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E n los teatros dramáticos de todo el mundo, en los que aquí llamamos teatros de verso, hay unas alfombras muy gruesas, para queno suenen las pisadas, y a pesar de ello sadie se atreve a entrar en la sala cuando se ha levantado el telón; en los teatros serios, no pueblan el entreacto, ni los gritos de los vendedores de chocolates- -chocolates, bombones y caramelos, así vocea aquí el pregón- -ni la música amenizante de ninguna orchestrina. Los empresarios y directores artísticos de los teatros de verso del mundo, y aun de los de ópera y opereta, saben muy bien que el entreacto es reposo, y no se pajrecen a los cinematográficos, que mientras en la pantalla se lee descanso dejan que siga graznando con alta voz el aparato sonoro, sonoro y ruidoso, con lo que no hay manera de descansar. En los teatros de ópera y opereta la música suena durante el espectáculo, porque forma parte integrante de él; pero no en el entreacto. Claro está, todo hay que decirlo, que esas orquestas, de los teatros de ópera y opereta del mundo civilizado, son pequeñas o grandes, pero orquestas completas; allí no hace falta orden de comisiones paritarias para que pongan el número de músicos indispensable. Autores y directores saben que una pequeña orquesta completa consta por lo menos de treinta y cinco profesores. Aquí también, en nuestro Madrid, debiera cundir el ejemplo, para que los autores cuidaran la instrumentación y para que tuvieran trabajo los profesores de los cuartetos, quintetos y sextetos, que en los teatros de verso no tienen razón de ser. En los teatros dramáticos los entreactos se han hecho, principalmente, para que los críticos sé pongan de acuerdo sobre ios méritos y defectos del acto que acaban de ver. ¡Pobres críticos! ¡Qué gana de estropearles la reflexión! Puede que los músicos, algunos músicos y hasta ciertos reporteros humanitarios, pongan en el cielo el grito, y a mí como perro por carnestolendas; pero a mi filarmonía bien probada se le importa una higa de sus opiniones. Y o cumplo con la obligación de dar la mía observando lo que paisa en los teatros. Si mi dentista tuviera por costumbre amenizar con un quinteto sus operaciones, yo no me callaría por miedo a dejar sin trabajo a sus músicos; que no me es indispensable, ni siquiera agradable tener que oír un pasodofole mientras me sacan una muela. ¡Y un fox, mucho m enos! También he dicho, y lo repito, que prefiero los restaurantes sin orquesta y sin comida a la americana, porque, mientras me gane el condumio con mi trabajo, tengo el derecho de comer como me dé la gana y donde me dé la gana. ¡Y claro está, de oír música cuando me lo pida mi deseo! A los teatros de verso no se va a oír música, sino cuando se tiene de ella el concepto que tenía cierto amigo mío, muy aficionado al circo, a quien más de una vez le oí decir qué no le importaba el programa del circo, porque cuando era malo se consolaba con algo que era siempre agradable: la mújsica. Bien hará el marqués de Fontalba en suprimir el pianito; y de perlas cuantos si- gan su ejemplo. Entre acto y acto de Shakespeare o de Ibsen, no nos hace ninguna falta la habanera de El Siboney. Y a sé que no es Shakespeare ni Ibsen lo que, consciente de su arte, representa Carmen Díaz en el Fontalba: pero no creo que la ilustre actriz quiera bailar unas sevillanas- -que diz que las danza a maravilla- -en los entreactos, de don- de infiero que no le hace falta la música de ninguna clase. Nos basta a sus admiradores con la música ele su voz, que no es, desde luego, como la de cierta tiple famosa, que hacía exclamar a su apuntador, preso en la concha: bienaventurados los sordos Y eso, precisamente eso, es lo que no quisiéramos decir nunca: ni en los entreactos de los tea- tros, ni en los descansos del cine: ¡bienaventurados los sordos! CINCUENTA AÑOS DE TEATRO Los madgyares Los hermanos Olona no perdieron el viaje a París. E l que había ido en busca de l i bros, convencido, sin duda, de que, como había de decir Álarcón, los literatos españoles fracasaban en ese género, Luis, trajo, para hacer boca, un libro salvador: el de Los madgyares. E l otro hermano, José, los conocimientos necesarios para introducir en España los refinamientos de mise en scéne que se estilaban ya allende las fronteras. Aquel libro y aquellos conocimientos escenográficos llegaron oportunamente. El diablo en el Poder no había sido la obra triunfal que esperaba la Empresa y las obras de repertorio. Catalina, el amor v el almuerzo; El sargento Federico, El postillón de la Rioja y algunas más, triunfadoras en el Circo, con que se movía el cartel, estaban ya gastadas. Iba el público, y, sobre todo, había un magnífico abono, aunque una gran parte de él estaba- en poder de los revendedores, contra los cuales la Empresa, a la que defraudaban, según ella, vendiendo las localidades abonadas, tuvo que advertir al público que no serían válidas; pero, a pesar de todo, la Empresa no iba bien. Estaba a punto de surgir una nueva crisis económica, y Los madgyares hizo en esta ocasión Un papel