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FORMULAS SEPULCRALES DK UNA CIVILIZACIÓN BÍS; ONOCll) A cas ferruginosas devonianas, cuyos delgados estratos horizontales recuerdan las hiladas paralelas dé las obras del hombre, y cuya planta, continuidad y ele- vación las tfiacen semejarse a lienzos de murallas, desportilladas a trozos y a trozos hundidas, entre los que adelantan sus gallardas moles torreones Imponentes y opilados cubos, se engalanan, en sus arrumbadas e irregulares cresterías, con todas las exuberancias de una, floresta pródiga, que convierte los cttbos, y los torreones en descomunales maceteros. Los colores intensos, vigorosos, luchadores, parecen dispararse, en una batalla cromática, rayos de sol teñidos por todas las gamas verdes del paisaje y por todos los tonos roji- parduscos de las rocas. Y de esta manera se ofrece a los ojos de quien lo contempla un armonioso e indescriptible conjunto, en el que, pese a sU armonía y a su hermosura, todo lucha entre s i los colores con los colores, las piedras con las aguas, los árboles con tas piedras lo plácido ANtOfcAS, tAfcfcüttÉS con lo agreste, lo abrüoto con lo suave, la 0 VASOS PRIStítiVOS cañada que quiere hundirse con la loma que í 8 MÜrtiESCÍOSA MORpretende elevarla, el río que se esconde con FOLOGÍA el sol que le busca y le descubre, y hasta las rocas altivas con las caperuzas agobiantes de las nubes deshilacliadas. Del otro lado del río, frente a la casilla del peón caminero, eittcumbrado sobre el cimborrio del monte riettte y plácido, se yergüe, aislado y altivo, et inexplicable macizo pétreo de una especie de cilindrico alminar, que se contempla desde tejos dudando s i es Uitá edificación de alarifes elevada ett aquella altura piedra sobre piedra o si es, por el contrario, el realce de un vaciado magnificó, qué labraron sobre la planicie ie la cumbre los cinceles de las aguas y los buriles de los vientos. Ett realidad es ambas cosas, porque la obra de la Naturaleza aparece almenada ett sU remate por los restos de una fortificación prerromana, qtte alcanzaría, seguramente, en las pretéritas edades de su erección él calificativo dé inexpugnable. Los habitantes del país conocen con el nombre de Él Castillo aquét producto híbrido del ingenio humane y de las fuerzas atúrales, y de Hoya del Castilla al monte del Estado que le ofrece Utt asiento procer sobre una de las cumbres de sii ptedio, y que encierra, además, dentro de los limites de su espléndida demarcación, el marico ornamento rocoso- denominado Las Coberteras, Subiendo cañada arriba desde la casa forestal, a merlos de la media hora de paseo deleitoso, entre fragosidades y asperezas, desfrunce su apretado ceño ta rugosidad de la cañada, y se dilata en el áttehurón de un rellano, sobre el que se levantan los extraordinarios mogotes. Todo aquel terreno pintoresco parece haber sido repujado por un artista maravilloso. Las peñas aisladas salen de tarde en cuando del suelo, a la manera de altos relieves, poderosos y pujantes como el Castillo Unas veces, como prendidos superpuestos sobre las galas primorosas de aquellas sinuosidades, las m á s caprichosos y anárquicos PareCeti los testigos de un desmonte, dispuestos a precisar en toda ocasión las alturas primitivas del suelo, ahora reibajado y rehundido por los arrastres, los derrumbamientos, las desmembraciones, las raeduras y lo que pudiéramos llamar la carcoma de la piedra o la polilla de las rocas. Algunas de éstas asoman modeladas como la punta de un tornillo a ñor de ta superficie, y pensar ue, realmente, se ha perforado a ésta con él, dé dentro a fuera, desde las entrañas del subsuelo. Las Coberteras son muchas y están todas agrupadas en un solo redal. Las más de ellas se hallan apiñadas y hasta unidas por la cintura coftio las espigas de un haz erecto, gigantesco y fósil. Alargadas y rectettg- ttlarés unas, cotilo monumentosfunerarios; triangulares otras y apuntadas, cómo picos de pájaros sostenidos por engallados cuellos de vanidosas líneas; ett forma de peroles, ollas o cazoletas las de más prosaica y menos espiritual evocación; semejando urnas cinerarias, cálices, navetas, relicarios, ánforas, jarrones, tibores o vasos primitivos ios de más pretenciosa morfología y más elegiaca sugerencia; todas cotí sus coberteras, formadas por el estrato superior, con apariencias de aleros voladizos, de sombre ros de teja prolongados o de nimbos o coronas de sus cabezas, aquella colección de mogotes, diseminados por el campo y so resaliendo a gran altura por encima de las copas de los árboles, naceh pensar ett una necrópolis ciclópea, en las fórmulas sepulcrales dé tina civilización desconocida, en las columnas doloridas de Un templo cuyas bóvedas hubiesen perdido su equilibrio, en las arrogantes gallardías de los aienhires y en las descomunales proporciones de los monumentos mégaiíticos. t Admirable el hombre, en verdad, cuando imita con sus obras a la Naturaleza! M á s admirable aun la Naturaleza cuando parece presentir o dar anticipada, realidad a. las concepciones del nombré! x LUÍS MARTÍNEZ KLEISER ENCIENDE LA LLAMA BE SU COLOR RO. tO AGRESIVO EL TEJADO 0 E UNA GRACIOSA CASITA FORESTAL
 // Cambio Nodo4-Sevilla