aun a personalidades de relieve político, decir que lo mismo da tener República que tener Monarquía. Las formas de gobierno son, doctrinalmente, acidentales, pues no puede ser esencial lo que es f o r m a pero una cosa es la accidentalidad y otra la indiferencia. E l vaso no es, ciertamente, licor. Mas entre contenido y continente debe haber siempre adecuación: el Falerno clásico, el Tokay de las novelas románticas (que no es una i n vención de Stendhal, porque existe: yo lo he visto beber en los Balcanes) el champagne, piden ánfora de ágata, búcaro de bacarat o de Bohemia; para el peleón o el cazalla buenos son la bota de cuero, la jarra de loza o el botijo. E l conde de Ruiseñada, como Benoist, quiere, políticamente, beber el Chipre en copa de oro Y por eso es monárquico. Porque lo es, y porque sabe lo que debe ser l a Monarquía, puede, autorizadamente y con razones, decir a los indiferentistas que hay una contradicción palmaria en su FEDERICO SANTANDER
 // Cambio Nodo4-Sevilla