salvador, semejante al que en los primeros tiempos de la zarzuela en el Circo había hecho Jugar con fuego. La obra fué estrenada el 12 de marzo de l8 g 7, Domingo de Pascua, y aquélla fué, para la Empresa de la Zarzuela, una verdadera Pascua de Resurrección: el éxito fué inmejorable y el público, revolviendo la bilis a Alarcón, que no necesitaba tanto para mostrar su fobia zarzuelera, llenó desde el día siguiente y durante muchos, muchos, el flamante teatro. Aquel día los madrileños no carecieron de diversiones. Por la tarde hubo en la plaza vieja corrida de toros, en que torearon seis de Veragua Cayetano Sanz y José Carmona (el Panadero) Por cierto que como sobresaliente de espada, sin perjuicio de banderillear los toros que le correspondan figuraba Ángel López Regatero, uno de los últimos supervivientes de la vieja flamenqueria, a quien muchos que aún eran pollos hace poco tiempo recordarán como una de la s figuras salientes del todo Madrid luciendo el traje clásico y las patillas 3 e los buenos tiempos taurinos. Por la noche cantaron en el Real La trámala y declamaron en el Circo El terremoto de la Martinica, con todos sus melodramáticos horrores y su magnífico derrumbamiento final, que también era entonces un asombro de escenografía. Para todos hubo público, y la Zarzuela estuvo completamente llena de un público que se entusiasmó con las situaciones melodramáticas del libro de Los madgyares, que en ese sentido tiene todas las de la ley, como del más truculento Scribe y con las maravillas de mise en se ene que, tal sería ella, fué elogiada por Alarcón, que se la señaló como ciemplo a la Empresa del Real, muy descuidada, entonces como tantas veces, de aquellos menesteres. Las cuatro decoraciones de Muriel, muy entonadas y propias, fueron fondo apropiado, sobre el que se movieron figuras y figurantes en número inusitado, luciendo magníficos trajes, que, además, tenían la virtud de ser también apropiados además de ricos. Caía A. UNGHIA Vtllanueval 2 FundadnanlSgO Sólo en la procesión del último acto figura ron más de cien comparsas vestidos con propiedad y buen gusto y el número dé trajeí construidos expresamente fué de algunos centenares. La propiedad. se llevó a tal extremo, que en la decoración del acto primero, que pedia al fondo un trigal, las espigas eran auténticas. Como ese detalle había muchos en aqueUa lujosa presentación con que figuraba la Zarzuela sus obras de gran espectáculo. El reparto era también excelente, aunque faltaba en él la tiple más celebrada entonces la Ramírez; pero no faltaban ni Salas ni Caltañazor, y con ellos alternaban en la obra la Di- Franco, la Valentín, González, Calvet, Cubero y, en un papel menos importante, el que después había de ser tan famoso: D. Francisco Arderíus. Menos importante era aún el papel desempeñado por otro que después fué actor muy conocido y celebrado: Rochel. Alarcón mismo, indignado por aquel espectáculo de apetencia del público, que atribuía él a mediocridad del espectáculo ante el cual los espectadores respondían estar en actitud protectora, siempre grata a los seres humanos, según él, dejó marcado que Los madgyares constituían la obsesión de todo Madrid. Un diálogo que puso como introducción a la crítica de aquella zarzuela, y que Peña y Go i reprodujeron muchos años después, lo demuestra. Decía así: ¿Ha estado usted en Los madgyares, señor folletinista? -No, señor... Hace unas noches que no se encuentra un billete por un ojo de la cara. ¡Y a lo creo! Los madgyares es el non plus de las zarzuelas. A mí me gusta más que Catalina. ¿Es usted filarmónico? -No, señor: de Getaíe. -Digo que si le gusta a usted la música. ¿Cuál? ¡Hombre! ¡La música! ¡Qué música ni qué ocho cuartos! Mire usted, Caltañazor sale montado en una muía, y, sólo de verle, nos echamos a reír. No sé en qué consiste; pero siempre que habla ese hombre, aunque no tenga gracia lo que dice, se me va la carcajada. -Afinidades. -No. sé. ¡Y qué decoraciones. Han gastado un dineral en espigas! E nfin, ¡es la gran función del año! Dicen que dará muchas entradas. ¿De quién es el libreto? ¿De Ayala? -No, señor. De Bretón? -No, señor; esos no saben dónde tienen la mano derecha. Es de Olona. ¡Hombre! Ese autor no se equivoca nunca! ¡Todas sus obras tienen un éxito brillantísimo! -Un éxito envidiable... -No diré yo tanto. Y. el sPartito será de Barbieri? -i Qué! No, señor, -De Arrieta. -i Ca! E l esparterito es de Gaztambide, y salen segadores, húngaros y borregos. -Pues es preciso ir. ¡Y a lo creo! Verá usted cosa buena. Y eso que no canta la Ramírez. E nfin, hasta luego. Y a nos veremos por allí. -Vaya usted con Dios, hombre; vaya usted con Dios. Y después Alarcón se dirigía a la Providencia con esta invocación: ¡Oh, Dios! ¡Que nos gusten Los madgyares! ¡Que el público tenga razón! ¡Que suceda un milagro! ¡Que haya una zarzuela buena! ¡Oh, si Los madgyares no nos gustan estamos perdidos! Todo fué inútil; no le gustaron y dijo de la obra... lo que no cabe aquí. ALEJANDRO M I Q U I S FELIPE S A S S O N E deinvencion
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